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Nombrar para existir

Por Deniss Villalobos:

“The limits of my language means the limits of my world.”

― Ludwig Wittgenstein

Hace unos días leí un artículo sobre el color azul y creo que antes de eso no había pensado dos veces en algún color en particular, mucho menos en el azul porque ni siquiera es mi favorito (perdóname, mar, pero me hipnotiza más el verde de tus algas). Nunca me pregunté si el azul existió siempre o si antes de azul el azul era otra cosa. Quién le dio ese nombre, por qué, desde cuándo y, en especial, si el azul existe para todo el mundo. Asumí, durante toda mi vida, que los colores que veo son los mismos para todos y que esos colores existieron antes que todo.

El artículo que menciono, en cambio, habla acerca de algo interesantísimo: el color azul fue el último en aparecer en las culturas antigua. En la Odisea, Homero describe el color del mar como “oscuro como el vino” en lugar de azul oscuro. En 1858, William Gladstone, un investigador inglés, se dio cuenta de que ésa no era la única descripción extraña de un color. Aunque Homero describe los detalles de la ropa, las armaduras, el armamento, rasgos físicos, animales y más, sus referencias al color son extrañas para los lectores modernos. Por ejemplo, el hierro y las ovejas son de color violeta y la miel es de color verde.

Pensar en los colores y cómo sin nombrarlos pareciera que no existen, recordé algo que Tolkien dijo en Mythopoeia:

«You look at trees and called them ‘trees,’ and probably you do not think twice about the word. You call a star a ‘star,’ and think nothing more of it. But you must remember that these words, ‘tree,’ ‘star,’ were (in their original forms) names given to these objects by people with very different views from yours. To you, a tree is simply a vegetable organism, and a star simply a ball of inanimate matter moving along a mathematical course. But the first men to talk of ‘trees’ and ‘stars’ saw things very differently. To them, the world was alive with mythological beings. They saw the stars as living silver, bursting into flame in answer to the eternal music. They saw the sky as a jeweled tent, and the earth as the womb whence all living things have come. To them, the whole of creation was ‘myth-woven and elf patterned’.»

Las palabras solían tener un significado especial, en algún momento también describían un mundo lleno de magia y no sólo a objetos o fenómenos que ahora encontramos comunes. Nombrar un astro era, de alguna forma, hablar de una melodía eterna y escucharla incluso después de pronunciar la palabra “estrella”. El lenguaje nos da el poder de crear mundos, podemos decir “centauro” y la imagen que aparece en nuestra mente no existe en un plano físico pero está ahí, en un mundo en el que nombrar es también crear.

En el artículo que mencioné antes, se habla de un experimento realizado con una tribu en la que no existe una palabra para el color azul, pero sí otras para diferentes tonos de verde. En una pantalla aparecen diferentes cuadros de color verde, y uno de ellos es ligeramente distinto a los demás; para una persona que no es parte de la tribu esa ligera diferencia no es notable, pero para quien sí lo es, es fácil distinguir el cuadro en el que el color cambia.

En cambio, si se hace lo mismo, pero incluyendo un cuadro de color azul, totalmente distinto al tono verde del resto, es para los miembros de la tribu mucho más difícil reconocerlo.

En La niña del faro, Jeanette Winterson afirma: «Los nombres todavía son mágicos; incluso nombres como Sharon, Karen, Darren y Warren son mágicos para alguien en algún lugar. En los cuentos de hadas, nombrar es sinónimo de conocimiento. Cuando conozco tu nombre puedo gritarlo, y cuando grite tu nombre vendrás a mí.»

El azul no existe para todo el mundo, y para muchos de nosotros es casi imposible reconocer tonos distintos de verde porque no tenemos tantas palabras para nombrarlos. Eso es un pequeñísimo ejemplo de cómo nombrar le da forma y color al mundo. Si las cosas existen hasta que alguien las observa, habría que pensar también en todas las cosas que aún no vemos porque no tenemos una palabra para ellas. En cómo el lenguaje y el mundo físico están relacionados porque nuestra vista es capaz de ignorar aquellas cosas para las que no tenemos una palabra. En cómo Jeanette Winterson tiene razón: nombrar es sinónimo de conocimiento.

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