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Oceanauta

Por Deniss Villalobos:

«El mar, una vez que te hechiza, te engancha en su maravillosa red para toda la eternidad».

Jacques Cousteau

El mundo submarino de Jacques Cousteau era el programa favorito de mi mamá cuando niña. Me gusta imaginarla toda hoyuelos en las mejillas, pelo corto, rodillas raspadas y ojos sonrientes tomándose un descanso de sus actividades diarias (trepar árboles, rescatar muñecas y comer gansitos) para pasar una hora frente a la televisión viendo barcos dormidos en el fondo del océano, ballenas, lobos marinos y tortugas. Me emociona pensar en todos los niños, adultos y ancianos que hicieron lo mismo; en la cara de un chiquillo pensando que de grande sería escafandrista; en su abuela, sentada junto a él, abriendo los ojos como ventanales al contemplar todo ese azul; en la señora que desde la cocina echaba un ojo a la tele y, sin querer, dejó caer una cazuela y escapar un grito al ver al guapo Philippe rodeado de tiburones.

Todos eran oceanautas, como los buzos a bordo del Calypso, desde el sillón o el suelo donde se sentaban a seguir las aventuras del comandante Cousteau. Y aunque a mí no me tocaron esos programas, y el Jacques que llegué a ver en tele era el de una versión animada, también llegué a soñar con bucear, abrí mucho los ojos y dejé escapar ruidos de sorpresa al ver los documentales de uno de los exploradores y científicos más famosos del mundo en YouTube.

Así fue como se formó en mi cabeza la idea de un Cousteau superhéroe, un hombre que no llevaba capa o trepaba por las paredes lanzando telarañas, pero iba por el mundo con una pipa y un gorrito rojo tratando de conquistar el mar. Y es que, durante años, la idea del oceanógrafo no era proteger a las criaturas marinas y el mundo acuático en el que vivían (en los años sesenta casi nadie era consciente de lo importantes que el mar y sus criaturas eran y el daño que le estábamos haciendo), sino explorarlo y encontrar la manera para que el hombre pudiera vivir en él. “¡Pero si esos documentales son maravillosos!, ¿cómo se atreven a hablar mal del capitán?”, pensé varias veces leyendo sobre su vida y el otro día en el cine mientras veía La odisea (Jérôme Salle, 2016). En esta biopic sobre la vida de Cousteau no todo es hermoso. No solo vemos a un científico acariciando cangrejos o usando sus binoculares mientras navega, emocionado por sus inventos y los nuevos lugares que explorará, sino también a un hombre que cometió muchos errores. Un hombre real de carne y hueso que podía herir, ignorar y mentir. Un hombre que, después de años de viajar por el mundo, tuvo que explorarse a sí mismo para cambiar de rumbo y hacer lo que tenía que hacer. Lo que todos tenemos que hacer: proteger el océano y todo cuanto habita en él.

Quizá el fondo del mar es un lugar dentro de nosotros mismos y el alma sea una criatura que se mueve con lentitud entre las algas. Estamos en gran parte hechos de agua y eso nos vuelve un poco piélago, tesoro hundido, hipocampo y buzo. Fue lindo ver todo esto reflejando en una película visualmente hermosa, y que me enfrentó a una realidad obvia pero a veces ignorada: nadie es perfecto. Los héroes existen y se equivocan; mientras le ofrecen al mundo agua, pueden causar sequía en el corazón de unos pocos, pero eso no los hace menos admirables. En mi corazón hay un barquito en el que un Cousteau de gorro y pipa lee libros de Julio Verne, y ahora también hay en él espacio para un hombre que se equivocaba, que hizo muchos sacrificios y decidió cambiar la dirección de su barco para no solo ofrecernos imágenes de lo maravilloso que es el mar, sino también hacernos entender que la vida sin éste es imposible.

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