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Música y memoria

Por Deniss Villalobos:

We can all be free
Maybe not with words
Maybe not with a look
But with your mind
Cat Power

Cuando pienso en libertad, y lo que sea que eso signifique, siempre recuerdo una canción de Cat Power que escuché obsesivamente cuando estaba en la preparatoria. Para mí, Maybe Not hablaba acerca de ser prisionero y de no renunciar a tus sueños. Era una canción sobre vivir en guerra y encontrar paz. O así es como la letra funcionaba para mí en esos días. Quizá a mí alrededor todo pasaba con normalidad, pero dentro de mí todos los días había una batalla en la que el único resultado que espera era cierto balance que me permitiera vivir sin sentirme encerrada y sola, en especial cuando estaba en la calle y rodeada de personas.

Pero, hace unos días, volví a pensar en esta canción de una forma distinta. Mi hermana me recomendó ver un documental: Alive Inside: A Story of Music and Memory. En él, el trabajador social Dan Cohen lleva a cabo un proyecto en el que usa la música para trabajar con pacientes de Alzheimer que se encuentran en asilos de Estados Unidos. El documental empieza con una mujer de noventa años a la que le realizan ciertas preguntas sobre su vida y lo que recuerda de ella. La primera es “¿cómo era tu vida cuando eras pequeña?”, a lo que ella responde “Dios, he olvidado tantas cosas”. Después, la persona que está frente a ella, le dice que quiere intentar un experimento: ponerle música y ver si eso la lleva algún recuerdo.

Lo que pasa después es para llorar dos horas en posición fetal. Mientras suena Louis Armstrong, la mujer empieza a hablar y hablar y hablar acerca de su vida. Lo que hacía cuando era pequeña, cómo su madre les prohibía escuchar esa música y cómo por las noches se escapaba para bailar, dónde y cuántos años trabajó en cierto edificio, sobre su cumpleaños, sus recuerdos durante la guerra, sobre su hijo, fechas exactas y más recuerdos que vuelven a ella con una lucidez impresionante. Al final, con un peluche de Snoopy en las piernas y una gran sonrisa, declara “no sabía que pudiera hablar tanto”.

Durante todo el documental hay más ejemplos como ése de personas con Alzheimer y otros tipos de demencia que, gracias a un iPod, consiguen responder al estímulo de la música, volver a sus recuerdos y estar de mejor humor, algo que la medicina no ha conseguido sin importar cuántas pastillas tomen. La música, sin ser una cura mágica, le permite a esas personas que ya no recordaban ni a sus familias, volver a sus recuerdos, salir de esa prisión en la que se ha convertido su mente.

Fue entonces cuando volví a pensar en Maybe Not. Esa canción siempre me dio algo de esperanza, porque creía que aunque todo fuera mal, aunque mis miedos y ansiedades me impidieran muchas veces sentirme tranquila o feliz, siempre quedaría un espacio en mi cabeza que sería como un cuarto de seguridad. Un almacén minúsculo donde los buenos recuerdos y las razones para seguir adelante estarían a salvo. Quizá un poco polvosos y cubiertos de telarañas, pero disponibles para mí si me esforzaba en encontrarlos para alumbrar algún día muy oscuro. Qué terrible fue, viendo ese documental, imaginar que podría perder para siempre ese cuarto. Que mi mente no bastaría para ser libre y se convertiría únicamente en cárcel. Eso es lo que pasa con las personas que sufren demencia. El cuarto en el que los recuerdos están a salvo se vuelve inaccesible poco a poco, hasta que, aunado a estar encerrado en un lugar que no reconoces como tu hogar, pierdes por completo todo lo que te vuelve tú: las razones para estar enojado, triste o feliz, los recuerdos de lo hiciste, viste, dijiste, escuchaste y callaste.

En el documental, el fallecido neurólogo Oliver Sacks explica cómo la música es inseparable de las emociones, por lo que el experimento no creará solo un estímulo fisiológico, sino que traerá de vuelta a la persona que escucha, con sus memorias y emociones. Después de escuchar alguna de sus canciones favoritas, ciertos pacientes con demencia son capaces de recuperar su identidad, porque la parte del cerebro encargada de recordar y responder a la música no se afecta demasiado por el Alzheimer debido a la forma en la que la música “entra” a nuestro cerebro. La música tiene mayor capacidad de activar más partes del cerebro que cualquier otro estímulo, pues como producto cultural hace uso de partes que están destinadas a otros propósitos: auditivas, visuales, emocionales y, en menor medida, en el cerebelo, donde están todas las partes básicas para la coordinación.

El problema es que, tan solo en Estados Unidos, hay cerca de cinco millones de personas con alguna clase de demencia, de las cuales un millón está en asilos donde justificar cantidades enormes de dinero en medicamentos es cosa de todos los días, pero conseguir un iPod de 40 dólares es casi imposible. ¿No debería ser el acceso a la música algo tan básico e innegable como lo es, en teoría, una píldora para curar el dolor de cabeza o todas las que se administran a personas con demencia, no solo en Estados Unidos sino en cualquier parte del mundo? ¿No tenemos todos el derecho a mover la cabeza y sonreír mientras suena algo que nos hace recordar quiénes somos?

Es muy injusto pensar en todas las personas para las que no hay libertad ni siquiera en su mente, para las que la canción que tantas veces me hizo sentir que cualquiera podría tener consuelo en su cabeza no es una realidad. Porque, si no podemos ser libres con palabras, y tampoco podemos serlo con nuestra mente, ¿entonces qué nos queda? Como dice Chan Marshall, todos hacemos lo que podemos, pero quizá deberíamos hacer más por aquellos que, mientras no puedan acceder a sus recuerdos, están indefensos y solos, perdidos dentro de sí mismos, pero también vivos, en espera de que suene la canción que los haga bailar.

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