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Octavio Paz en la memoria de otros: Luis Cardoza y Aragón

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En París encontré amigos, algunos viejos amigos. Una tarde, con Octavio Paz visitamos a Paul Éluard en la rue de la Chapelle. Cortinitas de ahulado con grecas recortadas por Nusch adornaban las puertas. Charla de humor y gracia, algunas copas. Encantadores. Ediciones magníficas, incunables, manuscritos, pintura de Picasso, Ernst, Dalí, De Chirico, Magritte, Tanguy, Chagall…

Encontré a Rodolfo Usigli (1905-1979) asimismo. En alguna ocasión, Paz critica cosas de México y Usigli lo interrumpe: “¿Cómo puedes hablar así ante un representante extranjero?” Carcajada unánime de Octavio y mía, que aún se oye. “Sí, no conozco nada de México y soy enviado de potencia enemiga.” Xavier Villaurrutia o Salvador Novo decían del “Caballero Usigli” que antes de meterse a la bañadera tomaba con el bastón la temperatura. Había escrito ya El gesticulador y traducido “La tierra baldía”, que es la muerte sin fin de Eliot, y algunos otros poemas. Octavio G. Barreda con suavidad: El testiculador, obra que resiste al tiempo. La última vez que vi a Usigli ocupábamos palcos vecinos en el Palacio de Bellas Artes; las cosas de México las he vivido como propias y no quise reconocerlo por sus declaraciones acerca de la matanza de Tlatelolco, el 2 de octubre de 1968. ¿Es el mejor comediógrafo que ha tenido México desde la Independencia?

Es una lástima que no se haya reunido lo escrito y el anecdotario de Barreda. Del presidente Ávila Camacho le oí bromas que he olvidado sobre su triunfo; presencié las elecciones de la capital, en donde quizá perdió; no en la república. La maquinaria del partido del gobierno, me repetía -gran industria sin chemeneas-, ya era imbatible. La patrística de Barreda en lo tocante al partido oficial mexicano era caníbal, compendiosa y apocalíptica.

Octavio Paz me presentó a Henri Michaux, le dije dedicarme a la vulcanografía. Por no conocerlo aún, Paz no me presentó al Mono Gramático de culo pelón tornasolado de tautologías.

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Cuando llegué a Santiago a fines del 47, por la prensa me enteré, semanas después, de la muerte de Vicente Huidobro, ya en el 48. No lo conocí y algo lo he leído. Ignoro si el creacionismo no se hubiese inventado sin Pierre Reverdy, como lo asevera Octavio Paz. Con Reverdy y otros poetas “cubistas” funda Nord-Sud. Lo de tal influencia se ha debatido. Nunca encontré esos estudios. ¿En qué consiste el creacionismo?

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El movimiento emprendido por Ramos en filosofía (frente a Antonio Caso) y su investigación sobre el mexicano y lo mexicano, tal vez por lecturas de Herder –“un ensayo de caracterología y filosofía de la cultura mexicana”-, se basa, con idealismo liberal, sobre un ser común imaginario. Ramos apunta anonadado: “Somos una manada de fieras hambrientas”. También: “El humanismo aparece hoy como un ideal para combatir la infrahumanidad engendrada por el capitalismo y el materialismo burgueses.” De ahí, de esa melancolía, surge apasionadamente El laberinto de la soledad  de Octavio Paz surge el afán, el tráfago recurrente, de estudiosos de filosofía que inquieren al mexicano, para deslindarlo, definirlo, aprehenderlo.

La “auténtica mexicanidad” es inútil concepto metafísico y parroquial. Estereotipos nacionales, la idea jungiana del inconsciente colectivo; sin embargo, ¿a qué atribuir la imantación que ejerce? En esencia, dicho tesón, igual que todo nacionalismo reductor, es facticio. En México, la preocupación es por el mal vecino.

¿Hacer del país, de la patria, una ampliación del Yo? Hacer un nacionalismo de un Yo colectivo, egoísta y oscuro, una suerte de comunidad de jactancias raciales indias, negras, amarillas; nacionalismo que no es, en suma, sino un desgarramiento de la unidad generosa de lo humano sin fronteras y sin colores. ¿Para que?

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Salvador Novo, poesía, teatro, crítica, crónicas y memorias. Aplaudió la carnicería del 68 en Tlatelolco, tuvo mucho más talento que cinismo, y fue muy cínico políticamente. Octavio Paz, del “periodismo en defensa de Hitler y sus pardos ejércitos”. Cronista de la ciudad de México; sucedió en el sitial a Artemio de Valle Arizpe quién, más que Novo, brillaba como conversador. Lo escrito por Artemio de Valle Arizpe lo conozco mal. Buena parte de la obra de Novo, entre la admirable, los poemas de amor y los sonetos satíricos, que circularon en copias confidenciales a máquina y luego en grandes tirajes. Pérfidos sonetos ingeniosos, bien urdidos, con veneno de víbora. Algunas réplicas de Villaurrutia, en la soterraña guerra de sonetos, lucían la misma gracia, la misma indiscreción y el mismo óptimo veneno.

¿En dónde situaría a Octavio G. Barreda?

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La crítica actual la formulan José Emilio Pacheco, Carlos Monsiváis, Margo Glantz, José Joaquín Blanco, Adolfo Castañón, Luis Miguel Aguilar, Hermann Bellinghausen, David Huerta, José María Pérez Gay, Hugo Hiriart. Los abuelos críticos serían Alfonso Reyes, Antonio Castro Leal, Francisco Monterde, Ermilo Abreu Gómez, seguidos de José Luis Martínez, Alí Chumacero, Ramón Xirau, Emmanuel Carballo, Luis Mario Schneider. Crítico sobresaliente también ha sido Octavio Paz en numerosas monografías. Su conocimiento de varias literaturas, su complejidad y su felicidad expositiva y porque en terreno alguno es timorato, me complace como su poesía.

Los Contemporáneos y sus contrincantes definieron algo de lo que pasaba. Éstos y aquéllos lo vivieron por caminos que confluían y se complementaban en contradicción aparente. Éstos y aquéllos se oponen a la anulación nacional. A veces veo frívolos y soberbios a los Contemporáneos, enfrentados a sórdido esquematismo.

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Villaurrutia vivió incómodamente su sexualidad, más por falta de osadía que por discreto. Sus personajes suelen ser decimonónicos y reprimidos, en comedias como teoremas cuyas bengalas, así sean multicoloras, en más de una ocasión no dejan de ser pobres.

Leo en Xavier Villaurrutia en persona y en obra de Octavio Paz:

En un texto un poco más tardío, pero que resume muy bien sus ideas, dice (X.V.): “Nunca como en el romanticismo alemán, nunca como ahora, en la poesía moderna y contemporánea, que tan naturalmente se enlaza con el verdadero romanticismo y que parece prolongarlo y continuarlo de mil maneras oscuras o luminosas, abiertas o secretas, las relaciones entre la vigilia y el sueño han sido más estrechas ni más profundas.” Esta declaración aparece en el ensayo sobre Nerval (1942) y puede verse como un renversement de las opiniones que sustentaba quince años antes. A su vez, este cambio da cuenta, retrospectivamente, del sentido de su tentativa poética entre 1927 y 1937, los diez años en que escribió la porción a un tiempo más rica y más estricta de su obra poética, es decir, la recogida en la primera edición de Nostalgia de la muerte (1983). Es significativo que Villaurrutia no encuentre sino hasta en 1942 la formulación de la poética que justifica su práctica entre 1927 y 1937. El poema, decía Unamuno, es cosa de precepto y el dogma, cosa de precepto.

Para mí, hipotéticamente, ésta es la solución: los románticos alemanes y Albert Béguin con El alma romántica y el sueño fue para Xavier Villaurrutia lo que Edgar Allan Poe para Baudelaire.

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Para los Contemporáneos, ¿existió La Cultura más que México? No sé. Jorge Cuesta es una exageración de los Contemporáneos en quien se percibe agónicamente radical mexicanismo. Para dejar de ser mexicano hace falta no haber nacido en México.

Octavio Paz escribió: “El mexicano siempre está lejos, lejos del mundo y de los demás. Lejos, también, de sí mismo.”

Cuando tiene el hilo para salir, ¿se lo come?

He sentido en México particular preocupación por el problema inútil de la identidad nacional. Acaso puedan señalarse dos orígenes principales en tal obsesiva cuestión. La primera: ser vecinos de los Estados Unidos con miles de kilómetros de frontera conflictiva y una trágica historia por esa depredadora vecindad; la segunda: la Conquista y la Colonia.

(…)

Samuel Ramos representa la burguesía liberal nacional. Expresa el pensamiento capitalista y elitista, atento a la codificación por la tecnología del desarrollo del capitalismo. En alguna página de Hacia un nuevo humanismo: Programa de una antropología filosófica, ve el futuro con una felicidad “sin distinción de clases”. Impugna tanto al capitalismo como al materialismo de la burguesía; es demócrata radical consecuente. Su idealismo burgués, conforme de serlo y soportarlo, no discurre, si no me equivoco, fuera de los postulados de un moderado pensador decimonónico.

La conducción empírica y psicoanalítica de Ramos se profundiza, sin asomos de racismo, en lo empírico y en o psicoanalítico de cierta poética de Octavio Paz.

El laberinto de la soledad muestra a Paz de cuerpo entero. Es un almacigo de días límpidos y de “tiempo nublado”. Mezcla de abstracciones y lirismos, de máscaras- como él diría- que más que ocultar identifica. Lo he leído a contrapelo. ¿No es acaso estéril la labor de que los hijos pródigos se ocupen en definir la nación rayada de azteca? Como siempre, derrocha afirmaciones y perentorias negaciones inapelables.

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De los grandes escritores, Alfonso Reyes y Octavio Paz son los últimos de ese periodo (modernista), si bien media entre ellos un cuarto de siglo. Por tal razón, a Reyes, por quien tengo apasionada gratitud, muerto en 1959, le sentimos tan lejos. Paz, dueño de disciplinas como las de Reyes, con intención polémica ajena a éste, se tocan por ello tangencialmente. El vuelo de Paz es más alto en el poema. Su poesía me encanta. La actualidad de Paz en el ensayo político en su pasión de reaccionario de raza.

La conducta de Octavio Paz, de su revista literaria y política, en lo que se refiere a las luchas centroamericanas, en particular a Nicaragua y El Salvador, coincidente con la del presidente Reagan, lo definen con precisión en tal terreno.

La crítica de la izquierda desde la izquierda es tan vieja como la crítica desde la derecha.

No es menos erróneo e iluso el traslado de la democracia republicana liberal a nuestros países americanos, como el traslado mecanicista de Marx que pensó fundamentalmente en sociedades industriales. La crisis de la Revolución Mexicana (moral, social, política, cultural, institucional…) ¿es crisis del liberalismo republicano democrático?

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El Partido Comunista Mexicano lo funda en 1919, entre otros, el hindú Manabendra Nath Roy. Ni Bassols ni Lombardo Toledano pertenecieron al Partido comunista. Contemporáneos, Plural (con Paz), representan una ruptura de cualquier enclaustramiento y una discusión en la que se exhibe el espanto. Del consejo de reacción de Vuelta se repite: Descanse en Paz.

Toda acción o participación intelectual implica una ética, ilustra y reclama una ética. Pero hay susceptibilidades tan narcisistas y secretarias para las cuales aun mínima discrepancia es falta de probidad.

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En 17 de enero de 1940 se presenta una exposición surrealista en la Galería de Arte Mexicano. Rivera, “pintor político”, quien sostenía que “el tema es como los rieles para la locomotora”, no atino a saber qué anduvo haciendo en esto. La organizaron -con la colaboración de André Breton- Wolfgang Paalen y César Moro. Entre los que expusieron: Diego Rivera y Frida Kahlo, son los únicos dos que figuraron entre los “internacionales”, con Kandinsky, Dalí, Leonora Carrington, Klee, Duchamp, Remedios  Varo, Paalen, Alice Rahon, Luis Buñuel, José Moreno Villa y otros. Los demás, como mexicanos surrealistas de segunda o de tercera: Roberto Montenegro, Agustín Lazo, Antonio Ruiz, Carlos Mérida, Manuel Rodríguez Lozano, Xavier Villaurrutia, Manuel Álvarez Bravo, Guillermo Meza. ¿Por qué toleraron esta discriminación?

La muestra se abrió con la aparición de La Gran Esfinge de la Noche, Isabel Marín, ataviada por Wolfgang Paalen, con una túnica blanca y un antifaz en forma de mariposa. Isabel. Luego de Paalen, es hermana de Guadalupe Marín  (primera esposa de Diego Rivera), de María, esposa de Carlos Orozco Romero, y de Carmen, esposa de Octavio G. Barreda, todas las bellas mujeres.

El surrealismo fue atacado, más que la exposición en sí, furiosamente por Octavio Paz y por mí.

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Publican Taller Octavio Paz, Efraín Huerta, Rafael Solana, Alberto Quintero Álvarez. En el número 5 los directores suman al consejo de redacción a Ramón Gaya, Antonio Sánchez Barbudo, Juan Gil Albert, José Herrera Petere y Lorenzo Varela, recién venidos a México. Según Solana. Taller murió de “influencia española”.

Rememoro la etapa con la intención de mostrar algo del ambiente en el cual   alentaba un nacionalismo justo y patriótico, así como uno pedante, árido, chovinista y reaccionario.

Hay que darse cuenta de los que se significaba en tal época mantenerme en el periódico de la Revolución contra la exigencia de la   LEAR, burocráticamente poderosa. Por tal conducta, no fui al Congreso de Valencia. Además, no había nacido aquí. Me habría sumado a las brigadas internacionales. Fueron a España lo más ortodoxos: José Mancisidor, Juan de la Cabada, Silvestre Revueltas, Fernando Gamboa; y Carlos Pellicer y Octavio Paz, dos poetas amantes de República. José Chávez Morado, asimismo miembro de la delegación, me contó que un mediodía en playas de Valencia -cuando las celebraciones del congreso-, pobladas de soldados convalecientes, en horas de gran sol mar azul bajo un cielo aún más azul, sin nadie bañándose, de súbito se oyó un ¡Oléeee!  que atronó largamente, al parecer asidas de la mano y corriendo hacia el mar dos muchachas: rubia la una, bella como espiga de trigo; morena y bella la otra, como la Sulamita: Elena Garro y Susana Gamboa.

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El Nacional en 1938 emprendió una encuesta: “¿Quién es el primer poeta de México?” En cada ejemplar se imprimía un cupón para votar. Diariamente recibíamos centenares de votos. Al público parecía importarle emitir el sufragio. Las opiniones hallábanse muy divididas. Los nombres de versificadores desconocidos tomaron la delantera;  había una movilización ostensible, y el periódico, de peso en la vida pública, se vendía mejor que nunca, se agotaba en los puestos, circulaba menos.

La competencia fue cerrada en los cinco primeros lugares correspondientes a plumíferos que adquirían a diario centenas de periódicos para utilizar los cupones. El inútil sondeo se desvirtuaba por completo. Enrique González Martínez, el hombre del búho de apacible locura, figuró entre los candidatos intermedios. Hubo que ir enmendando aquella ridiculez debida a los acaparadores ansiosos de vencer en el concurso. Hice trampa con humor, que fue honesta verdad piadosa. ¿No es siempre así el humor?

Como ahora, el gran público no había leído a Alfonso Reyes, a Carlos Pellicer, a José Gorostiza, a Xavier Villaurrutia, a Jaime Torres Bodet, a Salvador Novo, y se conocía poco y mal a López Velarde, a Tablada, a Torri, a González Martínez. Hoy sería a Paz, a Chumacero, a Pacheco, a Sabines, a Huerta, a García Terrés, a Bonifaz Nuño, a Rosario Castellanos, a Francisco Cervantes… En el Palacio de Bellas Artes se celebró un acto público para entregar el primer premio, que el jurado adjudicó a González Martínez. ¿Nos leyó algo? Recuerdo bien su voz, oleaginosa y opaca de tanta nicotina. Hablé en nombre del periódico, sin haber sido el inventor de aquella melancolía.

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De sus comienzos a su muerte fue un poeta en todo lo que tocase.

Es de 1941 “Quiero volver al sur”; de 1942, “Melancolía cerca de Orizaba”.  Poesía lírica y poesía política. Poesía siempre. Me refiero a su “Canto a Stalingrado”, leído en el mitin que organizó la Sociedad Amigos de la URSS, en el Sindicato Mexicano de Electricistas, el 30 de septiembre de 1942. El poema se pega en las calles como cartel. Abundan los ataques. Poco más tarde, viene el espléndido “Nuevo canto de amor a Stalingrado”, leído en un banquete, y los ataques arrecian. ¿Había aludido Pablo Neruda, en alguna parte, a Octavio Paz. Quien había tomado opuesto rumbo al del chileno?

Éstas son las estrofas cuarta y quinta:

Yo sé que el viejo joven transitorio

de pluma, como un cisne encuadernado,

desencuaderna su dolor notorio

por mi grito de amor a Stalingrado.

Yo pongo el alma mía en donde quiero.

Y no me nutro de papel cansado,

adobado de tinta y de tintero..

Nací para cantar a Stalingrado.

La estrofa final:

Guárdame un trozo de violenta espuma

guárdame un rifle, guárdame un arado,

y que lo pongan en mi sepultura

como una espiga roja de tu estado,

para que sepan, si hay alguna duda,

que he muerto amándote y que me has amado,

y si no he combatido en tu cintura

dejo en tu honor esta granada oscura,

este canto de amor a Stalingrado.

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Varias obras se han publicado sobre la matanza y el movimiento, ocurridos durante el gobierno del presidente Gustavo Díaz Ordaz (1964-1970). Destaco entre ellas La noche de Tlatelolco, por la admirable Elena Poniatowska; Los días y los años, por Luis González de Alba; Días de guardar, por Carlos Monsiváis, y Posdata, por Octavio Paz.

En Posdata no se estudia la sociedad que engendró Tlatelolco.

Paz va al mundo azteca. Esta apreciación mítica, peculiar en sus desciframientos, en manera alguna esconde el crimen, como ha llegado a insinuarse. Cunden sectarismos necios en todas las tendencias.

En las exposiciones de Paz en otros temas suelen abundar exactitudes erosionadas por parcialidades. ¿Por qué olvidar que por la matanza de Tlatelolco renunció a su cargo el embajador en la India?

Distante estoy de sus convicciones virreinales (no hablo de las poéticas) lo cual no me impide ni me estorba para estimarlo como poeta. Su pensamiento “liberal” deja de serlo cegado por fanatismo. ¿No parece a menudo una máscara de vidrio su rostro liberal?

No pretendo en modo alguno que es mía la razón. Quiero señalar nada más que mi aprecio antepone en cualquier disentimiento su autenticidad ajena al diálogo y al humor, enjundiosa de trampas de la fe, simpatías y diferencias. Como es siempre en todo hombre de verdad.

Para mí, Paz, cuyas arrugas sí tienen rostro, aparte de su talento poético, es hombre de certezas políticas, no pocas de las cuales me son extrañas. Estimo su combatividad en sí, no lo que con frecuencia defiende; que no sea sólo espectador. Estimo su mal escondida violencia desnuda que lo desnuda. Es imposible imaginar un mundo sin contradicciones. Su posibilidad (impensable) significaría aburrimiento, degeneración, muerte. Tal dialéctica engendra las revoluciones.

 Deseo que no hay equívoco alguno. Hay olvidos en Paz que corresponden a un pensamiento angustiado que se sustenta, en primer término, en graves desviaciones en países socialistas. No postergo estas realidades trágicas, las he sufrido, me he rebelado siempre contra ellas. Es tarea de todos señalarlas.

 El designio de fondo de Paz ha olvidado la historia de nuestro continente. Ha escrito disparates sobre las luchas centroamericanas. Ha olvidado su propia historia. Se retórica no puede hacer milagros. Y si nos fijamos bien, no escucha, grita.

Es demoníaca la ilusión de todo narcisismo.

Para ciertos señoritos, la participación de Paz, aun cuando diga lo que ellos callan, les produce inmenso desasosiego que le esconden. Les complacería que fuese sólo esteta. No disfrutan, no pueden disfrutar, de la amplitud de su conocimiento y su pasión anacrónica. Llevan una existencia reducida, extraña a su avidez. Suelo leer con placer lo más opuesto a mi pensar.

Luego de juicio ponderado y serio, sin impaciencia y con urbanidad, se comprobará mejor que sus posiciones han sido algunas veces las de un capitalismo salvaje.

He escrito sobre Paz, a quien conozco desde sus inicios, un librito con la amistad poética de siempre y de mi parte invariable.

Quiero destacar que los 58 números de Plural y de los cientos y tantos de Vuelta tienen significación singular en el terreno literario. Han dado a conocer valores nacionales y extranjeros, han coadyuvado a crear un público para letras con calidad. Esta labor editorial de Paz cuenta entre sus mejores empeños.

Fragmentos obtenidos de:

Cardoza y Aragón, Luis, El río. Novelas de caballería, México, Fondo de Cultura Económica, segunda edición, 1996, pp. 73-75; 240; 380-381; 387; 415; 421; 428-431; 520; 545; 558; 585-586; 589; 588; 761-763

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