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Olvidar es preciso

 

Por @Alejandraemeuve.

 

“Dar a conocer las faltas anteriores de una persona desconociendo cuáles son sus sentimientos en el presente es injustificable”.
Jane Austen, Orgullo y prejuicio

 

Fue por Facebook que me enteré de la muerte de Vanessa. Ella estaba por cumplir quince años y había sido mi alumna en primero y segundo de secundaria, cuando yo vivía en Aguascalientes, y cuando volví al DF seguimos en contacto afectuoso por redes sociales. El día de su muerte, yo entré a mi cuenta rutinariamente y de pronto, con fragmentos de discurso que no alcanzaba a comprender, fui armando casi en tiempo real la historia de un trágico accidente que terminó siendo fatal.

Nadie vio mal entonces que quienes la queríamos sintiéramos el impulso de compartir el dolor escribiendo sentidos estados de Facebook y recibiéramos por ese medio el apoyo de nuestros contactos; que creáramos la colectividad doliente en expresiones públicas que recibían “likes” como palmadas en el hombro y que cada quien se esmerara en aportar la visión que se le había quedado de ella. Después de todo, ésas son las reacciones que hemos llamado naturales ante cualquier pérdida, sólo que adaptadas a las plataformas de una red social.

A principios de este mes, julio de 2014, Vanessa celebraría su cumpleaños número diecisiete, pero para ninguno de quienes la conocimos era un secreto que el tiempo se le detuvo dos años y dos meses antes, en vísperas de su fiesta de quince años. Por eso me removió tantas cosas ver felicitaciones publicadas, dirigidas a su ausencia, con un discurso de nostalgia y dolor vivos que no logro asimilar aún. Sin duda, saber que su cuenta sigue abierta la hace presencia de un modo extraño, y sus más cercanos sienten la responsabilidad de seguir honrando una memoria que cuesta mucho redimensionar.

Porque es impresionante la forma en que ha cambiado toda idea sobre lo público y lo privado a partir no sólo de que Internet es mucho más accesible, sino desde que cualquier usuario puede desplegar su identidad con herramientas sociales en las que cada quien tiene un espacio a la medida, o eso parece, en esa otra forma de comprender el mundo que es la virtualidad. Las cifras de uso de la red son abrumadoras, y más si imaginamos que lo que cada uno de estos usuarios genera con su navegación queda registrado tan fielmente, que sobrepasa cualquier capacidad humana.

Pongamos entonces sobre la mesa el “derecho al olvido”, que en principio supone la garantía de que todo dato personal que haya caducado pueda ser eliminado del historial de alguien: desde deudas hasta antecedentes penales, este derecho da la posibilidad de vaciar ciertos archivos que se consideran superados y que podrían ser obstáculos en el presente. Llevado a Internet, se trata de poder eliminar cuentas de gente que ha fallecido (lo que en principio no era posible), pero también de no anclar nuestras búsquedas ni los resultados que se arrojan cuando se teclea un nombre propio o el de una empresa, por ejemplo. De dejar que se borren rastros innecesarios o pesarosos; de soltar, en resumidas cuentas.

El derecho al olvido es una metáfora tan poderosa, que no puedo evitar imaginarla aplicada en las situaciones más íntimas y evidentemente también trae consigo la eterna pregunta: ¿hasta dónde es válido?, o bien, ¿hasta dónde es “humano”? El problema con Internet es que el recuerdo almacenado maquinalmente se endurece, convertido en palabra e imagen exacta, y eso da pie a que el juicio se endurezca también porque parece que partimos de hechos consumados. Paradójicamente, nuestra actividad personalísima en Internet, que puede responder a un momento o emoción pasajeros, genera datos duros que se salen de nuestras manos y permiten a cualquiera formarse un juicio y hasta tomar alguna acción al respecto.

Vanessa es uno de tantos casos en que el usuario no tiene ya manera de decidir sobre su privacidad, y nuestras decisiones sobre cómo tratar a sus cuentas sociales son perturbadoras por donde se le vea: ya no se sabe si bloquearla, continuar mirándola o publicarle; pero por otro lado, para los vivos, el “historial” que trazamos y que sale de nuestro control puede convertirse en un lastre… En cualquiera de estos casos, los que pugnan por el derecho al olvido tienen puntos que a primera vista parecen incuestionables.

La memoria nunca es exacta porque elige sólo fragmentos de una realidad que cuando sucede, tiene ángulos infinitos. Esto aplica para la memoria humana, pero también para la memoria virtual: nada que aísle un suceso de su contexto puede tomarse como verdad absoluta. Es necesario olvidar, sí, y ayudar a olvidar; hasta dónde, en qué casos y bajo qué criterios son asuntos que habrá que discutir, pero al menos a mí me alivia que hacia allá vayamos, con todo lo que implica.

“Navegar es preciso; vivir no es preciso”, dice una vieja frase romana que luego Fernando Pessoa rescataría en uno de sus poemas y otros tantos han convertido en filosofía de vida. Y evidentemente, con el uso de Internet la sentencia podría actualizarse: los navegantes romanos trabajaban al servicio del Imperio y se enorgullecían de que el riesgo corrido al adentrarse en el mar les hacía dignos de servir a un fin mayor; pero nosotros navegamos para nosotros mismos y lo justo sería que para poder manejar la información que genera nuestro yo público en esa red que parece obstinada en atraparnos, sí sea preciso estar vivos. Vivos y deseosos. Vivos y conformes.

En México, desde 2011 quedó establecido que con excepción de información sobre contratos vigentes y procedimientos judiciales, cualquier usuario de Internet puede solicitar a los responsables de redes sociales u otros medios la eliminación de sus datos personales; respecto a qué hacer en caso de muerte, seguramente será un tema que entrará en testamentos y pláticas a futuro, sumado a la donación de órganos o la cremación: “Quiero que cuando muera elimines mi cuenta de Facebook, cierres mi Twitter, desaparezcas mi correo electrónico, dejo un sobre con mis contraseñas…”. Finalmente, es una cuestión personal: el derecho al olvido es más el derecho a ser olvidado, a dibujarse de nuevo y/o a permitir que otros suelten nuestro recuerdo para que hallen alivio. ¿Estamos listos para eso?

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