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Predicar a la naturaleza

 

Por Deniss Vilalobos:

«¿Acaso puede alguien ver un árbol y no ser feliz?»

El Idiota, F.M. Dostoievski

 

En 2015 Svetlana Alexiévich se convirtió en la primera autora de no ficción en ganar el Premio Nobel de Literatura. Cuando su nombre fue anunciado yo no tenía idea de quién era, pero me emocionó que la ganadora fuese una mujer porque la mayoría de los ganadores hombres de los últimos años (Mo Yan, Le Clézio, Vargas Llosa…) me habían dejado más bien indiferente en comparación a Herta Müller o Doris Lessing, que fueron grandes descubrimientos para mí, o de la emoción que sentí cuando ganó Alice Munro, autora a la que llevaba leyendo y admirando varios años. Quizá el que me interesara en ella solo por ser mujer fue arbitrario, pero no me arrepiento porque, una vez más, me acerqué a una gran autora gracias al famoso premio.

Cuando se anunció el premio solo se podía encontrar un libro de la autora traducido al español, pero unas semanas después ya estaba disponible una reedición de Voces de Chernóbil bajo otro sello editorial y una primera traducción de La guerra no tiene rostro de mujer. Hace no mucho también aparecieron El fin del “Homo Sovieticus” y Los muchachos de zinc, pero es del primero, Voces de Chernóbil, del que quiero hablar, porque me impresionó de una manera muy especial desde las primeras páginas.

El libro abre con una “entrevista consigo misma” que sirve de prólogo y en el que la autora habla del porqué, siendo bielorrusa y habiendo vivido de cerca el accidente nuclear de Chernóbil, tardó tanto en escribir sobre ello. Sus palabras fueron un golpe tremendo para mí, porque no había pensando en nada de lo que ella menciona, en esa forma de terror colectivo que no tiene rostro de guerra sino de accidente, y lo difícil que es para las personas enfrentarse a esa nueva cara del miedo, porque todos en la Unión Soviética, de una forma u otra, conocían la guerra y habían crecido en ella o la esperaban, pero nadie imaginaba esa sombra enorme y terrible que no solo se posó sobre Prípiat o Minsk sino sobre el mundo entero.

“Tal como lo veo ahora, este miedo no podía fundirse en nuestra conciencia en modo alguno con la idea de la energía atómica para usos pacíficos. No sintonizaba con lo que habíamos estudiado en los manuales escolares y leído en todos los libros. En nuestra imaginación, el cuadro del mundo se nos aparecía del modo siguiente: el átomo de uso militar era el monstruoso hongo en el cielo, como sucedió en Hiroshima y Nagasaki: en un segundo, la gente convertida en ceniza; en cambio, el átomo para la paz se nos presentaba tan inocuo como una bombilla eléctrica. Teníamos una visión infantil del mundo. Vivíamos según el manual. No solo nosotros, sino toda la humanidad se hizo más sabia después de Chernóbil. Se hizo mayor. Adquirió otra edad.”

Guenadi Grushevói
Diputado del Parlamento de Bielorrusia

Cada entrevista me partió el corazón de forma distinta. Leer a estas personas, una por una, me hizo sentir una clase de pena que me era ajena hasta ahora. Cuando ocurre algo espantoso lejos de ti, en especial en un lugar por el que tienes interés o cariño, sientes tristeza, dolor y empatía por las personas que lo sufren, y esos sentimientos se aligeran con el paso del tiempo, cuando ponemos un punto final, pero Chernóbil es un hecho distinto, al que podemos poner una fecha de inicio pero no de final. También, casi siempre, se piensa en colectivo, en “el pueblo”, y llegamos a olvidar que cada persona tiene una historia distinta y pocas veces llegamos a escuchar tantas voces sobre ese terror individual que es mucho más difícil de digerir, pero igual de importante y profundo una vez que te hablan de él.

Además de los testimonios sobre aquellas personas que perdieron a sus seres queridos, o de los niños que sufren las consecuencias de la radiación pero aún así juegan en los campos haciendo bromas sobre la muerte, hay algo que llama la atención y me conmueve mucho: la forma en que las personas hablan de los animales. Es sorprendente la conexión que se creó entre los habitantes de la zona contaminada y los animales con los que compartían ese mismo espacio. Hay un monólogo en especial, el de una mujer que vivía con su gato, que es muy tierno y triste, igual que la forma en la que habla de los perros, las lombrices, las mariposas, las aves…

Me causa muchísima pena pensar en cómo los animales fueron abandonados y asesinados por órdenes del gobierno, y me enternece esa nueva interacción entre las personas que volvieron a la zona del accidente y los animales que también volvieron, dejando atrás ese papel de dueño y propiedad, para convertirse en compañía el uno del otro. Es admirable la forma en que los humanos y animales llegaron a hablar el mismo lenguaje, el del miedo y la muerte, pero también el de la supervivencia.

“Me ocurrió una historia. Tenía yo un buen gatito. Vaska se llamaba. En invierno me asaltaron las ratas y no había modo de librarse de ellas. Se me metían debajo de la manta. Al tonel donde guardo el grano le hicieron un agujero. Vaska fue quien me salvó. Sin Vaska hubiera estado perdida. Con él comía y charlaba. Pero, entonces, Vaska desapareció. Puede que lo atacaran los perros hambrientos y se lo comieran.

(…)

Aquí todo vive. ¡Lo que se dice todo! Vive la lagartija, la rana croa. Y el gusano se arrastra. ¡Hasta ratones hay! Se está bien, sobre todo en primavera. Me gusta cuando florecen las lilas. Cuando huelen los cerezos.”

Zinaída Yevdokímovna Kovalenka
Residente en la zona contaminada

Si en algún momento consideré que tantos detalles, tanto horror, podían llegar a ser morbosos, al final creo que el testimonio de todas estas personas merece ser conocido. Svetlana Alexiévich no estaba interesada en buscar historias perturbadoras sobre mutaciones o fantasmas, porque la realidad es mucho más sencilla y terrible: el mundo para los habitantes de Chernóbil no se volvió negro; las flores y los vegetales crecían, el cielo era azul, la gente reía, pero  el mundo cambió, y los que no estuvimos ahí necesitamos saber cómo pasó en voz de aquellos que fueron testigos.

Comparto algunos fragmentos más de los monólogos en los que se habla sobre los animales, que es solo uno de los temas que pueden tomarse de este libro en el que importan tanto la historia de un gato o los árboles como la de un soldado o un científico, pues todas ellas son las voces de Chernóbil:

“En mi primer viaje a la zona los huertos se cubrían de flores, brillaba alegre al sol la hierba joven. Cantaban los pájaros. Era un mundo tan familiar…, tan conocido. La primera idea que te asaltaba era que todo estaba en su lugar, como siempre. La misma tierra, el agua, los árboles… En ellos, tanto las formas como los colores, así como los olores, son eternos, y nadie será capaz de cambiarlos, ni siquiera un poco. Pero ya el primer día me explicaron que no hay que arrancar las flores de la tierra, que es mejor no sentarse, como tampoco hay que beber agua de los manantiales. Al atardecer, observé cómo los pastores querían dirigir hacia el río al cansado rebaño, pero las vacas se acercaban al agua y, al instante, daban media vuelta. De algún modo intuían el peligro. Y los gatos, me contaban, dejaron de comer los ratones muertos de los que estaba lleno el campo y los patios. La muerte se escondía por todas partes; pero se trataba de algo diferente. Una muerte con una nueva máscara. Con aspecto falso.”

Anónimo

“Solo nos han quedado el televisor y los libros. La imaginación. Los niños crecen dentro de casa. Sin el bosque, sin los ríos, sin los animales. Solo pueden mirarlos desde la ventana.”

Nina Konstantínonva
Profesora de Literatura

“Por culpa de la radiación, los animales del bosque están enfermos. Merodean tristes y tienen los ojos mustios. A los cazadores les da miedo y lástima disparar contra ellos. Y los animales han dejado de temer al hombre. Los zorros y los lobos entran en los pueblos y se acercan cariñosos a los niños.”

Anatoli Shimanski
Periodista

“La radiación espanta a los hombres y también a los animales del bosque. Y a los pájaros. Hasta el árbol la teme, lo que pasa es que está callado. No te dirá nada. En cambio, los escarabajos de Colorado siguen como estaban, comiéndose la patata, zampándose hasta la última hoja, pues están hechos al veneno. Como nosotros.”

Anna Petrovna Badáyeva
Residente en la zona contaminada


—Bueno, abuela, vámonos.
—Vámonos, pues.
—Recoge entonces tus cosas, abuela.
La esperamos en la calle. Fumamos un pitillo. Y en eso que sale la mujer llevando encima un icono, un gato y un hatillo. Eso es todo lo que se lleva consigo.
—Abuela, el gato no puede ser. No está permitido. Tiene el pelo radiactivo.
—Eso sí que no, hijos míos, sin el gato no me marcho. ¿Cómo lo voy a abandonar? Dejarlo solo. Si es mi familia.

(…)

Un chico, con voz entrecortada, rojo de vergüenza, al parecer uno de esos niños callados, poco habladores, preguntó: «¿Y por qué no se pudo ayudar a los animales que se quedaron allí?». ¿Cómo que por qué? A mí no se me había ocurrido esta pregunta. Y no pude contestarle. Nuestro arte solo trata del sufrimiento y del amor humano y no de todo lo vivo. ¡Solo del hombre! No nos rebajamos hasta ellos, los animales, las plantas. No vemos el otro mundo. Porque el hombre puede destruirlo todo. Matarlo todo.

(…)

En cambio, san Francisco predicaba a las aves. Hablaba con los pájaros de igual a igual. ¿Tal vez los pájaros hablaban con él en su lengua y no fue él quien se rebajó hasta ellos? Él comprendía su lenguaje secreto.”

Serguéi Gurin
Operador de cine

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