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Protocolo para vuelta al sol

Por Alejandra Eme Vázquez:

Los cumpleañeros nunca saben qué hacer cuando les cantan Las Mañanitas. Sonríen un poco pero se sienten idiotas; contemplan cómo les cantan pero sienten que todos los que cantan son idiotas; quieren voltear para otro lado pero es imposible porque todos los ojos están puestos en sus expresiones y tampoco se trata de hacer sentir mal a nadie o de exponerse a la burla general. Así que sólo resta esperar a que pase el mal trago y rogar para que a nadie se le ocurra prolongar la agonía con la versión larga, esa que no acaba nunca entre el quisiera ser solecito, un San Juan, un San Pedro.

Por eso es que los únicos aniversarios que realmente importan son los elegidos. Tardamos algunos años en estrenar conciencia, pero en cuanto eso sucede nos damos cuenta de que si hay una conclusión a la que llegaremos con más frecuencia de lo que quisiéramos es a ésta: Yo No Pedí Nacer. Claro que cada vez que la repetimos, llegamos también a la siguiente conclusión: nacer fue un trámite necesario para poder decidir otras cosas y a veces esas cosas instituyen efemérides personalísimas que hacen que esperemos ciertas fechas con ansias, incluso con una dosis de alegría.

Esos días, los de aniversarios elegidos, salimos a la calle sintiéndonos distintos, caminando distinto con triunfo en la sonrisa, guardando un secreto que nadie más sabe porque si para algo sirve el tiempo es para hacernos la ilusión de que somos nosotros quienes, con nuestras elecciones de vida, originamos el impulso que lleva a la Tierra a emprender una trayectoria perfecta y que por lo tanto, con cada vuelta al sol de ese punto del calendario somos nosotros quienes cruzamos una meta, recibimos una medalla y sonreímos para un recuerdo que se inscribe en alguna historia superior a la existencia que protagonizamos. La verdad es que nadie más se entera, pero qué importa cuando estamos cumpliendo un año más de lo que sea que nos haga felices.

Desde 2014, el 7 de julio es para mí uno de esos días. Era pleno mundial de Brasil y yo publiqué por primera vez una columna en este espacio que me ha permitido elucubrar más de 150 veces sobre asuntos de diversa índole, a veces referentes a cómo proceso el universo y otras, las más, a cómo el universo me procesa a mí. He agradecido muchas veces, hasta que la gratitud se ha quedado como tapete de bienvenida para quienes, sorprendentemente, pasan sus ojos por las entregas que cada lunes ofrendo con la esperanza de que ese texto mueva alguna cosa. En honor a la verdad, lo que termina moviéndose soy yo; eso es, tal vez, lo único que aquí no falla.

Porque intuyo que pocas actividades como la escritura periódica nos permiten sentarnos en primera fila para atestiguar nuestras propias dinámicas. De pronto ya no estamos parados en donde creíamos, quizá ni siquiera en donde queríamos, y no hay manera de que eso no se adivine en las palabras que compartimos a los demás. Yo ahora digo que hace tres años pecaba de ingenua al escribir, pero seguramente dentro de otros tres veré que solamente cambié de ingenuidades y así sucesivamente. Lo que es cierto es que ya no se vuelve al lugar donde una escribió alguna vez. Ya lo dijo Baudelaire, que las palabras se hacen presentes cuando lo que quieren referir se ha esfumado; pero ni cómo evitarlas, precisamente porque aunque terribles, nos protegen de las cosas.

Despierta, mi bien, despierta. Esta columna cumple tres años, la edad en que los niños son presentados en sociedad y sería imperdonable no seguir el ritual. Aquí la presento: se llama “Verde y humilde” en honor a Jorge Luis Borges y a Mike Wazowski. Uno de ellos es mi gurú en este papeleo que llamamos vida, aunque a Borges también le doy cierto crédito porque descubrí la frasecita justamente en uno de sus poemas y supe que me iba a acompañar por el resto de mi existir; no sabía para qué, pero ya me lo figuraría. Cuando después vi Monsters Inc. y me sentí plenamente retratada en la euforia del pequeño cíclope verde-y-humilde que salta de alegría por salir en la portada de una revista, sin importar que su cara esté tapada por el código de barras, mi mantra encontró un nuevo paradigma y desde entonces todo es verdeyhumilde: nicknames, contraseñas, títulos… Supongo que también haría un buen epitafio.

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