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No, no eres depresivo

Por Nerea Barón:

“Caminando, caminando,

vamos caminando hacia el sol.

Caminando, caminando,

vamos caminando hacia la libertad”.

Caminando, Rising Appalachia

Siempre me ha preocupado la psiquiatría. A menudo llegan pacientes a consultorio con depresión o ansiedad; pacientes convencidos de que para estar bien deben de tomar de por vida un medicamento.

Ahora bien, ¿padecen esos males? En muchos casos sí. El problema no necesariamente es el diagnóstico, sino el enfoque. No soy psiquiatra y cuento entre mis amigos al menos a una persona a quien los medicamentos le han salvado la vida –literalmente–, según el cuadro clínico del que se trate, pero conozco a muchos otros para quienes la dependencia a los medicamentos se ha vuelto un síntoma más y, más aún, una resistencia a la cura:

¿Cómo puede dejar de estar deprimida una persona diagnosticada como depresiva; es decir, que considera a la depresión una condición inherente a ella y un rasgo de personalidad? ¿Cómo puede entender la importancia de generar recursos para hacerle frente a sus males cuando está convencida de que carece intrínsecamente de ellos, tanto así que un profesional ya le auguró una vida de dependencia a recursos externos?

Las ciencias occidentales, con su ontología del ser, han olvidado que el ser humano es una serie de momentos más que una construcción fija. Asumen que es (en vez del incómodo gerundio está siendo) y en consecuencia asumen que siempre tendría que saber enfrentar ciertas cosas; siempre tendría que ser capaz de satisfacer él solo sus necesidades, de enfrentar sus batallas y, si no lo está logrando, asumen no lo logrará nunca.

La filosofía de la mente ha dedicado muchas páginas a intentar dar cuenta de la relación entre mente y cerebro y, aunque la discusión epistemológica sigue, una cosa queda clara:  no hay forma de reducir el fenómeno de la mente a una cuestión cerebral, pues los pensamientos y la interpretación del mundo tienen repercusiones innegables en el funcionamiento del cerebro.

Por eso, yo prefiero pensar en una ontología del caminar. Las identificaciones son  siempre temporales y en el continuo devenir se vale no poder, se vale extraviarse (y encontrarse), se vale equivocarse y sobre todo, se vale cambiar. Diagnosticar es fijar un mal, es dejar de concebir a la persona como un proceso.

Cierto es que en los momentos más críticos no basta la voluntad, no basta querer estar bien (o querer querer, a secas) y esa impotencia es la que recibe el nombre de depresión. Para eso existen los especialistas y en momentos muy concretos, un medicamento puede ayudar. Pero ahí no acaba la historia. La gran tragedia y el gran regalo de la vida es que ahí no acaba la historia.

Creerse una versión de uno mismo es hacer que la historia acabe antes de tiempo, una maldición no menor si consideramos además que esa versión ni siquiera nos acomoda.

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