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Ohana significa mafia

Por Nerea Barón:

Para Gio

Si en la adolescencia hubiera podido divorciarme de mis padres, lo habría hecho sin duda alguna. Era algo con lo que fantaseaba frecuentemente: ¿Por qué si los novios cortan, las parejas se divorcian y los amigos se dejan de ver cuando las relaciones ya no son nutritivas, yo no podía hacer lo propio con mi vínculo más tormentoso?

Sobra decir que mi fantasioso divorcio nunca tuvo lugar y con el paso del tiempo, poco a poco, volví a encontrarle la gracia a tener dos padres que me querían, por más irritantes o encimosos que pudieran ser en ocasiones. Recuerdo un día en específico en el que la estaba pasando muy bien en una comida familiar y pensé “qué bueno que no pude divorciarme”.

Pareciera que la obligatoriedad de las relaciones familiares da lugar a algo que pocas veces experimentamos en otros espacios: la posibilidad de nuevos encuentros después de los desencuentros, la armonía postconflicto sin la muerte de ninguno de los contendientes de por medio. En la familia pocas cosas hacen tambalear la noción de que, pese a los enfados y a las diferencias, nuestras personas siguen siendo nuestras, y en tanto tal siguen siendo receptoras de nuestra lealtad, cariño y apoyo.

Me ha tomado tiempo entender que hay amistades e incluso exnovios que, en esos mismos términos, son familia; es decir, que el último peldaño del reconocimiento es precisamente poder construir vínculos de confianza que rebasen los binomios agrado-desagrado, acuerdo-desacuerdo, cercanía-lejanía.

Una amiga muy querida me hablaba este fin de semana de cómo le cuesto mucho trabajo (traducción: le caigo mal seguido), pero a la conclusión a la que llegaba no era a la del distanciamiento sino, por el contrario, a la del trabajo conjunto, pues si chocábamos era porque nos espejeábamos, porque había partes de nosotras que todavía teníamos que sanar. Para ese grupo, compartir camino y manada es razón suficiente para abrirle las puertas al otro, independientemente de tu opinión sobre éste, pues ni la compartición ni la cooperación tienen que ver con simpatías.

Comprendo que esta concepción de las relaciones debe tener sus límites, pues si no corre el riesgo de volverse un mero pretexto para seguir fomentando relaciones patológicas a las que es mejor ponerles un fin. No obstante, en última instancia no se trata de inmovilizar las relaciones y mantener cerca a quien necesitas lejos, sino que, cerca o lejos, trascendamos los vínculos utilitaristas y comprendamos que el otro no está para agradarnos y que, en consecuencia, su dignidad se mantiene intacta aunque no resonemos con sus decisiones o sus heridas, aunque nos haya fallado y lo hayamos borrado de nuestra lista de contactos.

Si toda relación compartiera esta cosmovisión los conflictos no nos darían tanto miedo, la negociación en los divorcios con hijos sería menos tormentosa, los videos sexuales distribuidos por venganza no existirían, las nuevas parejas podrían entablar una amistad con las viejas parejas y podrías saber que en caso de emergencia puedes tocar a la casa de tu ex y no vas a recibir una cachetada.

Finalmente todos estamos rotos, todos estamos comprendiendo y, nos guste o no, somos nuestra línea del tiempo y hemos crecido gracias a todas esas personas con las que nos hemos topado en nuestro camino.

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