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Ofrenda

Por Alejandra Eme Vázquez:

Quién sabe cuánto tiempo en silencio sufrió Antonio, mi abuelo, el cáncer que terminó por consumir su vida, pero la primera vez que lo vi quejarse del asunto fue cuando ya no pudo comer. No sólo tenía tumores que le impedían ingerir más que pequeñas cantidades de lo que antes acostumbraba disfrutar con singular apetito, sino que la comida ya no le sabía. «Yo les digo a los doctores que me curen eso, que no es posible que no pueda comer», repetía amargamente, y ésa fue la primera señal clara de que el mundo y él comenzaban su despedida.

Nos han enseñado que vivir es disfrutar y el disfrute está en la sublimación de los sentidos. Sus majestades Vista, Olfato, Oído, Tacto y Gusto tienen la capacidad de ir mucho más allá del mero instinto de supervivencia y desarrollar cánones, categorizar, decidir: educarse. Así es como podemos hacer que todo se detenga unos segundos para concentrarse en una imagen, un aroma, un sonido, un roce, un sabor. Por eso imagino que en los últimos momentos de vida, a lo que cuerpo y mente se resisten es a renunciar al disfrute y a sus inagotables posibilidades.

Estadísticamente, la principal causa de muerte es vivir. Una vez dados a luz, todo lo que nos permite seguir en el mundo nos destruye simultáneamente: respirar, mirar, crecer, comer, sentir. Todo es invasión, deterioro, conquista de lo finito. Así que la muerte no sólo es el despojo último de lo que aprendemos a validar como nuestro, sino que es crónicamente anunciada y en este sentido, es lógico que a ella dediquemos buena parte de nuestra capacidad pensante: toda tecnología, toda idea nueva, todo descubrimiento está dialogando con ella, negociando con ella y sobre todo, reconciliándola con la idea de una vida hecha para honrarla y hasta abrazarla. ¿Qué es el disfrute sino el triunfo de que por un instante suspendido, Vida y Muerte se subordinen por completo a mí, humano-que-siente?

Lo maravilloso de la idea de muerte que se observa en los altares, en las calaveritas y en la propensión al disfraz de estos preciosos días con que nos recibe noviembre es que en lugar de clausurarnos, se concibe como una continuación de lo que somos: en el imaginario del Día de Muertos, todos llegaremos a ser esqueletos sonrientes (porque, paren las prensas: bajo la piel siempre sonreímos) que conservarán personalidades y gustos, como si nada hubiera pasado; excepto que ya no tendremos miedo de la muerte, porque ya estaremos en ella. Qué alivio más grande, y qué libertad. El disfrute no peligra en absoluto cuando la muerte significa delicia, color, música, aroma a copal y tacto a flores aterciopeladas: cómo podríamos temerle, si se siente como todas las cosas que en vida disfrutamos.

«Nada más para ver a qué sabe», respondía mi abuelo cuando le ofrecíamos de lo que estábamos comiendo o lo que habíamos cocinado, aunque terminara sirviéndose una segunda o tercera ronda. Era atento a los ingredientes y a los procedimientos, y sabía apreciar un platillo preparado con cuidado; odiaba, en cambio, lo hecho sin gusto, sin idea o sin intención. Sonreía a los sazones y alrededor de ellos construía una forma de relacionarse con el mundo, porque la mesa era espacio de diálogo y de descubrimiento. Con él aprendí que detenerse a disfrutar lo que nuestros sentidos perciben es la mejor forma de pactar con la vida un acuerdo único, que no se desvanecerá ni con ese “insignificante” trámite que es dejar de respirar. Él, por ejemplo, al final de sus días ya no nos reconocía ni podía platicarnos con el entusiasmo que lo caracterizó durante muchos años, pero no es esa última imagen la que conservamos: lo que nos dejó como herencia es el disfrute de haberlo conocido tanto, y de tan cerca.

Para Antonio, mi abuelo, escribo este altar. Escribo en papel de viento y con aroma a cempasúchil para que venga a sonreír de nuevo, a platicar de nuevo de “su general” Pancho Villa, de sus viajes y del libro en turno; escribo a ritmo de Agustín Lara para que lo siga con los dedos, sobre la mesa, recordando sus épocas de baterista; y escribo, sobre todo, sabores: un tamal de dulce, un tazón de helado de coco, un espagueti de ésos que le gustaba que yo cocinara, un buen plato de mole. Escribo para que el margen de estas palabras sirva de arco de entrada y le dé la bienvenida cuando llegue a disfrutarlo todo de nuevo, como antes, nada más para ver a qué sabe.

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