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Qué monstruos son

Por Alejandra Eme Vázquez:

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“Vamos a ver películas de terror”, decimos, y eso significa que vamos a mirar una pantalla durante hora y media para acceder a una historia en la que algo monstruoso vulnera lo bueno, lo “normal”. Una familia que se muda a un apacible pueblito donde resulta que todos hacen rituales satánicos. Un niñito que compra un muñeco que, oh, sorpresa, está poseído por el diablo y quiere acabar con quien se le ponga enfrente. Un asesino serial que acuchilla adolescentes calenturientos. Un payaso extraterrestre que se alimenta de almas débiles. Una maldad que siempre existe y que siempre está detentada por locos, traumados, deformes, raros.

Entonces parece que la lógica es que entre más nos espante, más estamos dentro de la ley de la bondad.

Y gritamos para hacer saber al mundo que nos escandaliza esa ruptura del orden.

Y nos abrazamos para que el contacto con el otro nos confirme nuestra normalidad.

Y hasta soñamos pesadillas que contamos, perturbados, para que se note que no somos parte de nada que pueda provocar miedo.

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La ciencia que se encargó de estudiar a los “monstruos de la vida real” durante el siglo XIX y parte del XX se llamó “teratología” y surgió en Francia con los trabajos de Etiénne e Isidore Geoffroy Saint-Hilaire, quienes dejaron las bases para un posible método de observación, descripción y clasificación de las anomalías congénitas a las que nadie más ponía atención porque la monstruosidad es la basurita que se barre hacia abajo del tapete. Después ha habido grandes teóricos de lo grotesco, pero no se ha vuelto a destapar la caja de Pandora de tomar al minotauro por los cuernos e intentar comprender qué compone aquello que denominamos anormal.

En el libro El monstruo, objeto imposible, editado por la Universidad Autónoma Metropolitana, Frida Gorbach hace un recorrido por la brevísima historia de esta ciencia y sobre todo por sus alcances en México, en donde los estudios teratológicos tuvieron como pionero al médico obstetra Juan María Rodríguez, a cuya muerte siguió la apertura del Salón de Teratología en el Museo Nacional, en 1895. Entender desde este punto de vista nuestra relación personal y social con todo aquello que percibimos como grotesco resulta tan iluminador como terrorífico en sí mismo, pues siempre es mejor creer que decidimos nuestros propios pensamientos y reacciones a aceptar que todo lo que somos está mediado por un sinfín de mecanismos, manipulaciones  e imposiciones.

La teratología tenía intenciones cientificistas, postuló un método y se dedicó a catalogar los casos de nacimientos con “anormalidades” físicas, aunque desde el principio se enfrentó al hecho innegable de que la anomalía no se deja encerrar en cajas aristotélicas y había que replantear los principios, una y otra vez. Las teorías darwinistas, por otro lado, llegaron justo cuando la teratología intentaba abrirse paso en el campo de la seriedad científica y cortaron de tajo la posibilidad de estudiar lo que estaba fuera de la norma evolutiva. Y también estaba el sesgo moral: pese a sus intenciones cientificistas, las ideas medievales de la monstruosidad física como signo de maldad intrínseca atravesaron todas las conclusiones de los teratólogos.

Según el propio Juan María Rodríguez, un cuerpo deforme (es decir, un cuerpo monstruoso) albergaba invariablemente una mente perversa y criminal cuyos delitos eran aún peores que los de los cuerpos normales, como apunta Gorbach: “Los monstruos no cometían actos contra el derecho de un tercero sino contra los intereses de la sociedad en su conjunto. Porque la desviación era del cuerpo y concernía a la existencia misma, el monstruo constituía una infracción al derecho y, simultáneamente, la excepción en relación con la norma (…) Por existir, el monstruo pertenecería a la humanidad, pero por llevar una marca indeleble era excluido de la sociedad”.

¿Qué se podía hacer desde la medicina al servicio de lo legal? Castigar, por supuesto, fiscalizar la reproducción, hacer pasar la tortura por prevención del delito y la propagación de miedos irracionales por conciencia social. Esto no es muy diferente de lo que sucede ahora, aunque el disfraz de la modernidad oculte la inamovilidad de las prácticas e ideas. Por eso es que después de leer El monstruo, objeto imposible, la conclusión lógica es que podrá haber muerto la teratología, pero no el impulso por aplastar, esconder y castigar una pretendida anormalidad que jamás ha podido sustentarse en otra cosa que no sean leyendas urbanas, sospechas incomprobables y medidas arbitrarias en nombre de una bondad que no sólo nació artificial, sino sorda y contrahecha: un monstruo, pues, con todas las de la ley.

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Dice Armando Bartra en el prólogo de El monstruo, objeto imposible:

“Frente al ‘otro’ radical hay dos actitudes posibles: la libertaria del carnaval y la represiva del exorcismo; aceptar la confrontación con la alteridad como experiencia emancipadora o rechazarla como insoportable amenaza. Y las actitudes persecutorias son las más frecuentes. Con hipocresía o aspaviento y en nombre de la ‘normalidad’, la sociedad mexicana repele sutilmente a rencos, cuchos, chuecos, contrahechos, entecos, tilocos, espiritifláuticos, ñengos y jorobetas; le saca la vuelta a pintos, albinos y cacarizos; ve con disgusto a bizcos, prógnatas y leporinos; le incomodan los idos, ideáticos, pirados, lunáticos o loquitos; rehúye a negros, prietos y chales; desprecia a los pelos-necios y pata-rajada; la incordian ateos y aleluyas; compadece a inditos, viejitos, cieguitos, tontitos y otros disminuidos; condena a jariosos y nalgaprontas, y de plano rechaza a jotos, vestidas y tortilleras. Pero el que esté libre de estigmas que tire la primera piedra. ¿Quién no se ha topado alguna vez con el monstruo en el turbio formol del espejo del lavabo?”.

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Hace algunos años, en la vieja estación de trenes de Aguascalientes, fui testigo de una escena escalofriante. Una señora iba caminando de la mano de una niña pequeñita, que tendría dos o tres años, y se encontraron de frente con un adolescente que tenía síndrome de Down. La reacción de la niña al verlo fue quedarse paralizada y gritar, ahogada en llanto, con un pavor genuino que nos tomó por sorpresa a los paseantes y nos involucró irremediablemente. La señora reprendió a la niña, pidió disculpas muy avergonzada y todos compartimos esa vergüenza que en la superficie era desaprobación hacia la conducta discriminatoria, pero en lo profundo era la admisión de una culpa que cargamos en colectivo: la de ser el vehículo, involuntario o no, mediante el cual se transmiten estas ideas automáticas de qué es lo que nos debe paralizar, ante qué debemos gritar y qué merece ahogarnos en llanto despavorido, desde mucho antes de tener criterio y memoria.

Mientras lo normal siga definiéndose a partir de la apariencia, seguiremos reproduciendo el terror calladito que permite al acto monstruoso salir triunfante sólo porque el exterior no le hace eco. Porque no hay anomalía en el cuerpo del novio que nos viola cada vez que bebe de más, ni en el del contratista que desvía fondos y compra materiales de cuarta para construir una unidad habitacional en la que vivirán 50 familias, ni en el del taxista que “desaparece” a una pasajera, ni en el de quien tiene por oficio torturar, ni en el del poderoso que antepone una ganancia monetaria a una vida humana. Porque es normal el rostro de quien firma una declaración de guerra y de quien perpetúa a voluntad la opresión, la injusticia, la desigualdad.

Porque estamos acostumbrados a asociar el artificio de “lo bello” con el artificio de “lo bueno”, como si una amnesia colectiva y cómoda nos hubiera hecho olvidar que esos cánones no son naturales. Que así como asignamos un significado, podemos quitarlo. Pero qué miedo.

Porque todos los días nos cruzamos con monstruosidades que deambulan, sanas y salvas, tras aspectos perfectamente inescrutables, y también todos los días firmamos el tácito convenio de que la anomalía evidente debe ser marginada bajo la vergonzosa justificación de un miedo milenario que no podemos ni queremos entender. Ésa, y no otra, es la verdadera pesadilla. Ése, y no otro, es el monstruo debajo de la cama donde creemos dormir el sueño de los justos.

Fuente: Frida Gorbach, El monstruo, objeto imposible: un estudio sobre teratología mexicana, siglo XIX, UAM-Itaca, México, 2008.

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