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Octavio Paz en la memoria de otros: Ramón Gaya

Cuernavaca, 27 de noviembre de 1951

Querido Salvador: Después de algunas semanas en México (tuve que pintar unas cosas en casa de los Bertrán, por encargo de Esteban), al volver hoy, por fin, a Cuernavaca, me encuentro con tus suculentas letras o “lettres”. Te sorprenderá que te conteste enseguida, pero si no se hace así, bajo el calor de la lectura, no se contesta jamás. No, nada en tu carta es inútil (al contrario, me faltan muchas cosas) ya que las mismas cosas que yo conozco o sé de parís (al decir París quiero decir lo europeo) necesitaba saber si existían objetivamente, visibles para una persona como tú, que de todas maneras, naciste y casi se puede decir que envejeciste en América. Debo confesarte de nuevo que, cuando faltaban pocos días para tu salida de México, tuve muchos temores con relación a tu encuentro (demasiado tardío) con el viejo mundo. Me alegro mucho de que todo haya salido mejor de lo que esperaba (no por nacionalismo europeo, sino porque así no has tenido una desilusión que yo temía que resultara demasiado importante y decisiva para tu posible labor). Doña Amalia me pregunta todos los lunes, en la comida, si te gustó París, y precisamente ayer pude darle algunos detalles sacados de la carta a Manolo. Todo el mundo me pregunta por tu impresión (algunos, claro, con ganas estúpidas de que haya sido mala); no pienso leerles tus “lettres” pero sí decirles algo. Manolo estaba, al principio, muy desconcertado y daba un poco de pena; nos hacíamos cruces de que no dijeras nada (esperábamos una exclamación positiva o negativa que no llegaba). Cuida tus cartas a Manolo porque el pobre a veces se rompe la cabeza queriendo desentrañar algunas de tus frases o expresiones vagas. Las primeras semanas tuve que calmarlo porque llegó a pensar que no escribirías nunca más (después de tu carta y, sobre todo, de la postal de Chartres, se ha tranquilizado y lo encontré de nuevo haciendo cuentas de francos y de fechas). Me da mucha pena Soledad (Martínez) pero comprendo perfectamente tu pánico; de lo que te digan sobre París no hagas mucho caso ya que Soledad, por lo menos, es la primera vez que ha tenido que ponerse a trabajar, y esto, claro, añadido a su locura y edad tiene que darle visión bastante negra de París. Pero no te desgastes discutiendo con ellas; no dudo, naturalmente, que el París de hoy no sea, ni con mucho, el que nosotros conocimos, pero no sólo a París le pasa eso; todo está mucho peor. Aprovecha el ímpetu que parece haberte dado el encuentro con esa vieja piel del mundo (como diría una persona que tú conoces: Rafael Dieste). Estoy sorprendido de que no hayas entrado en los Museos todavía. Tampoco dices nada de pintores modernos vistos en las galerías de la rue de la Boétie. ¿Qué pasa? Ni siquiera me hablas de lo que no tuviste más remedio que ver en el Metropolitano (de N.Y.); has estado delante de Grecos, Goyas y Velázquez sin decir en tus cartas ni pío. Esperamos.

Yo sigo pensando en ir a Europa hacia el mes de julio. No me trae, a pesar de tu entusiasmo, París mismo, no porque no me guste, sino porque tienes que comprender que yo estoy en otro momento muy diferente al tuyo. Pasaría, claro, por París, pero no creo que estuviera más de un mes… corto. Julio no es buen mes para esa ciudad; tú mismo quizá no te encuentres en ella, ya que se produce una desbandada general hacia el Mediodía. Al decir el Mediodía no creas que estoy recomendándote que vayas a una de esas playas de moda, sino simplemente que sería buen momento para conocer algún pueblo de la Provenza. No dejes de comunicarme tus movimientos hacia esa época, ya que necesito combinar varias cosas. En Portugal pienso, desde luego, pasar un mes o dos (si es que están en ese momento allí mis hijas, ya que este verano lo pasaron en Ibiza, Madrid y el Escorial), después creo que valoría a Italia, y por último París.

No deja de entristecerme lo que me dices de Octavio respecto a mi ensayo. Ya sabes que no soy nada débil y que tengo una seguridad (fundada o infundada, eso no viene al caso) que me permite ir tirando sin mucha desesperación, pero la verdad es que se cansa uno de sostenerse solo, y desde dentro siempre. Ya sabes que no soy dado al éxito, pero parecen estar empeñados en negarme hasta el pan, el alimento necesario, mínimo, verdadero. Quizá ese alimento es el difícil y lo que yo creo modesto sea el premio máximo; posiblemente el gran banquetazo sea más fácil de conseguir. Bueno; también en esto trata, te lo aseguro, de vanidad alguna, sino de…respiración. En España (Julián Calvo lo envío a varias personas) tampoco han dicho nada.

Mientras tú me dices que la conferencia de Siqueiros no se ha notado, aquí en cambio se publican noticias muy diferentes. Parece ser que ha conferenciado con Picasso y que lo ha convencido de que el arte no puede estar de espaldas a los acontecimientos actuales, o algo así. La verdad es que todo esto (a pesar de tu euforia por encontrarte ante un estilo, claro, muy elaborado, de vida y de arte) no es muy prometedor. Comprendo que en tu caso ahora todo esto no te importe mucho, pero ya te dije que estamos en momentos y situaciones muy diferentes.

Bueno, basta por hoy. No estaría mal que enviaras algunas postales a ciertas gentes para que nos dejen en paz a nosotros.

Abrazos para las insensatas victoruguescas.

Un abrazo de

R.

Roma, 15 de septiembre de 1959

Caro Tomás Segovia: Por fin recibo un “lungo” telegrama de tu puño y letra. Gracias. No tengo nada contra las cartas telegrámicas, pues obligan a decir lo más con lo menos, y así todos salimos ganando. Al recibir tu carta empecé a escribirte largo, y cuando ya llevaba seis caras, me arrepentí, pues era una especie de ensayo defectuoso, corto, precipitado.  Procuraré, pues, ser breve y lo más eficaz posible.

El panorama que se refleja en tu carta es de lo más desolador e irritante. Aquí, desde luego, la vida es difícil – según veo–, pero de ninguna manera… DISPARATADA. No dudo que los disparates pueden instruir –como tú, mitad verdad mitad consuelo, supones– pero no olvides que se consume demasiado instruyéndonos, llenándonos de experiencias estériles, buenas tan sólo como ciencia, es decir, estériles como estéril la ciencia. Además, creemos aprender gratuitamente, pero no es así. ¡Ahórrate, cuídate!

Veo también – con cierto disgusto- que cedes a publicar cuando ya no te interesa el coso – como dicen aquí-, el original. Yo mismo estuve a punto de caer en esa debilidad, pues me proponían reunir todos mis escritos, de 1932 a 1959 (¡¡¡pásmate, incluso parece ser que se los disputaban varios editores españoles!!!), y yo, estupefacto, adulado en una vanidad hambrienta… de años y un tanto cansada de lamerse “da sola” (aunque ella sola bien se lame), caía ya en la trampa, cuando, de pronto, volví en mí, y al ver todo copiado a máquina lo retiré, y ahora estoy pensando en un libro pequeño, con tres o cuatro ensayos, a lo sumo. Por otro lado, me parece mal que pienses en quemar cosas. Déjalas en un cajón, no las leas, guárdalas. Ni publicar ni quemar aquello que no nos gusta o interesa… por el momento. ¿A quiénes llamas el Fondo de Cultura? Esas mesas son siempre ridículas y estériles; los imbéciles dicen, como es natural, sus imbecilidades, y los inteligentes… también; no sé por qué ha de ser así, pero así es. No conozco arguments pero, sea como sea, me parece de perlas que mandes algo (aun siendo Octavio Paz quien te lo pide); en cuanto al tema señalado ya supondrás las cosas que se me ocurren: purititas palabras en romanesco. Pero tú puedes y debes recurrir a esa parte de intelectual que yo no tengo, y que tú tienes en una cantidad, lugar y tiempo, que no llega a parecerme defecto ni vicio. Estoy, pues, seguro, que contestarás algo sumamente interesante en sí, y que esto puede iniciar una aproximación, o rendija francesa (sin chistes fáciles), nada despreciable. Ahora es moda, mucha moda, esas mesas, y esas encuestas o como se llamen. Acaban de hacer una – también en Francia- para los novelistas de todo el mundo, y otra (ésta es, en realidad “mesa”) en Mallorca, también de novelistas…para…”no echar gota”.

Los dos títulos de libros de poemas “sonno molto belli”[1], y supongo que responderán a la belleza del “interno”.

Lo de la larga, profunda y peligrosa crisis, no me extraña lo más mínimo; es más, me extraña (dadas las orteguianas circunstancias( que no te vaya peor y salgas, de cuando en cuando al menos, de una crisis, respires… y… hasta otra. Me gustaría, en lo posible, ayudar, pero estoy poco convencido de que eso sirva realmente; me di cuenta, sobre todo, en tu relación conmigo en los últimos tiempos: es indudable que uno puede ayudar, pero es también indudable que el otro no puede soportarlo.

En el “renglón” de las “relaciones y vida social” me dices que en una época veías bastante a Esteban,  “a quien sigo encontrando estupendo”. Sí, yo también (en cierto sentido, lo encuentro –muy contra el parecer de muchos- estupendo), creo que lo encontré siempre estupendo, pero… como personaje. Concha también creo que lo estima como personaje, y con su… moralismo, le tomó cariño de persona, para no sentirse en falta, aprovechada espectadora. Yo no soy tan moralista, y le quiero poco porque sólo puedo tomarle cariño a la parte persona, y su parte persona es reducidísima, casi no existe, casi no es real; por eso es estupendo, claro, porque es un artefacto raro, estrafalario, que, sin embargo, camina, se mueve, y casi, ¡siente! Pero personajes no faltan nunca – aunque éste sea de “rara belleza”-, y estoy cansado de la atención extremada que le puse, años atrás, a cosas que, aún valiosas, no llevaban a ninguna parte. Además, aunque yo soy poco contaminable, observando abismos uno se vuelve un poco abismo, o por lo menos, en el querer desentrañarlos se gasta uno inútilmente, nos arrastran a un terreno imposible, absurdo, no tanto peligroso, como vacío y estéril. Y después ¡esa ferocidad que ponen todos los imples personajes por querer ser! (Otra vez la genialidad de Pirandello)

No te mando ahora fotografías de mis cuadros porque parece que no te interesan mucho las que te mandé; ya que ni pío. Pero estoy dispuesto a ceder, si se me solicitan por escrito.

Noticias, que prefiero tengas para ti solo, o vosotros, claro.

En marzo de 1960 expondré en Madrid. La galería se ocupa absolutamente de todo, transportes, aduanas, marcos, catálogos. Yo no estaba muy decidido hasta hace unos días. Es, parece, una galería excepcional, lujosísima, de mucho prestigio, y que hasta ahora sólo ha expuesto Goyas (de su propiedad, como aquella gallinita), Regoyos, Nonell, Solana. Vendrán a mi estudio de Roma a recoger los cuadros, y nada más; yo me quedaré aquí, en el estudio de Roma, aunque me llegan proposiciones de varias… entidades. Como puedes ver, y escrito así, parece “el succeso”.[2]

Publicaré un libro, como te digo, con cuatro, cinco, seis ensayos quizá. Diario de un pintor.

Quieren también (combinada con la exposición) hacer una monografía de mis cosas. No sé. No creo que se pueda en tan poco tiempo. Nada más hoy, aunque hay más.

Saluda a la silenciosa Inés y la callada Rosa.

Ramón

[1] Se trata de El sol y su eco. 1955-1959, uno de los libros de poemas de Tomás Segovia, publicado tras la salida de Gaya de México. El primero, “Vivido”, está dedicado al pintor (“Para Ramón Gaya, siempre ejemplar”): “El día brasa consumida/ se apaga y se aligera. // Cargado de invisibles huellas/ El cielo fatigado duerme. // En la penumbra tibia/ me refresco los ojos/ y con huelo lunar mitigo/ la larga quemadura/ de la hermosura. // La noche se lo guarda todo/ en su seno me lleva/ como en el hueco de la mano un pájaro. / Y del sol guardo aún rastros de fiebre. // Un día más / he estado vivo.”

[2] Efectivamente, en mayo de 1960 inauguró en la Galería Mater de Madrid y presentó su primer libro en español, El sentimiento de la pintura.

Cartas Tomadas de: Gaya, Ramón, Cartas a sus amigos, Valencia, Pre-textos, 2016, pp. 209-214 y 585-588.  

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