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No oyes perrear los libros

Por Alejandra Eme Vázquez:

La campaña “Perrea un libro”, propuesta por el Departamento de Difusión del Instituto de Investigaciones Filológicas (IIFL) de la UNAM,  ha desaparecido del mapa. Y no sólo eso: su acto de autoborramiento viene después de un rechazo generalizado de la opinión pública, entre burlas y enojo, por el uso del reguetón y el perreo para difundir la lectura. Que el más importante centro de investigaciones lingüísticas y literarias de la máxima casa de estudios viera su imagen “mancillada” y “ridiculizada” fue algo que no se pudo soportar, ni dentro ni fuera de la universidad, y la serie de eventos desafortunados ha revelado aspectos importantes sobre las turbas mediáticas, la idea de clase intelectual, la visión social sobre la pedagogía y un sistema que aplasta incluso el derecho a disentir.

Por si no lo ha visto, aquí el video de “Perrea un libro”:

https://www.youtube.com/watch?v=2CneSfzi3Lg

Las primeras reacciones a la iniciativa no se enfocaban en el perreo, sino en el discurso de promoción de lectura tan obsoleto que se usaba en ella, como señala este texto de Alejandra Quiroz: http://consultoriodeletras.tumblr.com/. Después de adaptar a reguetón el libro Tren subterráneo, del investigador Fernando Curiel, la campaña se autosaboteaba al basar su discurso en una caracterización simplona, tajante y equivocada de su público meta: “A los jóvenes no les gusta leer libros, pero les gusta bailar”. Y tras demostrar cómo el texto literario puede sacarse de su materialidad y funcionar perfectamente en otro medio, terminaba por contradecirse al subordinar todo el experimento a Su Majestad El Libro, e incluso afirmaba que los jóvenes habían leído un libro “sin querer” mientras perreaban la canción, cuando lo que se había hecho era un ejercicio de literatura expandida que justamente replantea lo que significa la autoría, el medio y la lectura misma. No había por qué perpetuar la idea de la lectura como una purga que debe ser endulzada para las “clases iletradas”.

El instituto escuchó las primeras críticas y tendió la mano para el diálogo; sin embargo, lo que vino después fue, al menos para mí, bastante inesperado: en las redes sociales, una avalancha de comentarios sobre la campaña, ahora sí enfocados al asunto del reguetón, en la que participaron sobre todo varias figuras de la comunidad intelectual que se dedicaron mucho a tratar burlonamente el tema del perreo y muy poco, o nada, a discutir los puntos medulares sobre promoción de lectura en ese puente que ya se había logrado abrir, aunque fuera desde el error. Y digo que fue inesperado porque el asunto de la literatura que experimenta con otros medios y que se asocia con lo que todavía da en llamarse “baja cultura” no es nada nuevo: hay seminarios de investigación y congresos dedicados a estos temas, así como festivales y prácticas que buscan resignificar y explorar lo que consideramos literario a través del rap, el hip-hop, el propio reguetón, la cumbia y demás géneros musicales, pero también a través de las artes plásticas y otros discursos.

Aunque tiene sus detractores, la experimentación de la literatura expandida es bienvenida, o al menos tolerada, entre la comunidad académica y entre los creadores; entonces, ¿qué hacía diferente a esta propuesta del IIFL, parte integrante de la misma comunidad? Lo único visiblemente distinto eran tres cuestiones: a) no venía de creadores sino de un centro de investigaciones; b) desvirtuaba el interesantísimo proceso creativo de los músicos para enfocarse más en el baile (el título de la campaña es inexacto porque equivale a bailarle al libro, lo que bien podría probarse pero no necesariamente con afanes literarios); y c) envolvía el experimento en un discurso de difusión de lectura, que era justo donde tenía deficiencias pedagógicas, pero nada que no pudiera resolverse con el diálogo que prometió el propio instituto y del que ya se habían dado los primeros pasos.

El ingrediente del escándalo mediático lo cambió todo. Al respecto, Antonio Ramos Revillas publicó en Letras Libres el artículo “Contra ‘una’ promoción de la lectura”: http://www.letraslibres.com/blogs/polifonia/contra-una-promocion-de-la-lectura, en el que hace una profunda reflexión sobre lo que significa leer y sobre el concepto de alta literatura, advirtiendo los tintes de clasismo e intolerancia que tenía la mayor parte de la crítica a la campaña del IIFL. Y aunque ciertamente la revisión pedagógica en ésta y cualquier otra iniciativa de invitación a la lectura es necesaria porque no equivalen a heroísmo ni a caridad, no es la primera vez que la reacción de una comunidad ante casos como éste tiene efectos negativos: eso fue lo que supo ver y dijo muy a tiempo Ramos Revillas.

Muchos cuestionaban por qué la campaña eligió el reguetón, y la respuesta es tan circunstancial que hasta sorprende. Como apunta brillantemente Luigi Amara en su más reciente columna en La ciudad de frente (http://www.frente.com.mx/el-eterno-retorno-del-recorte-a-la-cultura/), el cada vez más recortado apoyo a la difusión cultural se suple con ingenio, parches y lo que se tiene a la mano; en este caso, los músicos más próximos que quisieron y pudieron sumarse a la iniciativa fueron los productores de la canción, y el investigador que respondió a la convocatoria interna del Departamento de Difusión fue Fernando Curiel. Nada más. No había trucos perversos ni intenciones sombrías detrás del planteamiento, lo que no quita sus fallas pero permite entender su contexto.

Muchas ideas de educación, alta cultura y lectura que se manifestaron mientras el juguetito a destrozar era “Perrea un libro” son sumamente discutibles. Y aunque finalmente ni ayudan ni estorban al trabajo real con jóvenes, que no dejarán de estar abiertos a las experiencias de literatura y aprendizaje, pueden tornarse peligrosas si por lo pronto el discurso inicial del IIFL se vio abruptamente modificado sin razón aparente, la campaña fue desaparecida y el diálogo, interrumpido. Es de esperarse que haya un gran descontento, incluso interno, de que se asocie a la academia con una práctica estigmatizada y del “atrevimiento” de usar para ello el nombre de instituciones cuya honorabilidad se entiende desde parámetros muy conservadores.

El asunto tiene su complejidad: por supuesto que debemos defender nuestro derecho a criticar, opinar y hasta burlarnos; pero simultáneamente, hace falta pensar qué tanto somos responsables y podríamos hacernos cargo de los torbellinos que generamos (queriendo o no) y que pueden llegar a consecuencias que no planeábamos ni deseábamos, pero suceden. Entonces se abren interrogantes: ¿esta campaña y las personas detrás de ella serán otro chivo expiatorio para una comunidad frustrada, sin mucho tiempo para estructurar sus críticas y urgida de explosiones?, ¿qué papel juega la clase intelectual en las “turbas furiosas” y en las soluciones?, ¿vamos a dejar que el espacio de la crítica, e incluso de nuestro derecho a la burla, sea aplastado por un sistema que en lugar de privilegiar el diálogo desaparece todo lo que le es incómodo?

Espero que no. Espero que el interés nos alcance para seguir atentos a lo que suceda una vez retirada la campaña, para que nadie salga perjudicado por una propuesta cuyo evidente mal planteamiento es reversible y que sin duda tiene intenciones de aportar desde su trinchera, como ya se ha hecho con la feria del libro del IIFL, diplomados y otras convocatorias. Ojo, porque la cacería de brujas suele terminar en incendio y no sería justo que se cortaran cabezas por este error que no es ni delito ni imposible de resolver, mucho menos en un medio que tiene a las palabras de su lado.

Lo que ha quedado muy claro, por lo pronto, es que todavía tenemos un largo camino por recorrer en cuestiones de pedagogía, de crítica, de diálogo y de perreo.

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