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Pierrot el músico

Por Deniss Villalobos:

People haven’t always been there for me but music always has.
Taylor Swift

 

Cuando pienso en todas las personas a las que admiro casi siempre llego a una conclusión distinta con relación al dilema de si me gustaría conocerlas o no. A veces imagino que podría ser la mejor amiga de mi pianista favorito o que definitivamente el autor del último libro que leí se enamoraría de mí; hay otros días en los que pienso que conocer al cantante que me sube el ánimo cuando estoy triste sería una experiencia decepcionante porque seguramente no es la persona maravillosa que he creado en mi mente. Al final, siendo lo más honesta posible, creo que no importa si conocer a tus ídolos vale la pena o no porque, en mi caso, no lo haría aunque tuviera la oportunidad. No podría acercarme a ellos sin tropezar ni pronunciar más de tres palabras sin reírme o salir corriendo. Me conformo con las emocionantes anécdotas sobre el día en que otros conocieron a una estrella de rock o se tomaron una foto con un gran actor, prefiero que me cuenten cómo el Nobel de la Paz con el que pudieron convivir es en realidad muy antipático y sobre el científico que ganó un premio con el trabajo que le robó a su asistente del laboratorio. Yo me quedo con lo que solo pasa en mi cabeza y las veces que, a lo lejos, he visto a personas a las que me gustaría haber abrazado.

En cambio estoy segura de algo que es imposible pero me encanta imaginar: me llevaría de maravilla con algunas canciones. Le confesaría a Until the Morning Comes de los Tindersticks que es la canción que más veces he escuchado en mi vida y con la que más he llorado, le preguntaría a Simple Twist Of Fate de Bob Dylan si alguna vez encontró el anillo, le pediría a cualquier pieza de Chopin que me enseñara a tocar el piano y saldría a bailar y cantar toda la noche con On the Radio de Regina Spektor, porque debemos respirar hasta nuestro último aliento.

Hay canciones tan importantes en mi vida que a veces quisiera que ellas me escucharan a mí. He recibido grandes consejos de mi abuela, mi madre y un par de amigos, pero han sido algunas canciones las que siempre me dan la mano para poder levantarme. Pienso que para muchos la música es lo único que puede llevar nuestras emociones al límite: lloramos, reímos, bailamos, besamos y gritamos al ritmo de nuestras islas favoritas. Cada canción es un pedazo de tierra en el que pasan miles de cosas. En una encontramos tranquilidad y descanso, como si estuviésemos en una cómoda hamaca tomando una piña colada sin preocupación alguna, pero en otras hay una tormenta que nunca acaba y nos arrastra por la orilla provocando que las olas nos azoten contra las piedras.

Tal vez que las canciones no puedan escucharme es en realidad algo positivo. Si fuera de otro modo, me daría tanto miedo como con la gente que admiro. Creo que la música es algo parecido a la mímica: en lugar de no poder hablar, no puede escucharnos, pero sigue existiendo un espacio blanco entre cada nota negra de una partitura, como las líneas de la playera que usaba Marcel Marceau. Hay magia en ese espacio donde, imagino, están escondidas las palabras de los mimos y los oídos de las canciones.

Por eso me parece una tontería escuchar solo un tipo de música y despreciar otros géneros cuando el sonido del mundo, todo el tiempo y todos los días, es una interminable canción, una maravillosa función de teatro. A mí me hace muy feliz vivir en una época en la que puedo escuchar a Bach o Billie Holiday y después a Taylor Swift y las Spice Girls desde mi iPod. Agradezco tener listas de Spotify llenas de reggaeton para hacer ejercicio y conciertos en Bellas Artes para escuchar a Prokófiev. La música no es una competencia de gustos o “clases sociales”: se trata de sentir, lo que sea, y dejar que ella te cuente lo que tenga que decir. Igual que con las personas escucharemos tonterías, ideas divertidísimas o palabras conmovedoras, e igual que con las personas podremos decidir si nos agrada después de conocerla.

Ilustración de Eugenia Cano.

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