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Privilegio

Por Nerea Barón:  

Si lo que quieres es vivienda

industria (General Electric en la reservación indígena)

coche para todos, un garaje, refrigerador

TV, más plomería, autopistas

científicas, aún eres

el enemigo, has decidido

sacrificar al planeta por unos cuantos años de

utopía de ciencia ficción.

Carta revolucionaria #19, Diane di Prima

 

Nadie que tenga un poco de conciencia social expresaría conformidad con su lugar privilegiado en la sociedad; no cuando, por definición, el privilegio existe en la medida en la que se monta sobre los hombros de miles y miles de no-privilegiados. En un sistema que trafica con la escasez (y promete la abundancia), la injusticia es la condición de posibilidad para que unos cuantos gocen de toda clase de lujos y comodidades. La consigna, en esa medida, parece ser renunciar a cierto privilegio para fomentar la justicia social: pagar mejor a tus empleados, redistribuir los bienes, usar la opulencia a favor del bien común.

No obstante, en este país no hace falta tener opulencia para encontrarte entre las filas de los privilegiados. Basta con que hayas crecido en el seno de una familia seudofuncional, que te hayas nutrido bien, que hayas tenido acceso a la educación y la oportunidad de elegir a qué dedicarte, que seas empleable, que no temas por tu vida cotidianamente, que goces de tiempo libre, que no inviertas una cuarta parte de tu tiempo productivo transportándote, que tengas asegurada una vejez digna o que al menos cumplas con dos o tres de las características antes mencionadas, para serlo.

En otras palabras, hoy en día ser privilegiado es contar con un mínimo de derechos humanos. Es ofensivo. La definición falla de inicio en el momento en el que confunde necesidad con fatuidad. Darle el estatuto de “privilegio” a la dignidad humana es asumir que se trata de un bien escaso que sólo puede existir en reparticiones no equitativas, como si se tratara de un lujo aspirar a salvaguardar la integridad física, psíquica y social.

Hay que distinguir entre la realidad estadística —en donde, en efecto, gran parte de la población se sitúa por debajo del mínimo necesario— y los presupuestos perversos del sistema que nos ha enseñado a llamar “privilegio” al desarrollo integral. No, no somos privilegiados, no en un sentido intrínseco al menos, sino sólo como un efecto colateral de una estructura social predatoria. La selección de terminología es importante: asumir un privilegio donde no lo hay, es asumir que el mínimo está por debajo del mínimo y que además, para aspirar a él, es condición necesaria el sometimiento del otro.

Ahora bien, esto no es una invitación a invisibilizar o menospreciar la brecha que existe entre los diferentes sectores; por el contrario, es responsabilidad de todos hacer uso de las herramientas materiales, intelectuales y sociales con las que contamos para hacerle frente a la injusticia social y, naturalmente, los más favorecidos en la repartición actual de bienes serán los que más cuenten con dichas herramientas y, por consiguiente, en los que recaerá con mayor peso la responsabilidad de la denuncia, la autocrítica y la continua reponderación sobre dónde acaba lo cómodo y empieza lo moroso.

No obstante, para que el cambio sea estructural, hace falta replantearlo todo desde el principio y comenzar a cuestionar cada uno de los presupuestos heredados, con su dejo rancio de culpa y de elitismo, con los que fuimos educados nosotros, los “privilegiados”.

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