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Pánicos marcianos

Por Alejandra Eme Vázquez 

We know now that in the early years of the 20th century, this world was being watched closely by intelligences greater than man’s and yet as mortal as his own.

Ahora sabemos que desde los años tempranos del siglo veinte nos las ingeniamos para sobrerreaccionar en masa a la menor provocación. Ahora sabemos que el deporte favorito de media humanidad es hacer caso omiso a las explicaciones iniciales. Ahora sabemos que desconfiar, poner en duda y cuestionar son actividades que se nos dan muy bien en corto (y eso, a veces) pero que ante ciertos escenarios en apariencia abrumadores, hasta el más pintado puede perder la capacidad de análisis lógico. Ahora sabemos que ese jovencito de 23 años que el 30 de octubre de 1938 aterrorizó a las masas con su adaptación radiofónica de La guerra de los mundos estaba destinado a cimbrar mucho más que las mentes de sus escuchas. Y ahora sabemos, también, todo lo que tuvo que desencadenarse para llegar a estas conclusiones.

Sí lo dijeron, ahí estaba, como siempre, cómo no: “La Columbia Broadcasting System y sus estaciones asociadas presentan a Orson Welles y al Mercury Theatre en La guerra de los mundos, de H. G. Wells”. Como otras veces habían dicho Drácula o El conde de Montecristo, como otras veces comenzaba el programa de radio del que todavía no era pero sería el creador del Ciudadano Kane y por tanto, de una buena parte del cine moderno. Sí lo dijeron, pero no lo volvieron a recordar sino hasta casi el final del programa, cuando ya se había desatado el terror colectivo por el inexistente ataque de los marcianos. Lo dijeron, y lo dijeron clarito: era una ficción, una apropiación libre, una gran broma, y era tan descaradamente una ficción y una apropiación libre y una broma, que pasó lo que pasa siempre en esos casos. Ah, se la creyeron.

Además de la cuidada producción y la finísima adaptación de Welles y Howard Koch, hubo aciertos más bien fortuitos que hicieron de este programa un evento especialmente memorable. Primero, que la gran mayoría de los radioescuchas no sintonizó la radio desde el inicio porque estaba escuchando otra emisión más popular, la de Edgar Bergen con su Show de Charlie McCarthy; esta primera pieza del dominó facilitó establecer convención con el juego narrativo del programa de Welles, que consistía en comenzar normalmente una transmisión normal, dar paso a la orquesta de Ramón Raquello y de pronto “interrumpir” para insertar una segunda ficción en la que se simulaba un reporte de última hora sobre el ataque de seres de otro mundo; y entonces, dada la extrañeza del rompecabezas de entrevistas, testimonios, reportes y partes policiales ficticios, se logró activar una increíble paranoia colectiva que completó los cabos sueltos e ignoró absolutamente todos los indicios que recordaban, reiteraban y gritaban a carcajada abierta que aquello era efe-i-ce-ce-i-o-acento-ene.

“Es increíble”, “parece imposible”, “esto parece sacado de los cuentos de Las mil y una noches”, repetían los actores radiofónicos que personificaban a locutores, entrevistadores, científicos y testigos de la supuesta invasión marciana que H. G. Wells hizo ocurrir en Londres pero que para efectos de la adaptación tenía lugar en Nueva Jersey y de ahí, en el mundo entero. Por supuesto que era imposible: ni siquiera hoy puede pensarse en tener acceso tan inmediato, directo y certero al corazón de un ataque marciano, con enlaces casi simultáneos y entrevistas con expertos que lo saben todo, todo. Las supuestas conversaciones con testigos están llenas de ironía, los silencios de cuando “se corta” la transmisión porque el locutor “ha sido atacado” están tan ensayados que provocan sonreír, es decir, se nota a leguas que los participantes están disfrutando armar esta farsa para lo que ellos creían que era el placer del público. Pero oh, sorpresa, quién sabe qué pensaron al enterarse al día siguiente, en pleno Halloween, de que habían detonado una alerta roja que a su vez provocó uno que otro desperfecto material y sobre todo, humano. Se habla de heridos, trifulcas, robos, intentos de suicidio y hasta abortos. Ups.

Una semana después, la CBS intentó tapar el sol con un dedo porque aunque no tenía ninguna implicación legal real, sí salió mal parada moralmente con el asunto. Se hicieron entonces entrevistas a las “víctimas” en una improvisada investigación y se logró reconstruir a medias lo que había ocurrido, aunque el asunto siempre será en parte inexplicable porque implica que mucha gente perdió el juicio por mucho tiempo y nadie se detuvo para decir: estamos haciendo el ridículo. La justificación general de los radioescuchas que se fueron con la finta iba desde: “Confiamos en la radio. En una crisis debe llegar a todo el mundo. Ésa es su misión”, hasta: “El locutor no dijo que no fuera verdad. Cuando se trata de una representación, siempre tiene buen cuidado de decirlo”. La resaca moral debió haber sido fortísima, sobre todo para los crédulos, y es una de esas cosas que dan pena propia y ajena una vez concluidas, pero igual hubo demandas contra la cadena y sí se enfrentaron juicios que evidentemente no fructiferaron. En fin. Lo importante es que tuvimos a Orson Welles.

Bien dicen que la realidad supera, quizá porque opera, a la ficción. Y es cierto que todos los días tenemos terrores que presumir, que no hace falta esperar a que llegue el último día de octubre ni los primeros de noviembre para buscar algo que nos dé miedo porque todos los días convivimos con él en forma de riesgo, de historia, de incertidumbre y de posibilidad; pero quizá también por eso somos tan vulnerables ante las ficciones que despiertan referentes irracionales y pueden llegar a hacer que nos desconozcamos. Ni siquiera estoy segura de que si hoy nos enfrentáramos a un performance como el que ideó Orson Welles en la CBS podríamos diferenciar de inmediato el tono ficticio: somos un manojo de nervios y perdemos el nudo a cada rato, con la información fragmentada que recibimos y las historias magnificadas que nos contamos. Aunque me parece fascinante el catfish radiofónico de Welles y es una de esas obsesiones temáticas a las que vuelvo y revuelvo, la verdad es que cada vez me es más difícil decidir si aquel Halloween de 1938 es el más perfecto que pudo haber jamás o si eso que llamamos ficción es en realidad la madre de todos los brotes psicóticos. Vaya usted a saber.

Fuente:

Cantril, Hadley y Welles, Orson. (2005). El guión radiofónico de “La invasión desde Marte” sobre la novela ”La guerra de los mundos” de H. G. Wells. Madrid: Abada Editores.

 

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