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(No) (se) (olvida)

Por Alejandra Eme Vázquez:

 

Nací un viernes de 1980, en el hospital “Darío Fernández” de Barranca del Muerto. Una vez que al fin vi la luz del mundo y lloré, como lloramos todos porque desde ese momento cualquier tiempo pasado ya es mejor, el médico le dijo a mi mamá con dicharachero acento norteño: “¡Es una vieja, y por poquito le sale revoltosa!”. Se refería a que por cincuenta minutos, “me salvé” de nacer en 2 de octubre. Por poquito me toca que algún humorista negro me preguntara a cada vuelta al sol que si el “no se olvida” era por mi cumpleaños y por poquito adorno mi pastel con los versos de Vallejo: yo nací un día que Dios estuvo enfermo, grave.

Como sea, crecí celebrando el día después, en el aniversario de barrer los cuerpos y encabezar los periódicos con un “aquí no ha pasado nada”. Supongo que también crecí, como muchos de mi generación nacidos otros días y otros meses, sabiendo que era necesario pasar la estafeta de esa memoria heredada a los más jóvenes y quizá por ello, mientras di clases de español en secundaria no había manera de que octubre no comenzara con la lectura de Rosario Castellanos, de Juan Villoro, de Elena Poniatowska, porque sólo tenemos acceso a la experiencia ajena y con eso nos tenemos que construir conciencia. “Para no estar condenados a repetirlo”, dicen, y de pronto nuestra frágil y engañosa memoria adquiere una responsabilidad que la rebasa: ¿cómo se transmite un recuerdo que es más bien un vacío, una mutilación?

Recordar es un acto performativo que ocupa un tiempo y un espacio traducidos a cuerpo. Cuando recordamos algo que sí vivimos, el acto viene acompañado de toda una escena racional y sensorial que debemos acomodar en el archivo y que muy probablemente pueda ser recreada cada vez que nos asomemos a ese sitio del pensamiento. Pero cuando recibimos la estafeta de un recuerdo colectivo, a veces uno que ni siquiera nos tocó vivir (o que nos tocó vivir distinto, en un fragmento mínimo), recibimos ya un archivo que nos corresponde convertir en vivencia a como dé lugar. A veces la vivencia se reduce a palabras solamente, a ese “no se olvida” que ya significa tantas cosas y que no necesariamente equivale a recordar performativamente. Y aunque así fuera, hay que vivir con la frustración de que la memoria por sí misma no cambia nada hacia el exterior; si acaso cambia filtros, formas de pensar o, con suerte, maneras milimétricas de actuar, pero nada que desde nuestro pequeño cuerpo parezca hacer honor a lo recordado.

Pienso en las lecciones de memoria histórica que a veces nos juega, cruel, la realidad. Pienso en que los 43 normalistas que el Estado desapareció hace tres años estaban reuniendo fondos para viajar a la ciudad de México y asistir a la marcha del 2 de octubre, justamente, cuando se repitió la narrativa. También estudiantes, también verdad histórica, también mano tendida. También los acompañamos de corazón, de cuando en cuando, porque de alguna forma estuvimos en el mundo mientras sucedió y compartimos la responsabilidad de no dejar solos a aquellos cuyas vidas cambiaron para siempre; y también hay momentos en que nos descubrimos siendo felices, con el “ni perdón ni olvido” arrumbado en algún cajón, y tenemos que acomodar eso también en nuestra limitada parcela, que es decir nuestra limitada persona.

Pienso en el doloroso edificio de Bolívar y Chimalpopoca, colapsado el 19 de septiembre de 2017, que entre muchas otras cosas nos puso luz sobre nuestra propia desmemoria al replicarse con gran exactitud las condiciones de ese otro edificio, el de San Antonio Abad, colapsado el mismo día de hace 32 años. También una fábrica, también víctimas costureras, también vidas que fueron puestas en último lugar y también incapacidad de todos los ajenos a esa realidad para verla antes del derrumbe. Otra vez. Desearía que pudiera garantizarse que esta vez de verdad se van a quedar en la lista de deudas que todos compartimos, que no dejaremos la responsabilidad de buscar justicia sólo a los directamente afectados y que no necesitaremos una nueva tragedia para recordar que antes ahí mismo había una herida, pero ya no estoy segura de que algo así pueda garantizarse. ¿Cómo vamos a decir ahora que no olvidaremos algo que ya antes hemos olvidado?

A veces decimos que recordamos por no decir que cargamos un vacío que nos pesa y nos duele cada tanto. A veces decimos que recordamos porque asistimos a marchas, porque pasamos lista y porque intentamos con todas nuestras fuerzas dimensionar vidas y mundos que no conoceríamos de no ser por la injusticia y la tragedia. A veces sólo decimos que recordamos y decirlo se convierte en el recuerdo mismo, como cuando juramos que de veritas queríamos ayudar y con eso descansa nuestra conciencia, como si la palabra equivaliera a la acción. Y no equivale, pero a veces es lo único que tenemos. Eso, y la certeza de que recordar es resistir porque es una necedad, porque el afán de no olvidar contraviene nuestro propio diseño si la memoria es inexacta, acomodaticia, caprichosa, y si hay toda una estructura que nos tienta al olvido, que nos invita a normalizar, a superar, a “seguir adelante” pese a que todos los puentes estén destruidos.

“Recuerdo, recordemos, hasta que la justicia se siente entre nosotros”, dice Rosario Castellanos en su Memorial de Tlatelolco, y quizá sólo nos quede asumir la memoria, propia o prestada, como única forma de preservación real. Porque a veces el recuerdo sí detona acción, como sucedió con los jóvenes de 2017 que ante la tragedia le pusieron cuerpo a la memoria de un 1985 que no vivieron pero estaba en algún sitio de ese imaginario colectivo tan imperfecto. Tal vez eso sea lo que hacemos cada que decimos “no se olvida”: sostener una memoria mutilada confiando en que bajo ese ruido blanco del recuerdo se gesta algo, se fragua un cambio al que contribuimos aunque sólo veamos de él pequeñas ráfagas. Tal vez sólo se trate de comprometer en eso nuestros cuerpos, así sean cuerpos amanecidos tras el 2 de octubre.

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