Por Bvlxp:

Mi papá ya no alcanzó a ver la luz del domingo 10 de febrero, un día de calor, descontaminado como a veces son los domingos en una ciudad que ya casi no conoce la claridad. En plena noche se fue a un sitio más allá del amor, a un lugar donde ya nada ni nadie puede herirlo. Siempre he creído que el domingo es un buen día para morir, un día ideal para que tu corazón se canse de ayudar a tus pulmones a respirar, para rendirse, para dejarse ir. ¿Qué hay mejor que hacer en domingo, ese día de la tristeza, de la modorra, de la cruda, del desamor?

Visité a mi papá unas horas antes de morir. El sábado había entrado en una espiral de malestar de la que ya no quiso salir. En cuanto entré a su recámara vi que su cara ya había sido tomada por la máscara de la muerte. En un segundo comprendí que no estaba lejos su final. Los que hemos visto la muerte de cerca sabemos que siempre tiene una misma manera de hacerse notar, de avisar que ha venido a cobrar las deudas, que se acerca el momento de rendirle cuentas: la cara se afila, la mandíbula se pronuncia, la piel se adelgaza y se decolora, los ojos se cierran y se marchitan, el aire se hace dulzón y espeso. Cuando me despedí de él con un beso en la frente, algo dentro de mí supo sin terminar de aceptar que sería la última vez que estaría cerca de su piel, de su calor; que el sudor que me quedó en los labios era su producto de su último esfuerzo vital. Me despedí como debe despedirse uno siempre: diciendo te quiero.

Lo más que provoca la muerte son preguntas. ¿Quién era mi padre? ¿Quién fui yo para él? ¿Cuál es el sentido profundo de estar vivos? Cada hombre está sujeto a miles de interpretaciones. No hay una versión igual de nadie porque nos definimos a partir de las miradas y los corazones ajenos. Yo podría decir tal cosa de mi padre, pero mi hermano que no habló con él en veinte años seguramente tendrá en mente a un hombre distinto. Mi papá no dejó ninguna obra, ningún bien, casi ningún dinero. Fue un ciudadano más del mundo que pasó sin pena ni gloria pero para mí es el marco de referencia de mi universo. Ni más ni menos. Sólo en la muerte podemos encontrar el sentido profundo de la vida porque mientras estamos vivos casi todos nos resistimos a sabernos irrelevantes. ¿Cuál es entonces nuestro sentido de existir? ¿Cómo podemos medir de manera justa a alguien? Nadie extrañará a mi padre una vez que los que lo quisimos hayamos muerto. La memoria no perdura cuando se trata de nosotros los comunes; quizá nuestro verdadero legado será haber contribuido anónimamente a la historia universal del amor.

La muerte y sus funerales son, más que otra cosa, rituales amorosos que juntan afectos y desnudan el sentido de la amistad. Hablan de quién quiso al muerto en vida, pero también de a quién le importa verdaderamente que tu corazón esté sufriendo. En los funerales se descubre la reciedumbre de carácter de los que, mecidos por la empatía y el cariño, son capaces de aguantar largas horas de tedio, de los que tienen esa dulce manera de acompañar en silencio y también con risas, o simplemente pasando el tiempo. En estas ocasiones de mierda uno aprende que a nadie puede exigírsele que tenga nuestro mismo corazón ni nuestra misma disposición; que la muerte lo mismo junta que separa porque no en todos anida igual; que el amor nunca es enteramente simétrico; que cuando se quiere, se puede; y, en general, que la gente es muy rara.

Al final de estos días de ritual macabro me quedan muchas preguntas y una tristeza que es de muchos modos, una tristeza que también es gozo y felicidad y homenaje y alivio y memoria y tranquilidad y paz con quien ha cumplido un ciclo doloroso y vital, un ciclo de una vida entera que no fue enteramente feliz pero que se mantuvo a flote, a salvo de la miseria material y espiritual a las que todos estamos expuestos al menor mal giro de la más insignificante tuerca.

¿Qué te habrás encontrado, papi, del otro lado del misterio?