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Noche infinita

Por Nerea Barón:

Escribo esto,

desde una noche sin desdén,

sabiendo de antemano,

que éste,

mi cauce fluvial,

no cesará de existir…

Eric Bernal

 

La gente viene y se va. Las separaciones amorosas llegan a irrumpir las expectativas y los hábitos, las chicas de bachillerato desaparecen del aula corriendito año tras año y los amigos se mudan tanto y tan seguido que es difícil seguirles la pista. La gente viene y se va, los proyectos se acaban, la noche cae, y de repente llega el silencio.

Rara vez es silencioso ese silencio. La ciénaga del propio pensamiento es profunda y reptamos en ella; prendemos cigarros, ponemos música un poco triste un poco etérea, damos vueltas por la habitación, buscamos a gente en redes sociales. El ruido de fondo de la mente llega a invadir casi siempre con sus preguntas egóicas: ¿Por qué? ¿Y ahora qué? ¿Cómo y desde dónde he de decir “yo” de aquí en adelante? Preguntas que desdoblan realidades alternas –qué estará haciendo quién, qué voy a hacer si–, mismas que no existen en nuestra propia realidad, pues su materialidad animal sólo soporta un tiempo y un espacio.

Pero no sé. Quizá. Si de repente resistiéramos la tentación de desdoblar el tiempo, quedaría simplemente esto: tres sillas, una avena con manzana y chía, una perra con juguete en boca, dos platos sucios, un mueble sin armar y una sudadera suavecita suavecita, como de comercial. Objetos sin filo y un reloj que a diferencia del corazón nunca se acelera.

Pensaba el otro día en medio de una noche infinita: sólo tenemos tiempo, cuerpo y palabra. Un tiempo sin mayúsculas que vendría a bien llamarlo mejor días de la semana. ¿A qué actividad, a qué persona le vas a ofrendar tu martes por la tarde, tu domingo por la mañana? El tiempo como un telar en el que uno mismo se trama. Un aquí distendido que te insta a ser con una paciencia mortal y que se extiende por todo tu cuerpo; cuerpo-palpitar, cuerpo-pulmón, cuerpo-garganta, cuerpo-boca húmeda y palabra.

Quizá incluyo a la palabra porque soy cantora y canto textos, augurios, poemas. Porque fundo lazos ancestrales cuando nombro y formo al mundo con la punta de la labia, y porque en la palabra está el otro que recibe con su cuerpo-oído, su cuerpo-corazón, su cuerpo-angustia, su noche infinita y sus tres sillas.

La gente viene y se va, es verdad. Pero con una pizca de suerte, un noche cualquiera llega el silencio para compartirse y, si te quedas quietecito, quietecito y lo dejas calzar en tu propio silencio, todo se vuelve aire fresco, palabra, cuerpo y posibilidad.

Ilustración de Jimmy Liao.

 

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