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Peldaños invisibles

Por Nerea Barón:

Para D.R.

Tengo cierto talento para embarcarme en empresas impopulares, iniciando por la carrera que estudié, Filosofía, en la que todo-mundo-se-muere-de-hambre. La estudié porque era lo que había que hacer y afortunadamente nunca me ha faltado trabajo pero —sabemos— la historia siempre podría haber sido distinta.

Y así podría seguir la lista: de adolescente disfrutaba hablar de mis sentimientos en un blog. Me gustaba de veras, le invertía un sinfín de horas y releía y releía mis poemas cuyo único defecto era que tenían la misma edad que yo. Años después, resultó que había espacios en los que podía hacer eso “profesionalmente” y hasta recibir un pago por ello, aunque aún me falte quitar esas comillas.

Cuando veo para atrás con cierto orgullo, puedo contar varias historias. Puedo contar la historia de una cadena de golpes de suerte, detonada no sé si por mi carisma, mi privilegio, mi carta astral o todas juntas; puedo contar la historia guerrera en la que la osadía y la perseverancia siempre pagan si te atreves a creer en lo tuyo, o una historia más humilde de trabajo independiente, de campos laborales transdisciplinares y de conocimiento de uno mismo. Pero cuente la historia que cuente, no puedo contar una historia sin nombres.

Si Roxanna no hubiera aparecido en mi vida, mi carrera como editora, traductora y botarga cultural nunca habría despegado. Mecenas laboral, me recomendó aquí y allá, y hasta se tomó la molestia de entrenarme en los campos que eran nuevos para mí. Ahora Rox ya no tiene tanto que ver con los nuevos trabajos que me consigo, pero ella fue el peldaño invisible en el que me apoyé en un momento clave y gracias al cual puede seguir recorriendo ese camino.

¿Y qué sería de mi práctica como psicoanalista si Itzel no se hubiera acercado a mí en primer lugar? La maestría ya la tenía, pero me había construido un nido cómodo de inseguridades y una parte de mí estaba dispuesta a nunca ejercer. Entonces se acercó ella, que sólo me conocía por las lecturas que había hecho de mis textos, y me pidió que la tratara. No conforme con eso, se dedicó a recomendarme con sus amigos y a ella le debí mi primera generación de pacientes. Por eso, cuando sentada en el consultorio, Itzel me habla de cuánto la ayudo, yo guardo silencio: si tan sólo ella supiera lo mucho que yo le debo a su fe.

Resistiré la tentación de hacer de esta columna una carta de agradecimiento. Tendría que agradecer a la insistencia de mi padre para que leyera mis textos en las reuniones familiares; al apoyo ciego de mi madre; a mi exnovio que se quedaba sentadito escuchando una y otra vez mis cuentos cuando recién incursionaba como narradora oral; a Ruso, que ha regalado decenas de mis libros a sus alumnas y así, a un infinitísimo etcétera.

El otro día charlaba en este tenor con un amigo que se encuentra paralizado actualmente en su vida laboral y en su miedo a expandirse por el mundo con todo su talento y todo su orgullo. Empecé a fantasear en voz alta sobre sus posibles empleos, negocios, proyectos; me puse hacer calendarios y planes al aire. Él me escuchó, conmovido, y me dio las gracias. Me le quedé viendo y se me hicieron agua los ojos: ahora me tocaba a mí ser un peldaño invisible.

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