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No hay lugar como el hogar

Por Alejandra Eme Vázquez:

I. Laseñoradelacasa

Era 2011 y Enrique Peña Nieto figuraba apenas como precandidato del PRI a la presidencia de México, en aquellos días a los que ahora quisiéramos acudir como viajeros del tiempo para advertirnos unas cuantas cosas. En plena precampaña, Salvador Camarena lo entrevistó para el diario El país y le propuso una dinámica aparentemente inocua, como tantas que al final sacaron a relucir el cobre de nuestro ahora presidente: le haría algunas preguntas más afines a los intereses concretos del “público en general”, y la plática devino en una suerte de examen sobre qué tantos referentes cotidianos compartía Peña Nieto con quienes tienen que enfrentarse a diario al ámbito de la así llamada microeconomía.

− Quería preguntarle cuánto cuesta el kilo de tortillas– inquirió Camarena.

− El kilo de tortillas… No soy… No soy la señora de la casa.

Después de eso dijo que debería estar “en siete u ocho pesos”, precio bastante cercano al real de aquel entonces. Ya cuando le preguntaron por el kilo de carne de res, el salario mínimo, los refrescos regulares y el café de Starbucks, el precandidato se admitió derrotado, sea por una respuesta absolutamente incorrecta o por su patente desconocimiento del tema. Como sea, la frase inmortal ya había sido dicha: ese “no soy la señora de la casa” se convirtió en celebridad inmediata y no precisamente por atención positiva. Fue tal el escándalo, que tuvo que salir a explicar que se refería a que él no hacía las compras sino su esposa y que todo su respeto a las mujeres, muy lindo él.

Este desliz de Peña Nieto fue quizá sorprendente para alguien que se decía tan preocupado por la ciudadanía y cuyo anhelo era estar al frente de un gobierno que se sintiera cercano a la población, al menos en apariencia. Pero en realidad, responde a una idea generalizada que se ha alimentado durante años, en el sentido de que lo que sucede a puerta cerrada en el hogar no es de la incumbencia de quienes manejan los grandes negocios, las empresas de Estado, las ideas o la cultura. Estamos acostumbrados a ver el espacio doméstico como una excepción al espacio político-económico y esto ha derivado en su desestimación crónica, su desvinculación del debate público, su desprestigio y su precarización tanto afectiva como socioeconómica.

Las esferas donde lo urgente es el detalle, el centavo y la cucharada de sal suelen verse como asuntos menores que no deben entrar en las preocupaciones de quienes salen al mundo sino del arquetipo de  “señora de la casa”, así, en femenino, porque la atribución histórica del ámbito doméstico se refiere a mujeres y porque en la realidad, según datos del INEGI, 60% del trabajo doméstico no remunerado y 95% del remunerado es cubierto por población femenina. El arquetipo evoca, entonces, a las personas cuyo trabajo, pagado o no, es saber que hace una década, cinco pesos de cilantro alcanzaban para diez litros de salsa y hoy alcanzan sólo para dos. Laseñoradelacasa se da cuenta de que el costo del detergente, de los pasteles, de la pechuga de pollo se ha multiplicado escandalosamente en menos de cincuenta años, y que el precio de las tortillas que respondió Peña Nieto cuando todavía no había comenzado su mandato se paga casi al doble en estos nuevos tiempos preelectorales, apenas seis años después.

II. H _ _ _ _, dulce _ _ g _ _

El concepto moderno de hogar es un laboratorio del capitalismo que rastreado históricamente se identifica con la conformación de familias nucleares a las que el Estado delega las tareas que han de sostenerlo, desde procurar la salud y educación de los más jóvenes para que luego se unan a las filas trabajadoras, hasta encargarse por completo de los adultos mayores y consumir lo que se produce masivamente en esos otros espacios que reciben toda la atención. Quizá por esta delegación condescendiente es que lo doméstico ha adquirido un significado tan despectivo, quizá por eso la ropa sucia se lava en casa y se barre nada más por donde ve la gente. Pero en realidad no hay nada que nos sea más cercano que nuestro hogar, definición que ya ni siquiera se limita al espacio físico de una casa sino a la comunidad y dinámicas que nos permiten funcionar en el mundo.

Así que lo urgente es que revirtamos la inercia y visibilicemos todos esos mecanismos que no sólo reflejan lo macroeconómico en aspectos concretos como el precio de las tortillas o del kilo de carne de res, sino que sostienen y validan esta división engañosa entre las actividades sociales “más” y “menos” trascendentes. Para que un hogar funcione en este sistema, se necesita resolver diariamente, a toda hora, un detalle tras otro; es imposible, entonces, que quien se encarga de ellos no se encuentre en horizontalidad con quienes hacen funcionar los engranes desde otros ámbitos, como los abogados o los precandidatos a presidentes de la República.

En su libro La negociación de la intimidad, Viviana Zelizer  apunta dos ideas que considera equivocadas al hablar de cuidados e intimidad doméstica: la primera es ver a los hogares como burbujas sentimentales en las que no entran cálculos económicos; la segunda, desestimar las actividades del hogar como si no fueran económicas en el sentido de macroeconómicas, incluyendo el trabajo doméstico de las mujeres y de los niños. Dice Zelizer:

“Nunca lograremos explicar la interrelación de la intimidad y las actividades económicas de los hogares si no reconocemos los esquemas propios de interdependencia y coordinación que producen los compromisos compartidos en estas comunidades de destino (…) La actividad económica en el hogar desaparece de los debates públicos acerca de la desigualdad y la productividad (…) Sólo después de reconocer que las tareas de cuidados han implicado siempre transacciones económicas podremos elaborar una economía de los cuidados con sensibilidad y espíritu democrático, brindándoles a las cuidadoras remuneradas mayores recursos, un estatus legal y un respeto del que previamente habían gozado”.

Hogar viene de fuego y el fuego es uno de los más importantes avances humanos en términos tecnológicos y por lo tanto, económicos. Esa hoguera alrededor de la cual se reúnen los seres queridos representa no sólo la calidez afectiva sino sobre todo, el combustible de una estructura social que parece funcionar sin él pero que en realidad lo necesita para existir. Eso es lo que nos urge reconocer, en este momento histórico en que sin reconocimiento de estructuras no hay cambio de paradigma posible.

Por eso es que la inteligencia de lo doméstico debería incorporarse como asignatura escolar, categoría epistemológica, requisito de vida, porque la relación que guardamos con el espacio del hogar define nuestra capacidad para entender e intervenir macroestructuras que dan la ilusión de funcionar incluso sin nosotros, pero no es así. No podemos permitirnos contribuir, con o sin conocimiento de causa, a la precarización e invisibilización del espacio doméstico, simple y sencillamente porque hogar es donde está el corazón, sí: el de la economía y el de la revolución.

Fuente: Viviana A. Zelizer, La negociación de la intimidad (traducción de María Julia de Ruschi), Fondo de Cultura Económica, Buenos Aires, 2009.

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