Ni hippie ni chairo

Por Nerea Barón:

Lo reconozco: en otros momentos me he referido a mí misma como hippie. Claro, porque es fácil apelar a la caricatura: es verdad que camino descalza entre la hierba, que participo en fogatas en donde se le canta a Pachamama, que hablo de chakras, que me gustaría diseñar una ecoaldea y creo en el amor como una fuerza regeneradora.

Me he referido a mí misma como hippie porque es más económico recurrir al cliché de fácil evocación que empezar a hablar de lo que a veces ni siquiera para mí es tan claro: los fundamentos de mi espiritualidad. Pero decir hippie, hoy en día, lleva consigo cierta peyoración, pues alude a este personaje que, desde una comodidad ideológica, se desafana del trabajo, niega las reglas operativas de esta sociedad y se dedica a fumar marihuana y a promulgar amor y paz sin un compromiso real con las implicaciones de sus afirmaciones, un poco como J.P. Sears lo satiriza en este video.

El otro término que ronda por ahí es el de chairo, término que incluso el Colmex ya incluyó en su diccionario para referir a las personas que defienden causas sociales y políticas en contra de las ideologías de derecha, pero a las que se les atribuye falta de compromiso verdadero con lo que dicen defender. El chairo es autocomplaciente y navega con el aplomo de quien ignora su propia laxitud teórica; exalta los valores y prácticas indígenas sin reparar en las particularidades de cada pueblo y tiene una perspectiva bastante maniquea sobre los problemas sociales.

Estos personajes sin duda existen, pero etiquetar como tal a cualquier persona que presente cualquier rasgo identitario que lo acerque al cliché –una pulsera huichola, un morral chiapaneco– es una forma cómoda de dejar de escuchar lo que su búsqueda puede tener de legítimo, pues independientemente de los fallos en el abordaje, estos sectores son también la expresión de una inconformidad y de una diferencia, y negarla sólo termina por afianzar el discurso hegemónico que desde su verticalidad contribuye a la perpetuación de las dinámicas de poder vigentes.

Por tanto, más allá de criticar las formas en las que estos sectores se apropian de ciertas tradiciones ancestrales, me parece que es momento de rescatar el conocimiento subyacente en ellas. El hinduismo, por ejemplo, tiene un estudio metódico de los centros energéticos y el ayurveda –medicina tradicional de la India– ha funcionado durante milenios adhiriéndose a tales principios; el cuidado de la tierra no es ni siquiera ecologismo (término que nace desde la urbanidad) sino una relación holística con el entorno y una comprensión de su condición sagrada; el camino de la mexicanidad –es decir, de los mexicas, aunque prefieren llamarse anahuacas para incluir a los otros pueblos con los que comparten tierra– retoma prácticas de participación comunitaria –los así llamados tequios– que hacen posible la realización de proyectos y la construcción de lugares que de otra forma nunca se realizarían; y las plantas de poder, más que meras drogas recreativas como se suelen ver ahora, han sido parte fundamental del desarrollo espiritual y la sanación de distintos pueblos e incluso empiezan a tener reconocimiento por parte de la medicina occidental.

Ya tendrán que hacer los hippies o los chairos su propia deconstrucción, pero mientras, me parece que es fundamental crear un espacio para que más gente pueda acceder a tales conocimientos y ejercer tales prácticas sin ser catalogados de forma automática en esa clasificación.