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Peña Nieto: Drogas y Derechos Humanos

Por Frank Lozano:

Dos eventos acaban de marcar la agenda nacional. Por una parte, el vuelco en el discurso respecto a las drogas y, por otra, el reconocimiento tácito de la prevalencia de la tortura en territorio nacional.

La mala señal es que el Presidente Peña Nieto modifica su discurso por presión externa, no por una convicción profunda. La segunda mala señal es la respuesta limitada que ofreció en ambos temas.

Su decálogo de las drogas, si bien retoma el espíritu liberalizador, no toca las fibras sensibles del asunto. Parece más bien una estrategia para dilatar y mimetizar que una acción de fondo.

Su apuesta es por lo obvio: mariguana para fines medicinales, evitar la criminalización de los consumidores incrementando la cantidad de droga que puede ser utilizada para fines personales, integralidad en las políticas de prevención, cooperación internacional, etcétera.

Los puntos nodales quedan fuera: liberalizar y regularizar la producción, distribución y venta, reconocer el uso lúdico. Bajo el esquema actual y con el ahora propuesto, no se modificarán las dinámicas de los grupos delictivos. No cesarán los baños de sangre, la disputa por rutas de trasiego ni el narcomenudeo. El único que quedará satisfecho será el propio Presidente, que a regañadientes tuvo que acudir a la ONU y ofrecer una solución que no resuelve nada.

Respecto al tema de los derechos humanos, lo mismo. Desde antes de Ayotzinapa y a propósito de dicho evento, se ha desatado una presión sostenida y una crítica fundada, nacional e internacional, respecto al actuar de las fuerzas armadas y de las policías locales y nacional. Marchas, expresiones solidarias desde el exterior, llamados, denuncias, documentación de hechos, publicaciones periodísticas que han dejado al desnudo las mentiras oficiales.

La constante, por parte de la presidencia de la república, ha sido la evasión, el eufemismo, el cantinfleo y la minimización. Tuvo que venir el reporte anual que se hace desde Washington para que Peña Nieto y el Secretario de la Defensa salieran a hacer un tibio mea culpa. Una disculpa que tampoco resuelve nada. Una disculpa que es más un reflejo o un tic nervioso que una revisión crítica seria y sistematizada de los casos que se han denunciado.

Y más que una disculpa, en una democracia lo que se exige es una rendición de cuentas. Las disculpas apelan a cierta moral, la rendición de cuentas apela al Estado de Derecho. Las disculpas se podrán o no hacer válidas, pero son y serán insuficientes.

Del Estado mexicano esperamos algo más que eso. Esperamos acciones contundentes. No solo la creación de chivos expiatorios que siempre recaerán en mandos inferiores y que, tristemente, cumplen órdenes y protocolos. El soldado común, el agente policial, no son sino el último eslabón de una cadena de mandos. En cierta forma, también son víctimas, víctimas de un sistema diseñados para culpar al de abajo, para que el que está arriba se disculpe por él.

Peña Nieto debe entender que las medidas a medias terminan por ahondar las grietas. Hoy todos los mexicanos pagamos por las consecuencias de ello. El abandono de la política de seguridad por una política de marketing que presuponía que por dejar de hablar del tema, éste se resolvería, nos ha salido muy cara, incluso más cara que con Calderón. Pero a diferencia de este último, Peña Nieto navega en una triste inercia donde la agenda se la marcan del exterior, pero la traducción de esa agenda en acciones deja mucho que desear.

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