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Opinar o no opinar

Por Nerea Barón:

Me basta con saber que la certeza

es un perecedero trasunto de la fe,

me basta con saberlo y con la perentoria

convicción de la duda,

para aspirar a ser retribuido

de tantos deficientes barruntos

de verdades.

No me hace falta más

para creer al menos que no miento.

Caballero Bonald, Prestigio de la duda.

Me aturden las opiniones. Cada vez me siento más distante de las redes sociales porque todos parecen tener una opinión y la necesidad de exponerla, de defenderla, de refutar con ella a las otras opiniones —y escribir columnas como ésta y bloquear a los enemigos y exhibir a los torpes cuya opinión atropella desde un ángulo de la cámara o desde todos, quizá, no lo sabemos.

Me aturden las opiniones porque tienen prisa. Apenas sale una noticia nueva y ya hay que tener una opinión. Y debe de ser además universal (doxa disfrazada de logos) y debemos defenderla por el mayor tiempo posible para garantizar que no nos estamos dejando influenciar, que no somos unos tibios o unos imbéciles.

Entiendo por qué, entiendo desde dónde. Las opiniones dan la ilusión de ordenar, de combatir el mundo. El opinólogo sabe siempre dónde está parado y qué debería de ser cambiado. El opinólogo siempre tiene la razón y ese es un incentivo muy embriagante. Pero el mundo sigue estando muy desordenado. Será que yo peco de un exceso de consideración, pero pocas veces tengo la certeza de que la opinión opuesta a la mía es desdeñable del todo.

Me aturden las opiniones pero a veces, lo confieso, llego a envidiar a los opinólogos, a sus pasos firmes sobre su tierra firme. A mí también me engolosinan las palabras pero su polaridad me hace estrellarme continuamente contra los muros; me pierdo en los matices, en los excesos, en las contradicciones, y cuando menos veo quedo sepultada por mi propia avalancha. Entonces tengo que desdecirme, me siento inadecuada y me invaden las náuseas.

El otro día leía una traducción de la Carta revolucionaria #8 de Diane de Prima: No hay un único camino, se requerirá que todos/empujen esto de todos lados/para echarlo abajo. Me dio algún tipo de consuelo: quizá todo este ruido no es en vano, quizá se trata precisamente de hacer ruido con la propia cacerola, sin importar cómo suene —pensando en el feminismo, por ejemplo—. Quizá el reino de los cielos, después de todo, sí está hecho de opinólogos, que se atreven a tomar una trinchera como suya y gritar consignas antes de considerarlo todo. No hay tiempo para considerarlo todo.

Sin embargo, quizá también habemos quienes estamos destinados a tener boca de nudo, a ser tierra más que papalote, conservadores al fin y al cabo, y decir esperen y escuchar a la contraparte mientras nos insulta, a las dos de la mañana, y tomar nota.

Viene a mi mente aquel poema de Mario Montalbetti: Nadie dice todo. Nadie dice nada./Lo deseable es decir poquísimo./Callar no es más radical. Conservadores o no, algún día habremos de pronunciarnos y pagar el precio de ese error, pues a veces también en el error germinan las flores.

 

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