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No hablemos más de amor

Por Nerea Barón:

«Tengo en mi corazón un jardincito con tu nombre» dijo Alguien, dijo Nadie, dije Yo. Según el rostro y la línea del tiempo, se dijeron muchas cosas más: promesas, apodos, consuelos, insultos. En fin, que conocemos la historia, aunque no nos dejen de encandilar los pormenores.

Podemos evocar, por ejemplo, a la jovencita que llora, en su cumpleaños número quince, porque su novio la ha dejado, aquel novio que unos meses antes, a propósito de San Valentín, le había regalado a Soso, un oso de peluche encantador. Ahora la jovencita abraza a Soso y se convence de que nadie la volverá a querer igual.

Y así podemos reenfocar la cámara cuantas veces queramos. Poetas calientes que se encuentran en un slam y tras unos mezcales terminan en una esquina como pulpos todos saliva y manos que se escurren y ganas y versos y excesos; matrimonios que van juntos al Registro Civil a divorciarse y saliendo de ahí cogen furiosamente en el sillón de su antiguo departamento, lleno de cajas empacadas; solitarios que de madrugada se ponen a ver las fotos de la boda de su ex y luego se masturban con pornografía sueca. Borrachos en cantina. Mentadas de madre y baja la voz que te va a escuchar el vecino. Recuerdos de manos rozándose y ese paraíso manoseado y agridulce de los etcéteras.

Conmueve pertenecer a esa raza que hace poemas y dedica canciones, que se regala piedras preciosas, que entierra tesoros y lanza botellas al mar con mensajes mal acentuados. ¿Y luego qué? No hablemos más de amor, se los suplico. No nos llenemos la boca de falsas vanidades, no proclamemos más verdad en donde sólo hay desborde. Cuánto daño nos hemos hecho por querer fotografiar el ruido.

Aprendamos mejor a soportar la contradicción: ahí donde nace el lenguaje, en la mirada del otro, muere también cualquier intento de enunciar sentido. Toda narrativa miente en su pretensión lineal, todo afán demostrativo termina por encontrar el absurdo. «Todo fue una mentira», se afirma comúnmente después de un final, y es de cierta forma verdadero si por mentira entendemos devenir, gratuidad, construcción, evanescencia y paradoja.

No concibo una vida humana que no tenga en su haber una herida, un surco insondable de encuentro-desencuentro, una imagen mental, artificiosa si se quiere pero palpitante, de la completud. Quizá ese sea el pecado original: ese mácula inalterable de humanidad —de ansia, de deseo, de esperanza— que nos conecta una y otra vez y nos lleva a amarnos, a odiarnos y a crecer a nuestro pesar. Quizá habríamos de estar agradecidos por ella.

Callemos, pues, que hablar de amor es inútil cuando nos reconocemos tiempo y latido. Quedémonos a lo más con los nombres propios que, como hoyos negros, succionan todo en su infinitud y nos dejan sin palabras.

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