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Nuevas reflexiones sobre la friendzone

Por Nerea Barón:

Hace un par de meses escribí El mito de los hombres buenos, en donde denunciaba cierto tipo de violencia que el así llamado “friendzoneado” ejerce cuando deliberadamente se ensordece a la voluntad de la mujer. La columna se distribuyó bastante y, aunque recibió algunos aplausos, también llovieron toda clase de críticas.

¿Se me olvidaba acaso la alevosía con la que muchas mujeres se beneficiaban simbólica o materialmente del deseo de sus pretendientes? ¿Estaba diciendo que era violento poner sobre la mesa el deseo propio, tener esperanza, jugar en contra de las probabilidades? ¿Que sólo se valía cortejar si tenías un sí seguro? ¿Estaba igualando moralmente la violencia del opresor con la del oprimido, asumiendo que la mujer siempre tenía el lugar de la oprimida, cuando en esta clase de relaciones solía ser ella la que disponía a voluntad del hombre, la que lo cosificaba si necesitaba apapacho o boletos para un concierto?

Meter a todos en el mismo saco siempre da problemas. Podríamos hacer clasificaciones y diferenciar a los hombres que insisten aunque ya hayan recibido una negativa contundente de los que sólo se quedan en la sombra de su propia timidez; o a las mujeres que son claras de las que usan la ambigüedad a su favor, etcétera. Finalmente, toda relación se entreteje a partir de las necesidades, intereses, anhelos y carencias de los individuos que la componen, sin excepciones.

No obstante, la semana pasada volví a pensar en la materia. Hablaba con un amigo de cómo hay ciertos días en los que me gustaría ser sólo una persona; es decir, en los que me gustaría que mi condición de mujer no influyera directamente en la forma en la se desenvuelve el mundo a mi alrededor.

Tal vez los hombres no estén tan conscientes de ello, pero como mujer, al menos en México, una debe permanecer vigilante para ver cuándo las sonrisas, favores, gestos de amabilidad, abrazos o planes casuales están siendo interpretados como meras monedas de intercambio sexuales. ¿Aceptaste ir a cenar con alguien? ¿Le sonreíste en la calle? ¿Lo mensajeaste de la nada para contarle una anécdota cuando lleva poco de ser tu amigo? ¡Pum! Ya te comprometiste a acostarte con él y si no se lo cumples, eres una histérica buscona calientagónadas.

El otro día mi padre me decía que es curioso cómo ninguna mujer en la calle lo mira a los ojos, ni siquiera cuando le está brindando un servicio. Después de que me lo dijo, caí en cuenta de que yo procedo de igual manera: si pido verduras en el mercado o doy las gracias a quien me cede el paso, muchas veces lo hago mirando a otra parte, no vaya a ser que adquiera un contrato sexual que después me persiga.

Pero yo quiero poder mirar a los ojos. Que en la jerarquía de los intercambios humanos el sexo adquiera el lugar más alto, es un error de juicio que nos está costando un empobrecimiento generalizado en las relaciones. ¿Por qué tendría que ser tan denigrante ocupar el lugar del amigo, por ejemplo?

Entiendo el drama en el que nos encontramos: a diferencia de lo que ocurre en la economía, en donde tenemos una moneda de intercambio estandarizada y de común acuerdo (podemos saber cuánto cuesta un aguacate, más o menos), en las relaciones humanas no se puede predeterminar el valor de los bienes intercambiados ni sus equivalencias, y eso lleva a un sinfín de frustraciones, decepciones, malentendidos y necesidades de reajuste constante.

Sin embargo, si ese es el precio a pagar para tener relaciones auténticas –el de frustrarnos y acostumbrarnos a hablar entre nosotros– quizá convendría empezar a ejercitarnos en la materia y, en metáfora cortaciana, dejar que la infinita rosa de los vientos que hay entre el sí y el no, se despliegue libremente.

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2
  • Mariana

    Nunca había pensado en lo de mirar a los ojos… Ya entiendo por qué a veces algunos hombres se incomodan cuando cruzamos miradas. Y no, No tiene por qué ser algo sexual. Me gusta pensar que de tanto hacerlo en algún momento nos acostumbremos, o no sé.

  • Roberto Cardozo

    Efectivamente, es muy difícil invitar a cenar a alguna amiga sin que ella piense que hay otras intenciones más allá de solamente platicar. Esto hace que las conversaciones no fluyan de manera natural, ya que uno debe estar pensando en las palabras a utilizar.

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