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No se levantan los sombreros negros

Por Alejandra Eme Vázquez:

Lamento contrariarla, pero yo

no la recuerdo.

 

*

Entre mis afectos de lectura, tengo un cariño especial (y un poco torcido, hay que aceptarlo) por aquellos relatos de José Emilio Pacheco en los que el personaje protagónico jura haber vivido algo de lo que después no encuentra rastro alguno, ni en el plano material ni en el inmaterial: sólo su recuerdo, que se pone en duda. Qué angustia de lectora, estar segura de que el compañero Langerhaus sí existió aunque no haya evidencia, que Jim y Mariana eran cien por ciento reales, cómo no, o que Olga está diciendo la verdad sobre la desaparición de su hijo aunque la juzguen loca. Y qué necedad, releer con la esperanza de que ahora sí se descubra alguna pista que restituya ese agujero negro que la ficción ha dejado abierto, pese al punto final.

Probablemente ese torcido cariño se debe a mi obsesión por la memoria, que disfrazo de virtud cada que tengo oportunidad. Pueden haber pasado las tres semanas de vacaciones de Semana Santa completitas pero yo, al volver, entro a mis seis grupos recitando con exactitud en qué nos quedamos la última clase. Me acuerdo de teléfonos que ya no debería recordar y de palabras exactas que me atormentan. Todavía me sé “Reír llorando” de principio a fin, aunque ni gané el concurso de declamación en la secundaria. Hago ejercicios de mnemotecnia más frecuentemente de lo que me gustaría admitir. Porque temo a la desmemoria. Temo a los blackouts de la borrachera y a que otros tengan que venir a contarnos qué hicimos en ciertas circunstancias de inconciencia. Temo a la sensación de la mente en blanco por nervios, por estrés, porque se le dio la gana. Temo que los momentos en que he ido a la cocina por algo que no atino a recordar sean el detonante de un olvido progresivo.

Pero sobre todo temo a que, efectivamente, la memoria me traicione.

Temo a mi recordar inexacto, tan lleno de mí y de mis deseos, de mis obsesiones y trampas. Temo que lo que afirmo como verdad atestiguada pueda caerse al primer careo con otro testigo de lo que se supone que es el mismo hecho. Temo ser protagonista de un relato de Pacheco y que en realidad me haya inventado todo, porque si es cierto eso de que sólo usamos el-tres-por-ciento de nuestra capacidad mental, qué tal que sí somos perfectamente capaces de jaquear nuestra propia memoria instalando recuerdos ficticios que luego (¡ups!) olvidamos haber instalado.

**

Lo leí hace muchos años, mientras mataba tiempo en la sala de espera de mi dentista, en un suplemento de cultura semanal que ya no existe y que tenía una sección titulada “Hasta atrás”; la sección, que aparecía siempre en la última página, era una miscelánea de temas y autores diversos. Me acuerdo de la sala de espera, me acuerdo de la sensación de tener la revista en las manos y de la fascinación con la que leí este texto particular, pero no recuerdo su autor. Respecto al título, estoy casi segura de que solamente hacía referencia al lugar del que se hablaba: Holland Park, un parque inmenso ubicado al este de Londres, conexión entre diversos puntos de la ciudad y camino obligado para muchos londinenses.

Este texto fantasma contaba, lo juro, la leyenda de que Holland Park es una especie de puerta a la dimensión desconocida en la que uno puede encontrarse ni más ni menos que a su doble exacto. El autor fantasma narraba como una experiencia inolvidable su propio paseo otoñal por el enorme parque, observando con detenimiento a los caminantes locales enfundados arquetípicamente en gabardinas oscuras, con portafolios y sombreros negros, con actitud de gente respetable pero con paso inusitadamente apresurado, gesto muy serio y todos cabizbajos, cuidándose de no establecer contacto visual entre ellos porque la leyenda se completaba con el dato de que si alguna vez un paseante se hallaba de frente a su doble y sus miradas se cruzaban, ambos caerían muertos en ese preciso instante.

El tema se convirtió en uno de mis favoritos por mucho tiempo. Hasta escribí un poema titulado “Holland Park”, del que por cierto ya no tengo registro, y tiempo después envié un correo a la revista para ver si me podían ayudar a encontrar el texto, aunque en la página donde aparecían sus datos de contacto advertían que no daban informes sobre números atrasados. De eso sí hay prueba:

Nunca me respondieron.

Luego el suplemento desapareció y la historia quedó archivada por un rato. Cuando la vida nos bendijo con el milagro de Internet y sus entrenados buscadores, comenzó la cacería encarnizada de todo lo que siempre quisimos saber pero nunca habíamos podido preguntar. Un día pensé que ya era hora de conocerlo todo sobre la leyenda de Holland Park y lo tecleé así, como al descuido, con esa seguridad pagada de sí que tenemos cuando le rezamos a San Google. Pero mi búsqueda no arrojó resultados, incluso cuando hice uso de todos los trucos de avanzada. Holland Park existe, hay fotos, hay apartamentos en renta y una entrada en Wikipedia; pero de la leyenda, nada. Aun ahora, con redes sociales repletas de viajeros avezados y todólogos consumados, nadie ha podido darme razón.

No sé si pueda resolverse con un “me lo inventé” porque el recuerdo de toda la circunstancia es tan vívido en tantos detalles, que mucho me temo que quitarlo del archivo de mis cosas ciertas sea equivalente a quitar esa piedrita que resulta que sostenía la columna entera. De cualquier modo, no me parece viable darme el crédito de haber creado yo sola esa historia fascinante, aunque resulte tentador pensar que somos capaces de contarnos esa clase de cuentos. Tampoco pienso volver a emprender una cruzada para obtener información que cierre el agujero negro. He aprendido a vivir con el hecho de que Holland Park sea mi Langerhaus: la proyección de una memoria que, por más previsiones que se tomen, descansa en su imperfección como requisito ineludible.

***

Heredé de Angelita, mi abuela materna, mi obsesión memoriosa. Angelita se acuerda de todas las cosas como si estuviera viviéndolas nuevamente. Ha retenido, como la mejor agenda, las fechas de cumpleaños familiares habidas y por haber, incluyendo agregados culturales y personas non gratas. Si alguien relata en su presencia algo por ella conocido y equivoca una fecha, un lugar o un participante, Angelita interrumpirá de inmediato para corregir el error. Uno siempre puede confiar en la memoria de mi abuela y hay una angustia palpable cuando olvida algo, pero nunca me ha tocado ver un solo caso en que ese vacío no se resuelva poco después, cuando su memoria Funes vuelve a dejar todos los cabos atados con doble nudo.

Un buen día, en honor a Angelita y a todo lo que es memorable en este mundo, me decidiré a resolver el enigma. Viajaré a Londres, me pondré una gabardina, un sombrero negro, y me pasearé por Holland Park con la vista en alto, todo el tiempo. Será un paseo inolvidable que durará varias horas. Me sentaré en distintas bancas, en el pasto, bajo todos los árboles, y me iré cuando comience a anochecer. A menos que en el ínter me encuentre de frente con una mirada demasiado conocida en un rostro demasiado conocido y antes de desfallecer ante el espejo vivo, alcance a esbozar una sonrisa llena de triunfo y alivio porque tendré la certeza de que mis detractores podrán tacharme de lo que sea, pero nunca de desmemoriada.

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