Punto de llegada

Por Nerea Barón:

Porque los treinta son los nuevos veinte –dicen los treintones– y porque a los cuarenta es cuando empieza realmente la vida, dicen los que ya navegan en esa década. Porque te faltan bajar dos o tres kilos nada más para tener un cuerpo perfecto y porque si tu pareja no fuera tan floja o tal vez si se arreglara la nariz, no tendrías un solo pero que ponerle. Porque allá afuera puede estar aquel que sí llegue puntual a las citas, que sí le guste tu autor favorito, que no tenga esa familia tan terrible y que sea unos centímetros más alto.

Porque cómo puede ser esto de lo que se trata la vida. Cómo si falta tanto por ordenar, por conquistar. Cómo si no tienes patrimonio, cómo si te la vives peleando en casa, cómo si apenas la semana pasada ya estabas pensando otra vez en la muerte. La muerte. Porque sobra decir que si algo se rompe es porque estuvo dañado desde el principio. ¿Cómo no te diste cuenta de todos esos focos rojos, en qué estabas pensando para inmiscuirte en esa empresa inútil de amar a ese truhán y quién te dijo que eras capaz de emprender y por qué tardaste tanto en desconfiar de aquel que te desfalcó?

Porque para eso sirve la conciencia, para pararte en un pequeño pedestal y dar consejos a los que sufren por falta de ella, para juzgar en retroactivo tus errores y decir “no más”. Y claro, para más tarde darte cuenta de que en esta ocasión tampoco fue suficiente y aumentar la apuesta: quizá no sean sólo los kilos sino la firmeza de los músculos, quizá no basta que tu nuevo acompañante no sea flojo sino también que quiera asentarse como tú, crecer como tú, viajar como tú.

Por fortuna tenemos años nuevos y podemos comprar un nuevo calendario cada vez y apostarle a los astros que nos garantizan siempre nuevos ciclos, nuevas oportunidades. Por fortuna podemos ir desplazando el punto de llegada hasta que la muerte nos encuentre aferrados a nueva promesa, a punto de decodificar de qué se trata la vida, quiénes somos y de qué color estaría pintado nuestro paraíso, en qué lengua cantaría y qué sabor tendría, qué ojos, qué boca.

La otra alternativa es menos inspiradora. La otra alternativa es ésta, en la que ya hemos llegado. Qué repulsivo. Relaciones tropezadas, incertidumbre y platos sucios. Voilà le portrait sans retouche. Una verdad crudísima, sí, salvo por una cosa: ¿no es esa falta la que posibilita el movimiento, el salto al vacío que nos permite amar, crear, imaginar?

Contar la historia de nuestra vida es contar la historia de nuestra falta. Temamos de los que buscan ser como dioses, porque ésos serán los más incapaces de abrirse, de conectar, de ofrecer compasión y de dejarse abrazar por el otro que, en su infinita sabiduría de otro, les devolverá su falta y ofrendará la suya que será a la vez don y condena.

Temamos de los tótems y las promesas monolíticas, cuidémonos de creer en la felicidad maquillada que es siempre de otro y nunca propia ­–espejismo– y del apremio de parchar los huecos con desplantes de soberbia como si no fueran nuestros, como si no tuvieran algo que decirnos, como si no hubiera luz en ellos y como si pudiéramos prescindir de todos y cada uno para elevarnos impolutos, indiferentes y vacíos.

Porque hay algo peor que sabernos rotos: dejar de ser humanos y dejar de encontrarnos en este desencuentro que es la vida.