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Obras son amores.

Por Alejandra Eme Vázquez:

No podemos definirlo porque no hay qué definir, porque eso del amor es una obra inacabada. Y quizá a propósito, porque si Amor es epítome de Bienestar y la búsqueda es la actividad más humana posible, buscar amor será entonces lo que nos mantenga entretenidos y lo que nos distinga de otras especies, cosa que siempre nos gusta pensar porque el concepto de excepción es atractivo sin importar qué. La cuestión es que si de inicio lo buscado no está claramente definido, los hallazgos se rodearán de incertidumbre y si nos olvidamos de que sólo estamos repitiendo convenciones sociales de nuestro entorno próximo, podemos sufrir mucho. E innecesariamente.

Es época de San Valentín y Amor será nombrado más que de costumbre, por los que “creen” y “no creen” en él, por quienes lo celebran y quienes lo rechazan, por quienes lo explican en términos biológicos y quienes lo piensan afín a lo divino. Tanto en sentido amplio como en visión reduccionista, no podría negarse lo tentadora que resulta esta sublimación del género humano en la que somos capaces de construir puentes vitales con lo otro: a fin de cuentas, somos también nuestras circunstancias y el ideal de reconciliación con ellas es justamente la práctica de amar. A la naturaleza, a nosotros mismos, a la familia, al trabajo, a la vida y muerte, a la pareja amorosa, a los libros, a los amigos… Amar como el punto más alto del aprecio, como entregar lo que somos al deseo de bienestar para un objeto que a la luz de nuestro punto de vista, se hace único.

En Fedro o del amor Sócrates, en voz de Platón, cuenta que cada quien escoge un amor según su carácter, “le hace su dios, le levanta una estatua en su corazón y se complace en engalanarla, como para rendirle adoración y celebrar sus misterios”; esto, agrega,  genera en el que ama cambios que parecen ser producto de la influencia del objeto amado en lugar de la práctica misma del amar, por lo que Amor crece vulnerable si pensamos que los obstáculos pueden tener el poder de destruirlo. Y es que en realidad, para un estado que requiere de tal pureza los obstáculos no se hacen esperar; por eso que asociamos también a Amor con Fragilidad, porque parece ser una construcción demasiado delicada en un ambiente que puede ser a ratos violento y a ratos devastador.

Quizá no sea erróneo asociar a Amor con parejas de vida, porque finalmente amar nos apareja con lo otro; es decir, establece un lazo voluntario con un punto de la realidad con el que antes no había conexión. Por eso es que sorprende cada vez y nunca se dejará de hablar de él aunque tanto se haya dicho, porque es quizá lo más individual que podemos experimentar en esta condición humana que tantos dolores de cabeza nos da. Amor es el espacio que existe porque estamos convencidos de que hay una versión de nosotros libre de defectos, capaz de generar una iluminación tal que pueda compartirse con lo amado y aún más allá, y hacernos excepcionales. Cómo no querer buscar algo así, en cualquiera de sus presentaciones.

También sabemos de Amor por sus límites: si bien no podemos asegurar con toda claridad dónde está, sí podemos reconocer a ciencia cierta dónde no está. Amor no está en los discursos que discriminan y al hacerlo se distancian de lo otro como si estuviera en un mundo distinto; tampoco está en gobiernos que tratan a sus gobernados (que deberían ser sus objetos amados) como carne de cañón; ni en el consumo desaforado que lo vuelve una moneda de cambio; ni en quienes dicen preocuparse por el bienestar de lo otro pero con sus actos provocan lo contrario. Quizá esa sea la forma de definir lo indefinible, sabiendo identificar su total ausencia y asumiendo que mientras no sintamos amenazado nuestro bienestar, ahí está Amor acompañándonos con la tranquilidad del que se sabe inacabado. Habrá que aprender a verlo, simplemente, sin ansiedades destructivas ni expectativas voraces.

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