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Nombres enlatados

Por Alejandra Eme Vázquez.

 

«¿Qué es lo que encierra un nombre? El dulce olor de la rosa sería el mismo si con otra palabra la llamáramos».
William Shakespeare, Romeo y Julieta

 

Salí el miércoles pasado al mediodía para completar mi misión autoimpuesta: fui a la tienda, abrí el refrigerador rojo, saqué una lata evitando mirar su reverso, pagué, caminé a casa sin caer en la tentación de saber y hasta ponerla sobre mi mesa vi que mi Coca-Cola decía: “Mariana”. Qué importa, pensé, y la bebí feliz, creyéndome inmune a la estrategia. Llevaba días leyendo y escuchando comentarios sobre la campaña onomástica del refresco más famoso del mundo, las burlas hacia la gente que se vuelca a buscar su propio nombre (sin importar que la campaña en realidad se trate de compartir el producto con alguien), y la reprobación hacia esa euforia colectiva en la que yo “jamás, pero jamás”, iba a caer.

O eso pensaba. Como es su costumbre, el destino me tenía deparada una de sus famosas ironías. El mismo miércoles, pero por la noche, fui a otra tienda a buscar algunas cosas para mi cena. En mi lista de necesidades no figuraba ningún refresco; suficiente había sido con la bomba de azúcar del mediodía. Estaba por pagar cuando volteé distraídamente hacia el refrigerador rojo, ya bastante saqueado por la horda consumista, y para mi sorpresa, entre algunas botellas en desorden estaban dos o tres latas volteadas hacia mí para que pudiera ver claramente la palabra fatal: todas ellas me gritaban “Alejandra”.

Así es como desde el miércoles 30 de julio tengo en mi refrigerador una lata con mi nombre que parece saludarme, divertida, cada vez que busco un trozo de queso, helado o los ingredientes de la comida del día. No he bebido su contenido porque me causa un “algo” que no atino a explicar y que no tiene que ver con que ignore que hay millones de Alejandras en el mundo, que la lata no era exclusivamente para mí y que la estrategia publicitaria se basa en reacciones como la mía, viscerales. Lo menos que puedo hacer, entonces, es reflexionar al respecto.

¿Qué relación guardamos con nuestro nombre, ése que no elegimos nosotros pero que nos salva del anonimato durante toda la vida? Justo ahí, en esa pregunta, es donde incide la campaña de Coca-Cola, que nos obliga a tomar postura porque ese conjunto de sonidos/letras con el que firmamos y nos pasan lista no puede nunca sernos indiferente. Reconocer “Alejandra” en el refrigerador de aquella tienda me pareció un llamado inequívoco, y antes de que pudiera racionalizarlo sentí que estaba ante la oportunidad de tener ese objeto que, como los cuadernos de la escuela o mis juguetes favoritos de infancia, estaba marcado con esa palabra que me individualiza ante los otros. Incluso ante las otras Alejandras.

Un poco antes de mi experiencia con la Coca-Cola, MI Coca-Cola, estuve en una reunión familiar en donde hablamos justamente de nombres, sobre todo de las experiencias fallidas en registros civiles donde le preguntan al padre “¿cómo se llama?” y da su propio nombre, sin entender que se referían al recién nacido; de capturistas insconscientes que escriben “Alberta” en lugar de “Berta” o que ponen y quitan haches que luego provocarán torturas tramitológicas en los interesados. Uno de mis primos, rockero de corazón y que en las redes sociales se presenta con un sobrenombre muy irreverente, acababa de tener la anécdota de que en Facebook una de mis tías le había publicado un comentario usando su verdadero nombre, uno de ésos que solemos llamar “nombres de telenovela” y que con la sola mención lo avergonzó ante sus amigos: ¿cómo alguien tan rudo iba a tener un nombre tan “estético”?

En esa plática familiar salió también a colación, por experiencia directa de uno de los involucrados, que algunos registros civiles ya están implantando el recurso de hacer firmar a los padres una especie de carta-compromiso que los obliga a responder ante un juzgado si la pobre criatura decide, años después, que su nombre es insultante o inapropiado, en atención a quienes por muchos años han sido llamados impunemente “Anivdelarrev”, “Disneylandia”, “Jarripoter” y ocurrencias similares. Asociamos tan intrínsecamente el nombre con la persona, que si nos burlamos de la palabra, le damos otros significados o jugamos con ella, podemos provocar que el individuo se avergüence o se traume de por vida.

Coca-Cola ya ha hecho antes la campaña de los envases con nombre, primero en Australia en 2012 y después en Inglaterra, España, Argentina y otros países, siempre con un éxito abrumador. En México hay en total 488 nombres repartidos así: para las versiones regular y dietética podemos encontrar los que según datos oficiales son los más comunes, mientras que en la versión “zero” hallaremos diminutivos. Pero la estrategia considera todo: aquellos cuyo nombre se clasifique en lo “poco común”, pronto tendrán a su alcance centros de impresión en los que podrán personalizar su envase; o bien, en el sitio web se puede generar una lata digital para compartirla con algún contacto. Y quienes digan que ellos no caerían en la tentación, sólo recuerden la voz popular: “Nunca digas de esta agua (negra y bautizada) no beberé”.

Es cierto que en lo individual somos muy distintos y que buscar criterios absolutos que nos categoricen es acartonado, pero es verdad también que en lo colectivo tendemos a producir comportamientos previsibles; de ahí el éxito de los “memes” o de las marcas, por ejemplo. Al revisar a través del tiempo las campañas publicitarias, especialmente de Coca-Cola, pueden notarse aquellos temas y estructuras que sin duda nos moverán irresistiblemente por todos los referentes que tenemos instalados de antemano. Por eso vale la pena detenerse pensar en las implicaciones de una campaña como ésta y entender justamente las estrategias que pueden superar a la razón, para tomar criterio y comprender que hay cosas que nos confrontan con nuestro lado más irreflexivo. Después de todo, ¿qué es lo que enlata un nombre?

Feedback

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  • Sandra Peña García

    Hola Ale muy buena tu reflexión acerca de lo que encierra un nombre y que Coca-cola lo explota mercadologicamente muy bien, te comento que en algún lugar leí que aunque parezca increíble elegimos nuestro nombre, no se si sea verdad, lo que si se es que yo soy profundamente feliz con mi nombre y no me imagino con otro nombre. Creo que no caeré en las estrategias de la Coca-cola porque no me gusta, así que bueno si esta en una lata ya que. Un abraso Ale, me encanto convivir contigo

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