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Ni perdón ni olvido

Por Frank Lozano:

Qué extraño país es México. Por una parte, reaparece el Presidente más polémico que hemos tenido en la era moderna, Carlos Salinas de Gortari, y por el otro, el Presidente en funciones va de un bandazo a otro sin poder enderezar su gestión.

Salinas de Gortari es todo menos tonto. Hoy sale a la palestra para golpear a Andrés Manuel López Obrador y de paso hacerle un favor a Peña Nieto: jalar el reflector, ser el blanco de las críticas y darle un respiro al ungido de Atlacomulco ante su último acto fallido, pedir perdón.

El Presidente de la República pidió perdón por el escándalo de la casa blanca. Pocas veces un primer mandatario ha pedido disculpas a la nación que gobierna. El antecedente inmediato es José López Portillo, quien, en una escena cargada de patetismo y lágrimas, pidió perdón por el papelazo que jugó en el descalabro económico que inició durante su mandato y estalló el año de 1982.

Lo de Peña Nieto no fue patético. Solo se trató de uno más de los errores que han caracterizado a su gestión de gobierno y a la nula capacidad que han tenido sus estrategas de revertir el daño a su imagen.

Por ejemplo, no está claro el criterio del tiempo ¿Por qué pedir perdón ahora y no hace seis meses o un año? ¿Por qué hacerlo cuando el tema, al menos para él, para Virgilio Andrade y demás cómplices, es cosa juzgada? ¿Por qué revivir un tema que fue el inicio de su debacle y además, hacerlo tan mal? ¿Por qué hacerlo después de matar en el congreso la iniciativa tres de tres? El concepto cinismo se queda corto.

El problema de Peña Nieto es la credibilidad y, ciertamente, la credibilidad no se reconstruye pidiendo perdón. El Presidente gozaría de credibilidad si hubiera hecho algo a tiempo para detener el desastre de los gobiernos priístas de Veracruz, Quintana Roo, Tamaulipas, Coahuila y Chihuahua. Tendría credibilidad si hubiera honrado su promesa de terminar con los aumentos en los energéticos que, año y medio después de las reformas, han vuelto. Tendría credibilidad si hubiera propuesto una reforma educativa para cambiar el modelo educativo, y no solamente para tomar el control político de la educación. Tendría credibilidad si hubiera reconocido a tiempo que recibió un país con graves problemas de delincuencia organizada. Tendría credibilidad si hubiera manejado de manera rápida y transparente la matanza de Ayotzinapa. Tendría credibilidad si actuara para frenar la degradación que priva en materia de derechos humanos.

El perdón que ofrece es insultante. Es producto de los mismos asesores que le aconsejaban mantenerse firme en sus, otrora, erradas posiciones. No es, pues, un perdón genuino, se trata de un montaje.

Para este gobierno no habrá ni perdón ni olvido. Son demasiados los agravios y las torpezas que han dejado en el camino. La respuesta anticipada que los mexicanos le dieron al presidente ocurrió el pasado 5 de junio. Ese es el mensaje que la gente le manda a quien se disculpa sin sentirlo.

Por otra parte, Carlos Salinas de Gortari, haga lo que haga, no dejará de ocupar su lugar en la historia, como aquel estratega que puso todo su capital político en desmantelar al país del cual hoy opina como si nada hubiera pasado. Vaya cinismo.

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