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¿Para qué escribo?

Por Nerea Barón:

Disculparán de antemano el tono confesional de esta columna, pero la fatiga me ha dejado sin maquillaje, sin truco y sin sombrero. Camino de prisa y con ojeras, escucho todo a medias, tomo siestas de tres segundos entre parpadeo y parpadeo, me estreso, pido prórrogas para mis entregas y vuelvo a empezar; dejo en visto a mis amigos, cancelo a la mera hora, como un plátano y una rebanada de pan entre pacientes y cuando no me da tiempo me alimentó de té. Vivo pidiendo perdón.

Entonces llega el martes, día de mi columna, y me levanto temprano para escribirla. Sé que podría no hacerlo. Sé que podría simplemente disculparme y meterme a mi cama un rato más, falta que me hace. Pero por algún motivo me parece inconcebible hacer eso. Mientras me bañaba reflexionaba en el porqué. ¿Para quién escribo? ¿A quién le fallo si dejo de hacerlo?

En una escala cósmica, que escriba o no escriba no hace diferencia alguna. Y ni siquiera tengo que irme tan lejos: en una escala nacional o local tampoco. No obstante, bajo esa lógica no sé qué oficio podría dejarme bien parada y, siendo así, encuentro necesario preservar ese narcisismo frágil que me lleva a creer que alguien extrañará mis palabras si no las libero en la red. (Hello, is there anybody out there?)

Cuando inicié mi columna, hace un año más o menos, recuerdo haber enaltecido la disciplina que me exigía. Ya no podía confiarme cada vez y esperar a ser ola o tormenta; tenía que ser una clepsidra puntual, incesante, y ordenarme por dentro para escribir cada martes, tuviera el impulso o no de hacerlo. Ahora, cada vez que me veo tentada a interrumpir la racha, intento evocar esa embriagante seguridad: tal vez no estoy avanzando en círculos, tal vez estoy aprendiendo algo, si no por la letra, cuando menos por la melodía que sostengo con mi constancia.

O quizá no. Quizá pronto me toque aprender a callarme y a aceptar que todo es un simulacro de sentido y que detrás de las labores cotidianas no hay más que insignificancia. Entender que uno, desde su trinchera acolchonada de clasemediero autocomplaciente, no deja huella alguna sobre el mundo; que tener una columna no te hace un autor, que leer a Murakami no te hace culto y que un fin de semana reforestando no es suficiente si no estás dispuesto a vender tu coche, crear tu huerto y dejar de comprar en WallMart.

En esta fatiga crónica que describo, he estado pensando mucho en el trabajo. Hasta hace poco para mí era claro que trabajar era compartirme con el mundo y afirmaba que el trabajo y las vacaciones eran sólo dos facetas de la vida, las dos igualmente necesarias y ninguna superior a otra. Ahora fantaseo constantemente con una hamaca en medio de la selva, con levantarme tarde y no revisar correos y pienso que el capitalismo ya me tomó por los pies: estoy alienada. ¿Cómo seguir produciendo con buen ánimo cuando ya no te identificas con tu propia propia producción?

Afortunadamente sé que aquí no acaba la conversación. Es otra cosa que me ha dado esta columna: saber que a veces toca caminar a ciegas, equivocarse, reformularlo todo. Tal vez genuinamente sólo me hace falta descansar y más tarde me regrese el aliento y vuelva a hablar de apropiaciones genuinas del trabajo o simplemente me reconcilie con la insignificancia y comprenda que los microgestos en microescalas también le dan cuerda al mundo a su manera.

Se me viene a la mente eso que dice Joan Walsh Anglund: un pájaro no canta porque tenga una respuesta, canta porque tiene una canción. Quizá estar vivo sea eso: asumir tu propio canto y dejar de censurarlo por miedo, política, aspiración o vanidad.

Ilustración de Regina Pessoa, del corto Historia trágica con final feliz

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