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No soy racista, pero…

Por Deniss Villalobos:

Un centenar de muertos negros es igual a un muerto blanco.

Chimamanda Ngozi Adichie

En la fotografía que encabeza este texto aparece la familia Loving,  protagonista de una historia admirable e inspiradora que, de manera breve, compartiré aquí: Mildred y Richard, ambos ciudadanos norteamericanos, fueron sentenciados en 1959 a ir a prisión. ¿El delito? Simplemente estar casados, pues en Virginia, estado en el que vivían, el matrimonio interracial era un crimen. Años antes, la pareja se había desplazado a Washington para poder unirse legalmente, pero quisieron volver a Virginia, donde siempre habían vivido, para poder estar cerca de sus familias. Gracias a una llamada anónima, la policía del pueblo en el que habitaban comenzó a vigilar su casa esperando sorprenderlos teniendo sexo en algún momento, acto que también era ilegal en el estado. Una noche, cuando irrumpieron en el hogar de los Loving, Mildred mostró su certificado de matrimonio y  éste se convirtió en la principal prueba del delito que la pareja había cometido.

La sentencia podría ser suspendida con la condición de que los Loving dejaran el estado por, al menos, veinticinco años. El juez escribió: Dios todopoderoso creó las razas: blanca, negra, amarilla, café y roja, y las colocó en continentes separados. El hecho de que él separase las razas muestra que no tenía intención de que éstas se mezclen.

Los Loving dejaron Virginia, pero algunos años después, en 1964 y cansados de no poder visitar a su familia ni criar a sus hijos en su verdadero hogar, la pareja llevó su caso a la Suprema Corte en Washington, y no fue hasta 1967 que, finalmente y por unanimidad, se decidió fallar contra el estado y se declararon inconstitucionales todas las leyes anti-mestizaje del país.

Hace solo 48 años sucedían cosas como ésta (además de muchísimos otros casos de racismo de formas tan variadas como terribles), y esto me hace pensar en algo sorprendente: hoy en día muchas personas piensan que el racismo es algo que quedó en el pasado. Admiramos a quienes lucharon de frente contra el racismo, como los protagonistas de esta historia, u otras figuras importantes como Malcolm X, Nelson Mandela o Martin Luther King Jr., pero cometemos, muchas veces, el enorme error de pensar en el racismo como un enemigo vencido, un fantasma que dejó de embrujar nuestra casa, cuando en realidad lo único que hemos hecho es acostumbrarnos a su presencia.

El racismo, lamentablemente, existe en prácticamente todos los países. Podemos seguir su rastro, lleno de sangre e injusticias, alrededor de todo el mundo. También podemos señalar a “los países más racistas”, leer las declaraciones de tal o cual ONG, acusar a europeos o estadounidenses que no quieren mexicanos cruzando por la frontera; pero hay otra cosa que deberíamos hacer, una mucho más difícil: vernos al espejo y señalarnos a nosotros mismos.

Hace tres días en Lampedusa, una de las mayores islas del mar Mediterráneo, 700 migrantes fallecieron a causa del hundimiento del barco en el que viajaban intentando llegar a Europa al entrar por Italia. Las razones de este desplazamiento continuo y creciente son innumerables: guerra, extremismo religioso, hambre, desastres naturales y un etcétera no menos terrible, y aunque es importantísimo y urgente demandar vías de migración legales y seguras en los países de origen, además de en la UE al lado de aquellas operaciones destinadas a encontrar y salvar migrantes en el mar (a las que varias organizaciones acusan de no ser más que intentos por reforzar la vigilancia y seguridad en las fronteras), es casi imposible ponerse a pensar en todo esto y no concentrarse simplemente en la tragedia: cientos de personas muertas, entre ellas 50 niños, de las que no conocemos absolutamente nada, están flotando en el mar. No hay nombres, edades, lugar exacto de origen o fotografías. No hay nada más que un número.

Pensemos en los Loving: cincuenta años después de su historia nosotros podemos casarnos con cualquier persona, incluso de nuestro mismo sexo si vivimos en el DF, y no iremos a la cárcel por ello. Eso, por supuesto, parece un gran avance. Los colores no importan más en varios lugares y aspectos. Nadie puede prohibirte la entrada a un lugar por el color de tu piel, no pueden negarte un trabajo por la misma razón, no pueden insultarte en la calle si eres blanco, negro, amarillo, azul o verde. Pero los problemas relacionados al racismo no se reducen solo a eso, porque en este mismo momento hay personas que no pasan por ninguno de estos conflictos: un mal trabajo, un amor casi imposible o insultos callejeros. Están, simplemente, siendo olvidadas. Así que cuando hablaba de que debemos vernos al espejo y señalarnos, me refería justo a esto: solemos ignorar el sufrimiento de una persona por su color de piel.

Lamentamos las muertes de las que nos enteramos gracias a las noticias e internet, aunque no hayan pasado en nuestro jardín trasero, y podemos llorar al imaginar el horror por el que las víctimas pasaron y el dolor que deben estar sintiendo sus familiares. Condenamos, rechazamos y deploramos: somos Charlie, somos cada persona que viajaba en un avión que un loco estrelló, somos cada muerte de la que nos enteramos y se hace viral porque los fallecidos pertenecen a la sociedad occidental pero, seamos honestos, muchos ignoramos las tragedias y las causas de éstas si las víctimas no son personas blancas. Importa más un muerto blanco que uno negro. No es una ofensa decirlo, no es un insulto señalar el obvio racismo detrás de cosas como ésta, lo que sí está mal es el racismo. Podemos escuchar o dar un montón de excusas: “no me duele igual porque no pasó cerca de mí”, “es que ya es normal”, “claro que no soy racista, tengo un amigo negro”, “el racista eres tú que reduces todo a dos colores, ¿no sabes que hay negros en Europa?”, “eres un chairo”, “a ver, señálame el lugar en un mapa”, “no sabes nada del tema”, “también hay chinos, árabes o negros racistas”, “no puedes decirle a nadie de qué debe o no debe indignarse”, “ocúpate de los problemas de tu pais”, “no soy racista, pero…”.

Ese “pero” es el que me molesta tanto. No sé si abordé bien el tema o si quedó claro lo que quería decir, solo estoy un poco cansada, y en especial muy triste, por escuchar tantos pretextos para justificar algo tan obvio: que no importe es, también, una forma de racismo. Cerrar los ojos, normalizar e ignorar no está arreglando nada. El racismo no está en el pasado: vivimos cerca de él todos los días. Llamamos chino a cualquier asiático, usamos “negro” como un insulto, buscamos una pareja que nos ayude a “mejorar la raza”, relacionamos el color de piel con algún nivel socioeconómico y la lista continúa llena de cosas grandes o pequeñas que, si no somos autocríticos, no podremos identificar y eliminar de nuestro vocabulario y comportamiento. El racismo no se combate ignorando el racismo, y aceptar un hecho tan obvio debería ser el primer paso para entender el problema: la vida de cualquier persona en el mundo, sin importar su color, es exactamente igual de valiosa que la propia.

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