Por Deniss Villalobos:

Cuando era niña tenía un diario pero no recuerdo absolutamente nada de lo que escribí ahí. Bien podría haber tenido todas las páginas en blanco, porque lo único que conservo en la memoria es la emoción que me causaba saber que estaba bajo mi cama, con un candadito de plástico color rosa para que nadie pudiera abrirlo. Si no escribí en él quizá lo que quería era que ese silencio me perteneciera solamente a mí. Muchas veces he intentado escribir en un diario, pero la verdad es que nunca paso de la primera página. Tengo libretas suficientes para abrir mi propia papelería pero en ellas solo hay listas del súper, títulos de libros que quería comprar o películas que quería ver y dibujos que a veces hago cuando estoy aburrida.

Ni siquiera mi viejo blog se pareció a un diario. Escribía sobre lo que sentía y lo que me pasaba, sí, pero también podía dejarlo por meses y volver hasta el año siguiente para poner una cita de un libro que había leído en esos días o la letra de una canción. Creo que era una cajita en la que ponía cosas que me gustaban y, a veces, guardaba en ella una nota a mí misma. Y tampoco creo que esta columna haya funcionado como un diario, pero es el espacio en el que he sido más constante en toda mi vida, el único cuaderno en el que escribí de principio a fin.

Publiqué por primera vez el 24 de noviembre de 2014. Jamás me imaginé que por más de tres años iba a seguir haciéndolo cada semana. No sé si la forma en la que escribo cambió, si mejoró de alguna manera o si solo me repetí una y otra vez, pero quiero pensar que algunos de los textos que escribí para este espacio hicieron sonreír a unos cuantos. Muchas veces pensé en dejarlo, porque había semanas en las que no tenía absolutamente nada que decir, en las que me sentía tan mal o aburrida que solo quería ver la pared sin pensar en palabras, pero al final conseguía escribir algo y al presionar “enviar” notaba que me sentía mucho mejor, aunque no tan bien como cada vez que alguien me agradeció por haber escrito algo. Nunca podría acostumbrarme a lo que se siente cuando una persona que jamás has visto y solo te conoce por lo que escribes se toma el tiempo no solo para leerte sino para decirte algo amable, para hacerte saber que aunque hables en voz bajita alguien te escucha.

Así que ahora, al llegar a la última página, me siento triste pero también feliz. Triste porque, no sé si por un tiempo o definitivamente, dejaré de publicar. Por más de tres años regué este jardín; ahora que me voy espero que la lluvia, el musgo y la hierba tomen mi lugar. Y feliz porque esta columna existió, porque fue muy bonito compartir espacio con gente a la que admiro y de la que aprendí mucho. Porque quizá en este jardín quien más creció fui yo. Gracias a Gilberto y Andrés por invitarme a ser parte de Juristas UNAM. Y gracias en especial a quienes leyeron, porque un texto nunca está completo hasta que un lector llega al punto final.

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