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No es en serio este cementerio

Por Nerea Barón:

Por mucho que lo padezca a ratos, mi trabajo como profesora en preparatoria no tiene parangón: dos días a la semana tengo a tres grupos de treinta niñas de clase alta todas oídos (y todas gritos y distracciones, pero no nos enfoquemos en eso por ahora) listas para aprender… ¿qué?

Doy clases de Filosofía y de Ética, y aunque hay un temario que tengo que recorrer al menos en su superficie, cada ciclo escolar me hago la misma pregunta: cuando aprueben su examen y olviden todos los contenidos, ¿de qué les habrá servido mi clase? ¿Qué les estoy enseñando realmente?

En mis momentos de mayor optimismo, me gusta creer que les estoy enseñando otra forma de vivir. Quiero imprimir en su sensibilidad la duda: «¿Es tan importante lo que parece importante?» Porque son niñas a las que les parecen importante demasiadas cosas, cosas que se echan a perder con cloro, cosas que se arrugan con el tiempo, cosas que disuelven amistades o amenazan con encerrarlas en castillos hermosos y desiertos.

Este año me propuse ser plena, bella y alegre sólo para ellas, aun a las siete de la mañana, aun con sus pequeños pero insidiosos desprecios. Me propuse quitarle la importancia a «lo importante» y encarnar la diferencia, con enormes faldas y plumas de colores en las orejas. Me propuse ponerlas a saltar la cuerda afuera del salón cuando estuvieran inquietas y hablarles de un Dios menos miércoles de ceniza y más conciencia expandida.

Me propuse, en resumen, empalmar mi trabajo personal con mi trabajo profesional y llevar a sus últimas consecuencias aquel mantrita tan mío que reza: «Nuestro único deber es florecer».

Pero claro, del otro lado estoy yo, cargando también con la supuesta importancia de las cosas que a mí me pesan. El domingo lo pensaba en la montaña, con los pies enlodados hasta las espinillas, viendo pasar la niebla en cuclillas al borde de una cañada. «Esto es el presente», me dije. La ciudad estaba lejos y la idea de que yo fuera también una psicoanalista o una profesora y no sólo una mujer salvaje me parecía inverosímil. Estaba bien, no tenía que ser esas otras cosas en ese momento.

Pude ver entonces el fantasma que ataba mi realidad, dándole la ilusión de solidez. Nada importaba porque nada existía. Los nombres de las personas que se habían ido eran ecos lejanos y mis pendientes laborales eran asuntos de otra. Pensé entonces en mis alumnas y en llegar el lunes a decirles lo más fuerte que pudiera, con cada gesto y cada palabra, eso que necesitaba decirme a mí también, en todas mis edades y en todos mis desdoblamientos hasta que penetrara en todas las capas de la conciencia humana: no, no es en serio este cementerio.

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