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No es por amor

Por: Alejandra Eme Vázquez

Cuando Enrique Peña Nieto se reunió el año pasado con los padres de los 43 normalistas desaparecidos hace ya dos años, respondió a sus preguntas y denuncias específicas con seis evasivas en forma de promesas que en realidad se reducían a sólo dos acciones concretas e insuficientes, pero también con una declaración que buscaba empatizar emocionalmente: “Estamos del mismo lado, queremos lo mismo: saber qué pasó con cada uno de sus hijos y que haya justicia”. Lo terrible del caso es que de entrada, los hechos demuestran justamente que no están del mismo lado, porque la última vez que se vio a los estudiantes con vida fue en manos de fuerzas policiales y si las instancias habían fallado una tras otra, tocaba al Ejecutivo tomar las riendas; por eso, que el presidente haya querido deslindarse y ver el horizonte con las mismas lágrimas en los ojos que los padres de los desaparecidos, en lugar de usar su autoridad para resolver un asunto de gobernabilidad, rebasa lo mezquino. Pero es una práctica común, que el discurso político secuestre los términos que usamos entre pares para demostrar afecto o expresar emotividad:

 

 

 

También la lucha por los derechos de las personas pertenecientes a la comunidad lésbica, gay, bisexual, transexual, travesti, transgénero e intersexual (LGBTTTI) se ha rodeado por un halo emocional que hace parecer que en vez de reconocer en la práctica que las leyes y las declaraciones de derechos son intrínsecas a la ciudadanía, sin excepciones, el asunto es una cosa de amor, una cosa bonita. #Loveislove, reza el hashtag con corazoncitos que suele acompañar a la importante labor que se ha hecho para que de una vez por todas se pare la discriminación y se ejecuten las leyes que ya existen para respaldar las determinaciones vitales que desee tomar cualquier ciudadano. Es cierto que Amor es grande, pero justamente parecen reducirlo a dos hombres o dos mujeres besándose como si la telenovela fuera la misma y nada más cambiaran los actores. Pero las alternativas de elección de la sexualidad van mucho más allá de eso: son también posicionamientos políticos que tienen que ver con la manera de pensar y participar en el mundo, con el derecho irrenunciable que todos tenemos a ser representados en los organismos públicos y a que las leyes se las arreglen para incluirnos.

Lo mismo pasa respecto a los derechos reproductivos y sexuales, para el abuso y la violencia de género: las narrativas que nos invitan a juzgar el grado de valentía o calidad humana de personas que toman decisiones respecto a su sexualidad o son víctimas de acoso y abuso están encaminadas tanto a estetizar como a romantizar la estructura que permite que existan represión y violencia. Como si estuviéramos viendo la película en la que la protagonista sufre pero porque al final aprenderá que la fuerza siempre estuvo dentro de ella o que “se lo merecía”, por lo que toda la adversidad es no sólo accesoria, sino necesaria. Y no. Porque no estamos en una película y porque mientras sigamos alimentando la cultura del espectáculo, del chantaje y del suspiro fácil, se corre el peligro de perder la clara certeza de que no se requiere ninguna justificación ni explicación para exigir directamente el cumplimiento de nuestros derechos, que no son negociables, transferibles ni condicionales.

Sin importar a quién le guste o no, en tanto no violentemos las garantías de los demás tenemos derecho al libre tránsito, a la seguridad social, a la decisión de nuestras circunstancias de vida y a no ser violentados de ninguna manera. No es por sentimentalismo, es por legalidad. Las emociones son una parcela que cada quien cultiva en lo personal, con acceso a quienes cada quien elija y bajo normas que cada quien establece. La forma en la que yo decida amar no es de la incumbencia de ningún gobernante ni grupo político, como tampoco lo es mi angustia ni mi alegría. Quienes detentan poder político, quienes legislan, quienes poseen control de la información y quienes toman decisiones en el ámbito público no tienen por qué hablar de, incluirse en, ni comerciar con nuestros sentimientos: su obligación es trabajar para que se cumplan derechos que ni siquiera deberían ser pisoteados en principio.

Atestiguamos el dolor de las víctimas y de sus familiares, es cierto. Y también duele en nuestra parcela, porque somos humanos y compañeros de mundo. Por eso es que no se trata de ninguna manera de cancelar las emociones, sino de no dejar, bajo ninguna circunstancia, que el poder quiera apropiárselas para negociar o lucrar con ellas. Y también se trata de no comprarnos la idea sistémica de que hay formas “bonitas” y “feas” de exigir lo que por derecho es nuestro: si nos urge representatividad de grupos minoritarios y marginados en las instituciones, si las calles no son seguras, si somos violentados por nuestras elecciones de vida, si desaparecen 43 estudiantes, si se asesina y tortura impunemente, la autoridad debe hacerse cargo y si es ella misma la que provoca estas circunstancias, depurarse de inmediato. Nuestros afectos son intocables, incuestionables y completamente nuestros: no tenemos que ofrendarlos para convencer a nadie de que estamos en pleno derecho de ejercer nuestra ciudadanía, con garantía de dignidad y tranquilidad, pase lo que pase.

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