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¿Qué es una droga?

Por Nerea Barón:

Cuentan que en la Rusia zarista el café era considerado una droga letal y su consumo era penado con tortura y mutilación de orejas. Cuentan también que cuando el ejército napoleónico llegó a Egipto prohibió el consumo de las semillas de cáñamo –ésas que se utilizan como alimento para pájaro– mientras que el ácido lisérgico era venerado en las ceremonias de Eleusis como componente fundamental de los misterios para los iniciados.

Distancia histórica mediante, no es difícil detectar la arbitrariedad en los criterios para la legalización de una sustancia, que poco tienen que ver con los principios activos que contiene y mucho con intereses políticos y económicos. Sin embargo, cuando se trata de nuestras propias sustancias prohibidas el espanto sigue siendo reacción frecuente, quizá signo de nuestra tendencia conservadora a seguir creyendo en las autoridades.

Habría que regresarnos dos pasos. La palabra griega para ‘droga’ es pharmacos (φαρμακός), que significa a la vez ‘medicina’ y ‘veneno’, dependiendo de la dosis. El inglés aún conserva remanentes de esa ambigüedad y atinadamente llama drugstores a las farmacias; las medicinas también son drogas.

Visto así, ‘droga’ –como encarnación pura de la perdición y la desgracia– es una falsa categoría, lo único que existen son usos y principios activos. Como bien dice @aaaaangst: “La batalla prohibicionista contra la droga es una lucha sobre el control de la mente humana y sobre el placer individual al margen del poder”, y agrega, “Esta lucha siempre conseguirá adeptos entre los moralistas y puritanos de toda laya: los que creen que la interioridad ha de ser controlada”.

Por tanto, nuestro deber –ya sea como consumidores o como educadores– es conocer los criterios con los que se aprueba o reprueba el consumo de una sustancia; a saber, cuan adictiva es, cuan tóxica y qué tanto la experiencia que ofrece es ajena al individuo que la consume. Analicemos una por una:

  • Adicción Si la adicción fuera un criterio sólido para prohibir una sustancia tendríamos que hacer toda una reforma en la industria alimentaria, pues tan sólo con la presencia del azúcar y el café, tenemos ya suficiente problema. Un dato sobre el café: un gramo diario de cafeína –equivalentes a cinco tazas de café exprés, o diez de café aguado– absorbido durante una semana, basta para inducir un cuadro carencial, ¿y nos preocupamos porque un adolescente pueda ser mariguano por echarse unos toques fuera del colegio en viernes? Si quisiéramos llevar más lejos el criterio de la adicción tendríamos que prohibir también la televisión, el Facebook y los videojuegos… ¡ah!, y el amor.
  • Toxicidad No tengo nada en contra de que se prohíba el uso de veneno –o se informe sobre sus efectos– pero también la ley suele ser muy poco consistente al respecto. La nicotina, por ejemplo, es un alcaloide súper tóxico con efectos semejantes a los de la estricnina (usada en pesticidas), sin embargo es posible adquirir una cajetilla en cualquier tienda de conveniencia; lo mismo ocurre con el alcohol, cuyo exceso es mortal, mientras que el THC es ilegal aún cuando no se conoce un solo caso de muerte por sobredosis.

Más aún, enteógenos como el peyote o la ayahuasca, si bien no son prohibidos, cuando menos sí se tienen que tomar con discreción y sólo los nativos huicholes y cofanes –respectivamente– pueden transportarlo. Estas dos últimas plantas tienen efectos medicinales diversos y más de un fin terapéutico; es decir, no sólo no son dañinas sino que por el contrario sirven para la sanación psíquica y espiritual; sin embargo, entre el público no conocedor generan la misma reprobación que los raticidas.

  • Externalidad Le llamaremos así provisionalmente al hecho de que ciertas sustancias producen un efecto que el individuo sería incapaz de experimentar sin ayuda de esa sustancia. Este criterio es válido sobre todo en el deporte: para que la competencia sea legítima todos los participantes tienen que estar en igualdad de condiciones. Vale. No obstante resulta un poco ingenuo si se quiere llevar a las últimas consecuencias; es decir, yo pienso mejor cuando desayuno proteína y un té me ayuda a relajarme antes de dormir, ¿no estoy en esos casos también ayudándome de algo externo? El argumento de la externalidad obvia el hecho de que siempre estamos en intercambio energético con nuestro medio.

Semejante a lo que ocurre con la educación sexual, es menester que la educación en el tema de drogas tenga un fin formativo y no coercitivo, pues al final, a lo único a lo que se puede apelar es a la responsabilidad y a la decisión informada.

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