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Ojos para la música

Por Alejandra Eme Vázquez:

Sé lo que es ver todo muy borroso desde los siete años y me cuesta concebirlo como una discapacidad. O una capacidad diferente, o una habilidad especial, o un infrapoder, o como sea que lo políticamente correcto dicte que debe decirse hoy día. Pero sé que si alguna vez por alguna razón se me caen los lentes de contacto en plena calle deberé pedir ayuda al ser humano más próximo, que probablemente será un poste, y que me tratarán como a Mr. Magoo mientras que yo, en efecto, no sabré distinguir entre un perrito y un cangrejo herradura.

No puedo pensar, sin embargo, en cómo será carecer por completo de un sentido. La vista se me ha vuelto casi biónica a placer gracias a las herramientas del mundo moderno, así que nunca la he sufrido; alguna vez me he quedado sin olfato, sin gusto o hasta sin voz por un virus tan agresivo como pasajero; aunque la piel ha sufrido laceraciones accidentales que le han quitado sensibilidad, nunca me ha quedado duda de que todo volverá a la “normalidad”; y ahora mismo una infección me impide escuchar bien del oído izquierdo, pero algo en mí me dice que el zumbidito que suple mi audición regular dará lugar al rutinario bienestar, aunque deba haber un médico y un horrible tratamiento de por medio. Y aunque un lugarcito de mí se pregunte, como cada vez que me salta al paso alguna aparente carencia física: ¿y si no se me quita?

11 de julio

Con todo y mi oído a medias fui a ver Música para los ojos, una obra de teatro que se presenta en el Centro Cultural Helénico los domingos a la una de la tarde, hasta el 28 de agosto. Sabía que la compañía que la presenta es Seña y Verbo Teatro Para Sordos y que la dirige el muy talentoso Sergio Bátiz, a quien he admirado enormemente desde que lo vi por primera vez en la Improlucha; pero ni aunque me la hubieran contado toda habría tenido idea de la maravillosa experiencia que resulta atestiguarla. Porque lo hermoso del teatro es que por mucho que te cuenten, la presencia es inmune a cualquier espóiler.

Al inicio de Música para los ojos conocemos a los tres ejecutantes del concierto que estamos por presenciar: Eduardo Domínguez, Roberto de Loera y Lupe Vergara / Socorro Casillas. Podríamos no tener idea de que les falta algo, porque aunque se comunican con mímica, no es distinto a otros espectáculos de clown o teatro para niños. Llegan, se colocan uno a uno en sus atriles, no sin ciertas dificultades que provocan risas desde el inicio, y esperan pacientemente la llegada de su director de orquesta (interpretado por Sergio Bátiz), quien se dispone a comenzar el recital pero encuentra problemas para dirigirse a sus músicos. Les chifla, les habla, les grita y no le hacen caso. Después de varios intentos fallidos, el director se desespera y los ejecutantes lo notan por el movimiento incontrolado de sus manos, dando lugar a un diálogo que si fuera traducido en subtítulos de película muda sería algo como:

− ¡Escúchenme!

− Nosotros no podemos escuchar, somos sordos.

− ¡Pero eso es imposible, no podemos hacer música así!

− Claro que podemos, nosotros sabemos cómo traducir la música al lenguaje de los ojos.

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Entonces le explican, nos explican, que la música no es exclusiva del oído y que su técnica consiste en representar con imágenes el ritmo que no pueden percibir como lo percibe un oyente. Es impresionante la naturalidad con que se da la nueva convención, que resuelve cualquier dificultad previa, y así el director comprende enseguida que su papel será mediar entre el sonido de Bach, Beethoven, Mendelsohn y Vivaldi y los sorprendentes cuadros que se lograrán en escena para dibujarlos a través de cuatro entrañables historias que nos atrapan a todos, irremediablemente. Acto seguido, las partituras se convierten en un enorme libro ilustrado que se irá develando para guiarnos por lo que la imaginación ha decidido como paisaje para lo que normalmente sería “sólo” sonido de modo que lo musical es un concepto que se potencia hasta lo insospechado.

El resultado es increíble, tanto por lo bien llevado que está el concepto en el escenario como por la profundidad que se nos cuela a la médula, y sin pretensiones. Creo firmemente que las entregas del arte aportan en tanto que permiten regresar a ellas con diversas lecturas, simultáneas o secuenciales, y porque nos dicen siempre más a cada revisita. Aquí la lectura de los receptores puede quedarse a disfrutar de las imágenes preciosas que se logran en cada escena, pero también de la gran calidad de cada historia, de la generosidad inmensa en las actuaciones y la dirección, de los elementos de utilería que abonan entrañabilidad y por supuesto, del proceso de montaje que se aprecia y se adora en cada momento que transcurre en escena. Una obra que funciona en su totalidad y a la vez permite reconocer la riqueza de su armado es una obra que puede preciarse de muy bien lograda, y Música para los ojos cumple con creces este criterio.

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Bátiz ha hablado ya de su experiencia al fungir como autor y director de esta puesta en escena, desde aprender el lenguaje de señas hasta ser el vínculo con los espectadores oyentes y enseñarnos, por ejemplo, que el aplauso para estos actores debe ser distinto, porque el escándalo de las palmadas no significa nada para ellos y entonces debemos mutar ese ruido en manos moviéndose con fuerza, brazos arriba. Entonces, también, se nos mueven las estructuras porque el sistema está hecho para no considerar las diferencias (antes bien, silenciarlas en el peor sentido), así que recordar no sólo que estas diferencias existen, sino que crean por sí mismas alternativas al alcance de todos, es un elemento extra de bienestar en una obra que funciona perfectamente sin sentimentalismos ni moralejas. Y eso es para agradecerse.

Música para los ojos es un espectáculo que hay que ver, es decir, sentir. No como recordatorio de las discapacidades o capacidades distintas o lo que el lenguaje políticamente correcto dicte para cuando un elemento físico que damos por hecho se suprime, sino como un favor que hay que hacernos para desautomatizarnos, querernos, comprendernos, recordarnos que la música es un fenómeno multisensorial y validarnos las historias que nos contamos entre peces, aves, niños que sueñan con ser borreguitos o astronautas en peligro. Al final, el teatro cumple siempre con devolvernos energías para llevar a cabo esa actividad extraña y llena de sinsabores que llamamos “convivir con otras personas”: qué mejor si además de eso, también nos devuelve la conciencia asombrada sobre todo lo que tenemos, todo de lo que carecemos y las alternativas maravillosas que se gestan en esa distancia.

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