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Pathos ergo sum (o sobre un cuerpo en pena en un lunes cualquiera)

Por Nerea Barón:

Es difícil diferenciar entre la caída de las torres

y la imagen de las torres al caer.

Ben Lerner

 En la caída interminable de las cosas, en la avalancha de nieve que se precipita en un lugar recóndito que nadie escucha y nadie ve y que por tanto no existe (aunque sepulte a un venado incauto y tres abedules viejos [y aunque no haya abedules en climas fríos, lo que sólo comprueba su inexistencia]); en la lenta degradación de las flores del florero de mi casa que me trajo mi padre un día que puse manteles y serví animalito muerto con tortillas y guacamole; en el paso de la tarde y de la vida, a mis casi treinta, penetrando con inclemencia el otoño aunque me reseque los labios, penetrando y siendo penetrada por la edad y las tendencias y los hombres y la caída del peso y los etcéteras; ahí, hace un momento, me di cuenta de que existía.

Pero no nos adelantemos. Pathos ergo sum. Antes de notar que existía, ahí por las tres de la tarde, mientras lavaba los platos y pensaba en el posfordismo y en la gente que se baña dos veces al día, supe de pronto de mi frío, luego de mi suéter, luego de la manta en mis piernas, luego de la falta de manta en mis piernas porque tenía que atender un paciente y guardar las formas y poner los manteles si viniera al caso, pero no vino al caso afortunadamente y sólo tuve que esperar una hora para volver a sacar la manta y ponerme también bufanda y acariciar al gato hasta que le gruñó el perro, celoso, porque guerra hay en todas partes.

Ya por ahí de las siete de la noche, intuí mi fiebre y sentí mi espalda hecha un nudo como un huracán de cuerdas y dije «oh-oh, creo que existo». Pensé entonces que era muy ingrata con el chocolate caliente que me había preparado horas antes (le había puesto canela y cardamomo), con mi día tan día y toda la gente que me había ronroneado como suele ronronear la gente con sus emojis y sus saludos y sus preguntas y sus problemas. Pensé que era ingrata porque en todo ese tiempo había existido también y no lo había notado. Tanto sol y tanto brindis al servicio de la insignificancia.

¡Lealtad a la monarquía absolutista del dolor! Porque el bebé se da cuenta de que la mamá existe cuando falta y no cuando provee, cuando llorando intuye por primera vez el hambre y la masa semimorfa en delantal no atiende ni se acerca con sus grandes pestañas a parpadearle y a tararearle su cansancio. Entonces del pequeño pecho del bebé surge un resentimientillo agrio que más tarde aprenderá a llamarle amor y lo hará estirar los brazos regordetes y gatear y decir mamá (y pez y dinosaurio y construcción) y a hacerse un abogado de bien y casarse con una buena chica (de preferencia con fleco), y tener dos hijos y llegar a su propio funeral a los cincuenta y cinco con una panza digna y un compadre que en la borrachera del velorio contará entre lágrimas las borracheras compartidas con el bebé, leal súbdito de la monarquía antes mencionada.

Vaya naturaleza la nuestra. Hasta comienzo a sentir una dulce nostalgia por estar enferma y ser tan cuerpo, pues con el brío renovado por el sudor frío que recorre mi espalda participo del intrincado de la existencia con una lucidez de cable pelado, como la niña que, sentada en el piso de su departamento, sabe que su madre no volverá esa noche y se pone a jugar con un balero para espantar el hambre.

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