Looking for Something?
Menu

Perdón no: gracias

Por Nerea Barón:

Tengo amigos (hermanos, amores) borrachos, deprimidos, impertinentes, necesitados. Yo misma he sido todas esas cosas cuando menos en alguna ocasión. Consecuentemente, conozco bien la letanía de la culpa. Mario, por ejemplo, desaparece durante meses para no incomodar, como elefante que se aleja de su manada para morir; Isabel se avergüenza tanto que empieza a hablar rapidísimo y aclara una y otra vez, y dice que te lo va recompensar en cuanto tenga oportunidad; y yo, yo a ratos me convenzo de que si el otro no me ha matado es por puritita santidad.

En todas esas ocasiones la palabra que rebota de un lado al otro es siempre la misma: perdón. Perdón por hablar de más, por callar, por no asistir a tu evento, por quedarme demasiado tiempo, por no tener la fuerza de voluntad para poner mi mejor cara, por no haberlo previsto, por alzar la voz, por no tirar la basura, por no reírme, por revisar mi celular.

Perdón por existir.

Educada en el arte de la culpa, soy capaz de pedir perdón cuando el error lo comete el otro, cuando tengo fiebre, cuando lloro o estoy de mal humor, cuando falto al trabajo por causas de fuerza mayor o cuando me toca atestiguar una injusticia que yo no cometí ni puedo resolver (Resuena Terencio: Nada de lo humano me es ajeno).

¿Y luego? Luego nada. “Perdón” no suele ser una palabra muy propositiva. Por el contrario, muchas veces el culpígeno le duplica la carga al afectado con su trabalenguas plañidero de disculpas: ya no sólo tiene que lidiar con la equivocación del otro sino que, encima, tiene que consolarlo y hacer como que su equivocación no es importante.

Habríamos de quitarle entonces la buena fama a tal palabra. Y es que enfrascarse en perdones es un acto mucho más egocéntrico de lo que se piensa: es creer que todo trata de ti –de tu falta–, que tu error es más grande que cualquier buena disposición de parte del otro, que mereces la absolución inmediata y que por eso puedes detener al mundo entero para exigirle al otro que te la dé (aunque cuando te la dé no le creas). El que pide perdón compulsivamente descree de todos los “no te preocupes”, pues creer en ellos significaría dejar de estar bajo los reflectores y más aún, significaría que –tal vez– la persecución no existe y –tal vez– el otro verdaderamente lo quiere.

Más provechoso sería que aprendiéramos a decir gracias y, en lugar de vivir recriminándonos nuestra condición humana, reconociéramos humildemente el amor, el esfuerzo y la compañía del otro. Sólo dejándonos de resistir a la falta (dejando la culpa) podemos aceptar verdaderamente la gracia del otro. Ya habrá situaciones para las que el perdón sea necesario pero primero gracias: gracias.

Deja un comentario

Efemérides

uncached

Twitter