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Mover la cola

Por Nerea Barón:

Podemos estar en desacuerdo con las plantas; con las raíces de los árboles que rompen el pavimento; con los niños, sonajas estridentes. Podemos bajar la mirada, sonrojados, ante la impudicia de su avidez. Podemos sentirnos avergonzados por las veces en las que nosotros mismos hemos sucumbido ante el burdo impulso de estar vivos.

Como la vez que nos enamoramos de nuestro compañero de banca y juramos que nos casaríamos con él. Ese año escolar hasta nos fue mejor en matemáticas porque no queríamos que nos tildara de burros. O cuando decidimos dejar de fumar y nos pusimos a dieta. Apenas habían pasado tres días y ya nos sentíamos más guapos, más fuertes, más sabios. O ya sé: como la vez en la que nos despedimos para siempre, con los ojos hinchados y las manos temblorosas, de esa persona con la que ya no éramos felices, porque intuimos que había cosas más importantes que perseverar en la derrota. En esa ocasión nos deprimimos durante meses, hasta que un día, de la nada, probamos un café delicioso y, con los ojos cerrados, saboreándolo, nos dimos cuenta que ya habíamos regresado al reino de la vida.

Vivir es una terquedad inútil. Mi perra me lo recuerda todo el tiempo, esa máquina cagona dedicada exclusivamente a atestiguar en carne propia cómo la vida la atraviesa. Y mover la cola. Y pedir croquetas. “No hay más que un problema filosófico verdaderamente serio: el suicidio”, decía Camus. O las misteriosas causas por las que seguimos moviendo la cola.

Si evaluáramos objetivamente nuestro paso por el mundo serían mucho más imponentes las pilas colosales de nuestro desperdicio, que el modesto puñado de recuerdos gratos que guardan de nosotros nuestros seres queridos. Y en última instancia, ¿quién guarda en realidad nuestras miles de millones de palabras pronunciadas, nuestras sonrisas, nuestras lágrimas veleidosas y disruptivas? Todo lo que hacemos —pareciera— no es más que una ofrenda al tiempo. El tiempo mismo es una ofrenda al tiempo.

Maldita la hora en la que la productividad nos hizo olvidar el valor de los gerundios y pensar todo en términos de resultados y no de procesos, como si nuestros actos no pudieran tener un valor en sí mismos y decir “porque sí” no pudiera ser argumento de nada. Y sin embargo, ¿por qué vivimos? La dificultad para responder esa pregunta esconde la respuesta misma: vivimos para vivir, de ahí que ninguna razón nos satisfaga.

 “¿Cuál es el valor del universo? ¿Cuál es la aplicación práctica de millones de galaxias?”, se pregunta Alan Watts. “Es justo porque no tienen un uso que tienen un uso”, explica. Las mejores cosas surgen cuando el propósito se pone al servicio del despropósito. Como la belleza. Como la música.

¿Quién en su sano juicio —productivo— pasaría los fines de semana aprendiendo a tocar un instrumento o asistiendo a conciertos? La música es un lujo y una ociosidad sin más propósito que el de crear elaborados patrones de sonido.

Dum-dum. Dum-dum... justo como el corazón.

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