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Ortodo(n)xia

Por Alejandra Eme Vázquez:

Es por todas y todos sabido que existe un mecanismo normativo, cuya obligatoriedad es tan absurda como innegable, que nos estandariza desde entrada la adolescencia, que nos tortura y desalienta cualquier ánimo de rebeldía, que nos obliga a entrar a un redil del que no hay escapatoria, que nos siembra ideas sobre cómo debemos vernos y qué papel nos toca jugar en la vida, que nos coarta las libertades más preciadas, que nos reprime, que nos insulta, que nos afea, que nos duele, que nos censura la sonrisa, que nos priva de placeres y que nos robotiza dada la cantidad de metal y de silenciamiento que implica. Ese mecanismo normativo lleva por nombre Ortodoncia.

Mi primer ortodoncista era un señor cuarentón que daba consulta en un edificio del fraccionamiento Las Américas, en Aguascalientes. Desde que el elevador iba subiendo al piso tres se percibían olores que luego me parecieron idénticos a los del té chai, pero en maligno: olor a clavo, a anestesia, a frío, a tortura. Enseguida nos recibía una recepcionista lo suficientemente amable como para contener mi deseo de salir huyendo pero lo suficientemente glacial como para arrebatarme de tajo cualquier indicio de empatía antes, durante y después, mucho después de la consulta. El cuarentón me quitó los dientes necesarios para arreglarse con mi imperfecta mandibulita y luego me colocó los enormes brackets como dicta la tradición para uno punto cinco de cada tres adolescentes. Dolía mucho y se sentía como tener un tráiler por boca, pero era por mi bien. Hasta que un buen día mi mamá, mi hermana y yo llegamos al piso tres y el consultorio estaba siendo desocupado. Después de un tiempo nos enteramos: el señor ortodoncista había recibido una millonaria herencia y se había retirado intempestivamente del mundo del clavo de olor. Parte de su buena fortuna fue que nunca se nos ocurrió denunciarlo.

Someterse a la ortodoncia es entrar en un sistema en el que es normal que los labios sangren al contacto con la herrería que te instalaron entre hueso y encía, y en el que ya no puedes comer muéganos porque es imposible morderlos (en vez de la razón natural, que es que a nadie le gustan los muéganos), ¿y para qué? Para tener los dientes derechitos como soldaditos bien entrenaditos, mira, date de santos que no naciste en Inglaterra en donde todos tienen los dientes hechos un desastre y con todo y su primer mundo tienen que pasar por peores tratamientos que nada más desenchuecar un poquito el interior de modo que cada parte del cuerpo sepa desde el principio por dónde tiene que irse para considerarse normal. Porque lo cierto es que si bien hay un tema de ensamblaje que la justifica en parte, lo que promete la ortodoncia es primordialmente mejorar la apariencia, la simetría y la sonrisa. Porque lo cierto es que la belleza cuesta.

Yo me quedé unos años sin ir a consultorios olorosos y era feliz, pero quiso la maldita suerte guiarnos hacia María Luisa y Lorena, que atendían en el centro también de Aguascalientes. Eran ambas muy finas personas y me retiraron los brackets anteriores entre suspiros de reprobación por todo lo malo que había hecho el cuarentón nuevo rico, como dicta la regla de despreciar el trabajo del colega previo en cualquier oficio. Ellas reiniciaron la ortodoncia, pero esta vez sin hostilidades innecesarias: siempre sonreían, su consultorio era luminoso e hicieron todo lo posible para que me encariñara yo con la sección de metales que habitaba en mi boca poniéndome liguitas de colores, dándome dulces al final y esas cosas que hacen los torturadores para disfrazar su naturaleza. Pero destino es destino: en una ocasión dejamos pasar la cita bimensual y al regresar después de unas semanas, nos encontramos con que el dúo dinámico se había deshecho, nunca supimos bien por qué. Lorena se había quedado en el consultorio del centro y María Luisa se había mudado en solitario al norte de la ciudad, hasta donde la seguimos tiempo después. Ella respondió al voto de confianza ofreciendo ponerme unos discretos y carísimos brackets transparentes que yo acepté enseguida, porque me daba un poco de pena seguir usando cosas plateadas en los dientes. Desde el cuarentón, habían pasado nueve años: ya iba a comenzar la universidad y el triunfo estético del nuevo tratamiento se notó cuando una compañera se me acercó y me dijo, como a eso del segundo semestre de la licenciatura, que si a poco usaba brackets, que no se notaban.

María Luisa dio por terminado el tratamiento cuando yo tenía veinticuatro, ya en mi plena emancipación, entre sonrisas satisfechas. Todo bien, excepto porque unos cinco años después me di cuenta de que mis dos dientes frontales superiores estaban doliendo como si se me metiera el demonio cada vez que comía o bebía algo. El dentista del fraccionamiento Cuarto Centenario me dijo que mi querida ortodoncista había retirado mal el tratamiento y había dejado un poco de pegamento en la parte de los dientes que colindaba con la encía, de modo que el pegamento había corroído el hueso y había hecho un agujero que provocaba que todo estímulo externo llegara al nervio y eso iba a doler cada vez más. La única solución era ponerme fundas color diente y entonces volví al horroroso sillón para sesiones interminables de olor a clavo y taladros, volví a no poder comer ni hablar por varios días y alguna vez de plano sí me quedé chillando en lugar de dormirme, porque no podía cerrar la boca y me era imposible acostarme. Y todo porque la ortodoncia no se salva de ser una historia de deseo, rencor y venganza. Un melodramón.

Creo que cada vez que uno sale del dentista, jura que no volverá aunque eso signifique quitarse los dientes a puño limpio o con una cuerdita atada a un vagón de tren. Pero también sabemos que no nos vamos a poder librar de ellos ni siquiera cuando nos quedemos en las puras encías desnudas: no sólo es que no tenemos suficiente educación para mantener la mínima salud bucal, sino que toda la vida perseguimos el ideal de la dentadura blanquita y parejita en una sonrisa “espectacular”. Podríamos aventurar que no pasaría absolutamente nada malo si dejáramos a los dientes crecer libres para donde mejor les parezca, pero en el fondo existe una férrea creencia de que eso no puede ser y es justamente esa creencia casi sanguínea la que explica que a cada paso haya un consultorio donde los cuarentones malvados y las hadas madrinas prometen la utopía: una hilera de perlas perfectas a cambio de unos años de prisión. Si bien nos va.

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