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Obsesiones

Por Deniss Villalobos

Cuando pienso en todas las cosas que me interesan o han interesado, me doy cuenta que no hay términos medios: si algo me gusta, me gusta obsesivamente. Me viene a la cabeza algo que dijo Pessoa en El libro del desasosiego: todo me interesa y nada me cautiva. Yo podría decir que todo me interesa y todo me cautiva, pero también que casi todo deja de gustarme rápido y no solo decrece ese gusto sino que desaparece por completo.

Claro que hay excepciones y algunas cosas me gustan desde hace mucho tiempo y probablemente me van a gustar toda la vida, pero muchas otras han sido pasajeras y me han atormentado un poco, porque pensé por mucho tiempo que el interesarme de una forma tan intensa por algo o alguien era incorrecto.

La RAE dice que la palabra «obsesión» es una Idea que con tenaz persistencia asalta la mente. ¿Qué tiene de malo eso? Seguramente todos los grandes inventos y sucesos que han hecho que la humanidad evolucione nacieron por la obsesión de un individuo o un grupo. Las obsesiones no siempre tienen que llevarnos a algo malo, aunque muchas veces es así y tampoco podemos ignorarlo. Obsesionarse con una persona probablemente terminará causándonos daño, porque esa obsesión y aquello que asalta con persistencia nuestra mente, no es algo que dependa solo de nosotros, sino de las decisiones de otra persona, así que más vale tomárselo con calma.

Obsesionarte con visitar un país al que admiras mucho puede llevarte a trabajar muy duro y ahorrar dinero para cumplir tu sueño, obsesionarte con investigar cierta corriente artística o etapa histórica puede llevarte a aprender cosas maravillosas o a escribir un gran libro y obsesionarte con un deporte te dará una increíble condición física y grandes experiencias. Solo hay que aprender a no llevar esas obsesiones al extremo en el que comiencen a causar daño en lugar de placer.

Las obsesiones pueden no durar (casi siempre es así), pero eso no significa, como dije antes, que deba ser algo malo. Disfrutar de algo por el periodo en que nos emocione y nos cause ese cosquilleo en el estómago, aunque sea muy breve, está bien. Escuchemos cincuenta veces esa canción que primero amamos hasta que terminemos por odiarla, leamos todo lo que podamos sobre un autor hasta que un día ya no queramos saber nada de él, comamos por un mes el mismo platillo hasta que nos haga vomitar. Hay que reír hasta que lloremos y llorar hasta que volvamos a reír, después de todo somos todas nuestras obsesiones y más vale que dejemos de avergonzarnos de ellas.

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