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Octavio Paz en la memoria de otros: Pedro Salinas

Carta de Pedro Salinas a Katherine Whitmore. (2 de septiembre de 1938).

México sigue tratándome muy bien. Lo mismo gentes que cosas. Abunda aquí ese tipo, para mí tan poco frecuente, del admirador.  Las gentes conocen mis libros mejor que en España. Vienen a hablarme de ellos, a que se los dedique. En las dos librerías principales que he visitado me tratan como a un autor de la casa y me hablan de la venta de mis libros. Claro, es La voz la que más les gusta. La indiferencia española se convierte aquí en una atención que no me esperaba. Todo esto, después de dos años de relativo incógnito en U.S.A. me sienta bien. Halaga esa parte fatal de necesidad de elogio y atención que todos los que escribimos llevamos como una condena; conscientes, como yo lo estoy, de la insignificancia de estas cosas, después de todo, pero esclavos de su realidad. No tengas miedo por lo demás, que se me suba a la cabeza y que me embriague de gloria mexicana. I can take it. Pero es curioso observar el hecho de [que] aquí es uno más conocido y estimado que en España, por lo menos si se juzga por las señales externas. Naturalmente lo que pasa es que como yo no estoy acostumbrado al papel de «hombre notable», o de «cher maître» como dicen los franceses, no sé desprenderme de los pelmas. No tengo la fórmula de quitármelos de encima con dos palabras magistrales, y los hago caso, y atiendo, por puro agradecimiento, y me hacen perder mucho tiempo. ¡Chica, no sé ser ni siquiera pequeño hombre célebre! Todo lo tomo en serio y me admiran las frases amables, y las agradezco con una sinceridad y honradez que harían sonreír de desprecio a un «literato profesional». Voy viendo poco a poco a todos los escritores de México; maestros viejos, como González Martínez;  «jóvenes maestros» como Villaurrutia, o última generación. Lo que me ha sorprendido, muy desagradablemente, es que el grupo de «jóvenes maestros» Novo, Villaurrutia, Pellicer,  etc., pertenecen todos a la clase de «enemigos de las mujeres». Novo es un descarado y cínico homosexual, que no se oculta de decirlo. Nada me importa, al fin y al cabo, pero crea una atmósfera de malaise, para mí. Todavía no me he acostumbrado a mirar con indulgencia o sonrisa escéptica e indiferente a ese tipo de personas. Y además no es posible ningún intento de trato que no sea superficial con ellos. Hay otros muy simpáticos y limpios de esa tacha, con los que me encuentro muy bien, sobre todo Miguel Lira, Huerta y Paz. Pero da asco ver cómo ha prendido entre personas de sensibilidad y finura espiritual, como Novo y el grupo suyo, el viejo vicio azteca. Mira por dónde ha venido a resolverse la contradicción entre cultura primitiva, aztequismo, y cultura refinada à la parisienne: en la coincidencia en la misma aberración. ¡Tiene gracia! Si en las gentes hay varios matices de agrado o desagrado, en cambio en las cosas de México todo sigue gustándome y emocionándome profundamente. Paseo al anochecer por las calles, entro en las iglesias, me paro ante los escaparates, y de estas correrías saco mil reminiscencias e impresiones revividas. Estoy viviendo y reviviendo, a la vez. Tú, claro, aunque conoces muy bien España no podrías sentir eso como yo, por no ser española. Pero no te puedes figurar lo que es ver trozos del pasado que se ponen en pie ante los ojos de uno, y le despiertan partes dormidas de la conciencia. ¿Sabes cómo he expresado eso en las palabras de salutación al público mexicano de mi primera conferencia en Bellas Artes? Pues recordando el título de una obra de Lope de Vega: El extranjero en su patria. No lo puedo expresar mejor. Extranjero soy, y a ratos, sobre todo en mi relación con la gente, me siento tal; pero no obstante un sentimiento de patria profunda existe para mí en las cosas. La gente, su carácter y habla son una variante, a veces muy alejada, de lo nuestro; pero las calles, las costumbres, lo mudo y tradicional, me acercan a España a cada paso. ¡Y qué de pequeños primores, de gracias menudas se cazan por las calles! ¡Qué puestos de agua y bebidas, de dulces, en esas plazas como Santo Domingo o la Concepción! ¡Qué tiendas extrañas y minúsculas, de artesanos, como en Sevilla! ¡Y esos rasgos de popularismo acertado! Figúrate que he descubierto dos rótulos de tiendas como éstos: «La guerra mundial. Carnicería». Y otro: «Las fuentes del progreso. Miscelánea». Sigue, pues México proporcionándome todo un mundo de visos y reflejos españoles, que tras mis dos años de Estados Unidos, tienen un sabor hondísimo. He salido poco. Fui a Guadalupe. Estupendo, inolvidable mercadillo, de objetos religiosos y cosas populares. ¡Y qué cementerio de Tepeyac, arriba, tan inocente, tan puro, como si lo hubiesen hecho niños, y que anula toda idea grave o solemne de muerte y trascendencia! Fui a Acolmán. Y allí, en la enorme lonja o terraza que hay ante el Monasterio es quizá donde más aguda se me hizo la nostalgia de ti, donde la mordedura de «lo que pudo ser» me apretó el corazón. ¡Qué hermoso sería haber estado en ese sitio tranquilo y sereno, a tu lado, pasear frente a aquel paisaje, sin hablar mucho, dejándose penetrar de esa especie de gravedad digna de lo que hay alrededor, de tristeza sin filo! Katherine, Katherine. ¿Tendrá guardada la vida aún para nosotros horas de felicidad pura, de visión serena de alma y alma, horas de amor? Yo las sueño y anhelo como nunca. Y espero…

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