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Poseer o destruir

Por Nerea Barón:

Además de por su sonrisa misteriosa, La Gioconda se caracteriza por ser la obra con mayores intentos de destrucción en la historia. Por mencionar solo algunos, en 1874 una mujer le echó spray de pintura roja mientras estaba expuesto en el Museo Nacional de Tokio y en 1956 un hombre le arrojó ácido. Ese mismo año, el artista venezolano Ugo Uganza le tiró una piedra, dañándola a la altura del codo izquierdo. No en vano hoy se encuentra protegida con cristales polarizados en el Museo del Louvre.

No es la única obra que ha recibido atentados de ese tipo. En 1972 el geólogo australiano Laszlo Toth se acercó corriendo a La Piedad de Miguel Ángel con un martillo en la mano y gritando «¡Soy Jesucristo resucitado de entre los muertos!»; para cuando lo pudieron detener ya le había arrancado un brazo desde el codo, la nariz y un párpado. Y ni hablar de La ronda de la noche de Rembrandt, que ha sufrido cuchilladas y le han rociado ácido. La lista podría seguir con obras como Dánae, también de Rembrandt, o La Venus del espejo de Velázquez, entre otras.

Siempre me ha intrigado qué pasará por la cabeza de estos sujetos antes de decidir destruir una obra de arte. Unos cuantos lo hacen por motivos políticos, pero para la mayoría es más bien una impulso irresistible: la belleza que tienen delante les parece intolerable y sienten la imperiosa obligación de acabar con ella.

A menudo, a estos individuos se les diagnostica como enfermos mentales. Y quizá lo sean, pero lo peligroso de los diagnósticos es que nos invitan a deslindarnos, como si aquello que les ocurre nos resultara ajeno, como si nosotros nunca hubiéramos sentido el deseo de destruir lo que no podemos poseer o lo que creemos que el otro malbarata con su mirada.

Mi caso favorito de vandalismo simbólico es cuando alguien habla mal de su ex o de su amor no correspondido. De pronto se vuelve el mismísimo diablo encarnado. De pronto el mundo entero necesita saber lo despreciable que es esa persona y hay que acuchillar su imagen y echarle ácido, porque reconocer su valor y más aún, su inaccesibilidad, resulta insoportable.

Mayor reto es forjarse en el arte de la renuncia y, entre poseer y destruir, no elegir ninguna. Soportar el temblor del alma frente a todo aquello que nos rebasa y aprender que ese anonadamiento, esa frustración contenida del deseo, es la condición misma de la belleza, diseñada para atravesarnos y dejarnos para siempre trastocados.

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