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Pornografía y simulacro

Por Nerea Barón:

Se han escrito muchas críticas sobre la pornografía, objeto de consumo cada vez más extendido que no discrimina estratos, géneros ni edades. Una de las más comunes habla de la desensibilización: hay registros de gente que, después de un largo periodo de sobreexposición a contenidos pornográficos, comienzan a encontrar dificultad para vincularse con lo real de sus propias relaciones sexuales –siempre menos estetizadas– y encontrar excitación en ellas.

En su ensayo sobre la precesión de los simulacros, Baudrillard hace una crítica a la posmodernidad a partir de un cuento de Borges sobre un mapa tan detallado que corresponde de forma exacta con el territorio que busca representar. Para Baudrillard el posmodernismo tiene esa cualidad: el territorio ha dejado de existir para ser suplantado por el mapa. En otras palabras, la ficción ha superado a la realidad.

Sería interesante hacer un compendio de fantasías sexuales bajo esa lupa: cuántos fantasean en tercera persona, como si lo vieran a través de una cámara; cuántos fantasean con un cuerpo que no es el suyo; cuántos toman prestados escenarios completamente ajenos a su realidad.

No es inusual que las fantasías sexuales, en tanto representaciones mentales creadas por el inconsciente, contengan elementos prohibidos que la moral del individuo censura de una manera u otra, pero si bien su carácter prohibido en sí mismo es inocuo (por algo son sólo fantasías), al desdibujarse los límites entre la ficción y la realidad, el asunto se vuelve un poco más delicado.

A manera de ejemplo, imaginemos que alguien fantasea con algún tipo de sometimiento. Puede llevarla a cabo con consenso de su pareja y darle el lugar de juego. La representación en ese caso es evidente: están acordando simular dicho escenario. No obstante, cuando nos asomamos a la pornografía, podemos encontrar esas fantasías representadas en su máxima expresión, pero ocultando su factor ficcional. El sexo grabado es real, el sometimiento es real; el actor está actuando sólo hasta cierto punto. El fantasma se ha materializado.

No se trata de moralismos, sino de la forma en la que representación de lo real termina por suplantarlo, alterando nuestra percepción e interpretación de la misma. ¿Cómo se siente nuestro propio cuerpo? ¿Qué desea el cuerpo del otro? Esas preguntas relevantes para el ejercicio de la propia sexualidad pasan a un segundo plano porque –pareciera– la relación que guardamos con nuestros propios cuerpos y con el placer sexual ya está de antemano mediada por un contenido que no está exento de ideología y que, por el contrario, reproduce un canon de belleza determinado y más de un estereotipo de género.

Sería un error censurar la pornografía, como si en ella misma estuviera el problema; sin embargo, darse cuenta de la relación que guardamos con ella y, más aún, de la que estamos dejando de guardar con nosotros mismos y con nuestra realidad en esta era de simulacro, es crucial para un ejercicio más libre y más auténtico de la sexualidad.

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