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Pedir bonito

Por Alejandra Eme Vázquez:

Podríamos formar un club con quienes hemos estado inconformes alguna vez y hemos visto revirada nuestra clara y directa protesta con un: “En el pedir está el dar” o un: “Ésas no son formas”, elegantísimas frases destinadas a crear un estándar de calidad en las maneras de acceder a aquello que deseamos o necesitamos. Entonces resulta que hay que cuidar no tanto lo que se pide, sino cómo se pide, como cuando las autoridades virreinales de la Nueva España requerían que los plebeyos se dirigieran a ellas con demasiados retruécanos y se erigió un sistema disparatado de burocracia disfrazada de veneración, en el que muchos reconocen el origen de los rodeos interminables que damos los hispanoamericanos para llegar a nuestro punto a fuerza de por favorcito si eres tan amable, no quisiera molestarte pero mira es que hay un asunto de la mayor importancia, yo sé que eres una persona muy ocupada y no te voy a quitar mucho tiempo, por medio de la presente me dirijo a usted deseando que se encuentre en buen estado de salud, y todos los desesperantes etcéteras que podamos imaginar.

Yo misma he aportado lo mío a estas prácticas, mea culpa. Parte de ser adulto, y más cuando se tiene a cargo a uno o varios menores de edad como en el caso de los padres o profesores, estriba en el absurdo de demostrar a cada momento que si hemos pasado más tiempo en este mundo nos hemos ganado el derecho a ponerles trabas a los demás en cuanto tengamos oportunidad. “Que les cueste”, decimos de los muy jóvenes, “¿a poco la van a tener fácil cuando sean grandes?”. Y entonces aparece nuestro virreycito interior: “A mí no me hables así”, “Discúlpate pero que se vea sincero”, “Ve a reflexionar y luego vuelves más tranquilo”, “¿Ves qué diferencia cuando lo dices bien?”. Así aprendemos, y ayudamos a que otros aprendan, que esto de vivir en el mundo se trata de ser apto para el ritual, el performance y la simulación. A veces lo vivimos institucionalmente, con trámites más o menos kafkianos según la suerte que nos toque, y a veces mediante reglas no escritas que sin embargo flotan en el aire, vigilantes, recordándonos a cada paso que ese azul celeste que tanto queremos está en medio de un campo minado.

Uy, y cuando alguien se atreve a desafiar las formas del pedir, qué escándalo. Como las denunciantes del director teatral Felipe Oliva, que en días pasados interrumpieron una función de teatro para señalar públicamente los abusos sexuales y emocionales a los que han sido sometidas, y que de inmediato se vieron señaladas a su vez por amantes del rigor que les cuestionaron, por supuesto, las formas. O los profesores que con puntos muy claros se oponen desde su inicio a una reforma educativa cuya estructura está basada, declaradamente, en la apertura al debate y exigen diálogo a un gobierno que en teoría está obligado a aceptarlo, pero en vez de eso reciben violencia de Estado mientras una buena parte de la sociedad civil, con ayuda de medios de comunicación que muchas veces con descaro criminalizan en lugar de informar, aplaude las acciones represoras bajo el argumento aprendido de que “ésas no son formas de protestar”. Entonces no está tan alejado el escenario que brillantemente parodió la actriz Minerva Valenzuela respecto al caso de Felipe Oliva, con este video en el que, personificando a un hombre autonombrado progresista, desmonta a partir del humor esta idea generalizada de que la protesta debe ser, ante todo, estética. “Pídanlo bonito”, dice en un tono que nos recuerda a tantos. Pídanlo bonito, repite a coro el ala preciosista de la opinión, defensora de las buenas maneras: no estorben, sean bien portados, miren, ¿qué les cuesta?, en una de ésas hasta nos agarran de buenas y hacemos como que escuchamos.

Si estableciéramos de veras el principio de que lo que hace válida a una solicitud o una postura son las formas y que en el pedir está el dar, la pregunta siguiente no sólo sería quién tiene el monopolio del dar, sino por qué. Por qué lo tiene y por qué lo condiciona a ciertas estructuras arbitrarias que le parecen meritorias, si al final la acción podría realizarse aun sin que se cumpliera ningún requisito previo. De ahí vendrían otras preguntas, en cascada: ¿Quién tiene el derecho de juzgar cuál es la mejor manera de denunciar de una persona que ha sido objeto de cualquier tipo de injusticia o vejación? ¿Cuándo los servidores pú-bli-cos se tomaron la atribución de ser selectivos en las demandas que escuchan e ignorar otras que les parecen mal planteadas o irrelevantes, aunque sea su obligación dejar de lado sus prejuicios? ¿No es un sistema aplastante, elitista y excluyente aquel en el que se establece un estándar lingüístico y performático que discrimina a todos aquellos que no tienen acceso a los elementos necesarios para cumplirlos? Preguntas, preguntas, más preguntas.

Al final todo lo que queremos disfrazar de rigor es veleidoso y se reduce a simpatías y antipatías. Y aunque simpatizar y antipatizar son derechos elementales que nos ha dado la sociedad de consumo, no está de más preguntarnos qué reglas del juego estamos legitimando cuando expresamos como dura ideología que sólo el cumplimiento de ciertas formas validará una opinión, una petición, un lugar en el mundo. Cada vez las estructuras sistémicas perfeccionan sus métodos para ahogar las expresiones emotivas, las diferencias, las protestas y las convicciones, porque todo debe responder a un modelo de calidad inmaculado y aséptico: ni un error, ni un titubeo, ni una contradicción, ni una mancha, ¿en serio? Sólo veamos lo que dejamos fuera si nos encerramos en la filosofía de “todo depende de cómo lo pidas”; y si ya de plano hemos de seguirla, que no sea disfrazándola de ecuanimidad ni de deber ser. Quizá no podamos evitar que haya mezquindad en el mundo, pero al menos podemos contribuir a reducir el índice de mojigatería hipócrita.

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  • Marco

    Esto es perfecto. Es el resumen de lo horrible que es acercarse a una «autoridad», de tener que copiar su lenguaje legislativo, burocrático y barroco, para que lo atiendan. «El que suscribe, aprecia esta columna y se suma».

    • Alejandra Eme Vázquez

      Pase a la ventanilla número #mehicisteeldíacontucomentario, con gracias original y dos copias.

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