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No Country is an Island

Por Oscar E. Gastélum:

“Wherever on this planet ideals of personal freedom and dignity apply, there you will find the cultural inheritance of England.”

Karel Capek

Sé muy bien que el pueblo mexicano tiende instintivamente al provincialismo y que incluso nuestras élites semiilustradas carecen de la más elemental curiosidad por lo que sucede más allá de las fronteras de la ranchería en que nacieron. Pero a pesar de eso, siento la obligación de informarles que un día después de la publicación de este texto, Reino Unido celebrará un referéndum que podría cambiar para siempre el rostro de Europa y traer consecuencias económicas y políticas impredecibles que terminarán afectando al mundo entero. Pues un divorcio entre la quinta economía mundial y la zona de libre comercio más grande del mundo no sería un acontecimiento menor.

La relación de Reino Unido con el resto del continente europeo históricamente ha sido tan fructífera como tensa, pues los británicos, insulares por naturaleza, siempre han visto con recelo a sus vecinos continentales, actitud que ha variado poco incluso en esta larga era de integración y concordia. Un ejemplo inmejorable de lo que digo, por su relativa cercanía, es que la isla se integró a la Unión a regañadientes y, liderada entonces por Margaret Thatcher, se negó rotundamente, y con muy buenas razones, a adoptar el euro, prefiriendo conservar su poderosa libra esterlina como moneda nacional.

Pero a pesar de esa desconfianza histórica, pocos pudieron prever que el bando que respalda la famosa “Brexit”, es decir, que está a favor de que Gran Bretaña abandone la Unión Europea, llegaría al día del referéndum virtualmente empatado en las encuestas con quienes luchan por su permanencia. Y es que las consecuencias económicas que Reino Unido enfrentaría en caso de separarse de Europa podrían llegar a ser desastrosas, y el lúcido y tradicionalmente conservador electorado británico siempre se ha caracterizado por evitar los riesgos innecesarios.

Esa insólita temeridad revela el profundo descontento que siente buena parte del pueblo británico con la forma y el fondo de muchas de las decisiones tomadas en Bruselas por burócratas arrogantes y anónimos a los que nadie eligió. Un sentimiento de hartazgo que va mucho más allá de las añejas rivalidades tribales. Y es que la Unión Europea no ha estado a la altura de las expectativas ni de los valores que le dieron vida. Esa venerable institución, nacida del idealismo y del sueño de unir en paz y prosperidad a naciones que llevaban siglos despedazándose, se ha transformado lentamente en una monstruosa burocracia, ciega e implacable.

Basta con recordar la sádica austeridad impuesta gracias a la inmensa influencia de Alemania sobre economías muchísimo más débiles como la griega, la española y la irlandesa, que al no contar con una divisa propia son incapaces de devaluar y escapar de la crisis por sí mismas, para detestar la gélida soberbia del burócrata europeo promedio. Sobre todo si recordamos que fueron precisamente los líderes de Reino Unido, junto a muchísimos economistas de izquierda y de derecha, quienes advirtieron a tiempo sobre los riesgos que conllevaría imponer una moneda común entre economías tan dispares y sin una integración política y fiscal cabal.

A esto habría que agregar la epidemia de xenofobia, racismo y, sobre todo, legítimo temor provocada por la amenaza constante del terrorismo islámico, y atizada por la torpeza con la que varios líderes europeos, en especial Angela Merkel, enfrentaron la crisis de refugiados sirios a mediados del año pasado. Y es que la ultraderecha nacionalista británica (a pesar de todo muchísimo menos nociva que la variante protofascista que ha cundido en otros países europeos) ha medrado con el miedo al terrorismo, una política migratoria errática y la exasperante corrección política con la que los partidos tradicionales han enfrentado ambos temas.

Mención aparte merece el incomprensible y funesto asesinato de la congresista Jo Cox mientras hacía proselitismo a favor de la permanencia de Gran Bretaña en la Unión Europea. Aparentemente el asesino pertenecía a un grupo de ultraderecha y por ello la opinión pública británica se apresuró a atribuir esta desgracia a la supuesta toxicidad de la retórica que ha contaminado la campaña. Personalmente he seguido muy de cerca el proceso y creo que los políticos británicos, a pesar de que pueden llegar a mentir o a exagerar, jamás alcanzan los niveles de podredumbre a los que suelen rebajarse los candidatos norteamericanos, y en este referéndum ambos bandos se han quedado a años luz de la inmunda y divisiva propaganda que llevó a Felipe Calderón, “haiga sido como haiga sido”, a la presidencia de México, por ejemplo.

Y es que a pesar de esta desgracia absurda y sin precedentes, la atmósfera política en Gran Bretaña, sin ser perfecta, sigue siendo envidiablemente sana. Tras el atentado,  ambas partes, que por cierto son bipartidistas, suspendieron respetuosamente sus actividades y el bando a favor de la permanencia, que incluye al Primer Ministro conservador y al flamante alcalde musulmán y laborista de Londres, se abstuvo de convertir a la parlamentaria asesinada en mártir de la causa o de lucrar políticamente con su muerte. Esto se debe en parte a que la cultura del debate  está muy arraigada en la sociedad británica y no hay mejor manera de aprender a expresar los argumentos propios y escuchar, y respetar, los ajenos que aprendiendo el arte de la argumentación racional desde la infancia. A esto habría que agregar la bendición de que todos los partidos políticos tienen terminantemente prohibido anunciarse en radio y televisión, y muchas otras razones que son tema para otra columna.

Detesto el slogan que clama que Gran Bretaña solo puede seguir siendo grande en Europa, pues esta hermosa isla está destinada a la grandeza pase lo que pase. Pero a pesar de ello y de que la Unión Europea está muy lejos de ser perfecta, Reino Unido cometería un error garrafal abandonándola. Y no sólo por el alto precio que tendría que pagar al renunciar a una zona de libre comercio de esa envergadura, sino porque, a pesar de sus innumerables vicios, Europa sigue siendo un valioso y entrañable proyecto civilizatorio por el que vale la pena luchar, y la influencia británica, con su perpetua inconformidad, es un ingrediente indispensable para su éxito.

Basta con ver la lista de tiranos y demagogos siniestros (Putin, Marine Le Pen, Trump, etc.) que celebrarían con bombo y platillo un divorcio entre Gran Bretaña y Europa para comprender que este sería un golpe terrible para Occidente y una dolorosa derrota para el proyecto democrático, liberal y universalista que arrancó con la Ilustración y nació precisamente en esa bendita  isla.

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