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Pratchett y Sacks: archivar la mortalidad

Por Alejandra Eme Vázquez

Partimos cuando nacemos,

andamos mientras vivimos

y llegamos

al tiempo que fenecemos;

así que cuando morimos,

descansamos.

 

Jorge Manrique

 

Cuando a Terry Pratchett, autor de la famosa saga de literatura fantástica Discworld, le diagnosticaron Alzheimer en 2007, se le derrumbó el mundo. No había llegado siquiera a los sesenta años y ya estaba condenado a ir perdiendo, una a una, las facultades de las que depende para hacer lo que ama. Así fue como comenzó a enfrentarse a disyuntivas que nunca antes creyó considerar y después de pensar intensamente en la situación, filmó el documental Choosing to die para mostrar en toda su crudeza el caso real del hotelero millonario Peter Smedley, quien eligió morir mediante el suicidio asistido en una clínica suiza a los 71 años, junto a su esposa. Simultáneamente, al reflexionar sobre la eutanasia y documentar el momento de la muerte de Smedley, Terry Pratchett muestra su propia realidad: al filmar este documental ya no le era posible escribir sus propias novelas aunque sí podía dictárselas a un asistente, y relataba con una gran conciencia lo “vergonzoso” que era el hecho de olvidar los nombres a segundos de haberlos escuchado, entre otras consecuencias de su padecimiento; no tenía para sí la opción de la muerte asistida aún, pero sí se preguntaba sobre los límites de la dignidad en la vida y su final. Aunque a la fecha goza de buena salud, en lo que cabe, apenas el año pasado tuvo que cancelar su asistencia a la convención en honor a sus novelas y al anunciarlo expresó tanto su profunda frustración como el deseo de que sus fans convivieran felices, casi pasándoles la estafeta a sabiendas de que en adelante, ya no podrá hacer todo lo que acostumbraba.

Por su parte, la semana pasada el consagrado neurólogo Oliver Sacks ha publicado en el New York Times una lúcida carta abierta en la que nos hace saber a todos sus lectores que la enorme suerte de haber vivido más de ochenta años (más de lo que vivió su ídolo David Hume) se ha agotado. O tal vez no, porque el cáncer terminal recién diagnosticado le llega después de haber disfrutado una vida que él mismo rememora con una alegría que normalmente no asociaríamos con alguien que sabe que morirá pronto. Pero si revisamos su trayectoria, vemos que tiene ya amplio currículum en entender el mundo desde muchos puntos de vista a través de sus pacientes y de la forma en que ha compartido sus observaciones, con libros apasionantes en los que se nota su enorme capacidad de asombro y su escucha inteligente. Ya desde antes, Sacks tenía vocación de documentar, por lo que su reacción lógica al enterarse de su estatus fue justamente esa. Lo mismo que Pratchett, acosado por el fantasma del olvido en una profesión que se funda sobre la memoria colectiva; el primer impulso, entonces, es dejar constancia de lo que pasa por su mente aun en momentos tan difíciles. Porque es muy posible que llegado el punto en el que se sabe que la línea vital está por terminar, la defensiva más orgánica sea vaciar todo el sentido que tengamos dentro, tan clara y entrañablemente como sea posible.

Ambos ingleses, cada uno ya consagrado en su disciplina, han enfrentado su circunstancia poniéndola en palabras e imágenes para compartirla, reflexionando en público sobre lo que están viviendo y no precisamente con una intención didáctica, al menos no en primera instancia; por el contrario, la intención es conmovedora de tan íntima y natural para dos personas dedicadas a escuchar y dar voz a otros. Yo no sé cuál sea la mejor manera de dar la cara a la muerte inminente, pero sí sé que debe haber algún punto en el que ya no importe lo que es o no correcto: enfrentarse a la certeza de la muerte es ya muy difícil como para encima cargar con la certeza de la agonía, de lo que se hará en ese final de nuestra línea de vida, que quizá en algún punto nos pareció interminable. Justamente por eso es que tanto el documental de Pratchett como la carta de Sacks son documentos preciosos en todo sentido, porque nos muestran la claridad a la que puede llegarse a fuerza de explotar al máximo nuestra cualidad de seres sintientes, pensantes: humanos.

Somos documentos, decía mi maestra de Archivonomía en la facultad de Letras: tenemos impresas nuestras vivencias y nuestras esperanzas, lo hermoso y lo terrible que nos ha pasado, lo que deseamos y lo que dejamos de desear. Portamos una gran cantidad de información: somos archivo. Por eso podemos dar cuenta de nuestra mortalidad y generar textos y subtextos tan bellos, auténticos y transparentes como los de Pratchett y Sacks, que les permiten a ellos irse desprendiendo lúcidamente de la vida y a nosotros, entender que somos un ciclo y que lo único que podemos controlar es lo que hacemos y lo que comunicamos. En las declaraciones de ambos se puede entrever una actitud que Pratchett ha llamado de “suave optimismo” y Sacks, de comenzar a despreocuparse por lo que forma parte de un futuro en el que él ya no estará: a fin de cuentas, vivir intensamente significa dejar en el mundo lo que creemos que hay que dejar y entender que nuestro paso en la tierra ocupó un espacio que era necesario pero que debemos devolver llegado el día. La idea de trascendencia, si acaso puede llamarse así, vendría de los movimientos que generamos con lo que documentamos a través de nuestra comunicación con otros y no con un afán voraz de ser recordados, sino de apropiarnos de esta realidad para hacerla única, porque no puede ser de otra forma. Porque el archivo-mundo de cada uno de nosotros es irrepetible y lo que hagamos con él también nos determina, como individuos y comunidad. Lo que muestran Pratchett y Sacks es que, quizá, la gran diferencia se encuentre en el nivel de conciencia que le imprimamos a este proceso.

 

El documental Choosing to die puede verse aquí: 

https://vimeo.com/105168003

 

Y aquí, el texto de Oliver Sacks, traducido al castellano: 

http://elpais.com/elpais/2015/02/20/opinion/1424439216_556730.html

 

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