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Monstruos en la mochila

Por Alejandra Eme Vázquez:

Mochila, mochila

Mochila, mochila

Todo lo que quieras búscalo dentro de mí

Llena estoy de cosas que yo guardo para ti Mochila, mochila 

Mochila mochila 

Dora la Exploradora

* Una mandarina podrida que estaba ahí desde las posadas.

* Un trozo de sándwich de atún envuelto en una servilleta, lleno de moho.

* Cuatro escuadras idénticas, de distintos juegos de geometría, con tendencia a esconderse justo cuando el profesor de matemáticas pide sacarlas.

* Tres trompos.

* Una pera a medio comer.

* Un cuchillo para untar el queso del lunch.

* Tres piedras recogidas del deportivo “porque estaban bien bonitas”, y nunca vueltas a sacar.

Tal es el saldo promedio de objetos confiscados después de aplicar el operativo Mochila Segura en una escuela de educación básica en México, cualquier día de éstos.

“Tenemos que buscar inhibir el contacto con las armas, tanto como sociedad como al interior de las escuelas (…) Un incidente como éste se da en función del acceso que niños y jóvenes puedan tener desde sus casas a las armas y por otro lado, cómo tenemos acciones que permitan inhibir que esas armas ingresen a las escuelas”, dijo Aurelio Nuño Mayer, secretario de educación, cuando presentó Mochila Segura en las escuelas del país. Este operativo consiste en que todos los días, a una hora predeterminada por la escuela (generalmente a la entrada) y con apoyo de padres de familia, se esculque a los alumnos como si de un antro exclusivo se tratara para asegurarse de que no están introduciendo a las aulas nada que pueda fomentar su agresión. Cuando dice “un incidente como éste”, Nuño se refiere al tiroteo y suicidio perpetrados por un alumno de tercero de secundaria del Colegio Americano del Noreste el pasado 18 de enero, en pleno salón de clases. El hecho cimbró al país entero y enseguida las autoridades anunciaron que se tomarían medidas: “¡Revisemos las mochilas!”, fue el mejor eureka al que pudieron llegar.

“Si bien, Mochila Segura no es la respuesta total ni es la solución total, sí es una medida efectiva para disuadir la entrada de armas a las escuelas. Lo hemos estado viendo, el programa en todo el país ha estado impidiendo que esto suceda, por eso lo impulsamos”, dijo también Nuño Mayer, quien a la manera de Minority Report puede saber perfectamente que si no hubiera sido por estas revisiones, ya se habrían dado más “incidentes como ése”. Porque si algo nos han enseñado Dora la Exploradora, Mary Poppins y The Cat in the Hat es que no hay tal cosa como una mochila segura si en cualquier momento puede salir cualquier cosa de ella. Cualquier cosa. Quizá lo único que tiene de “segura” es la condena a tener problemas de postura en la vejez, si para empezar obligamos a los alumnos a cargar casi su peso en libros, cuadernos y aquellos mal llamados “útiles” escolares.

Para ser justos y que no se nos acuse de parciales y criticones de sofá, también hay que admitir que el operativo ha arrojado algunos buenos resultados, inmediatos y palpables. Una profesora de primaria, cuya identidad protejo por las estrictas leyes de confidencialidad que se manejan en este espacio, relata lo siguiente: “Hay un alumno que ha faltado algunas veces por razones de salud en las pasadas semanas y cuando esto sucede, viene su mamá a dejarme su mochila en resguardo para que pueda revisar sus trabajos y dejarle notas que le ayuden a ponerse al corriente. El niño no es muy ordenado, cabe decir, así que cada vez yo tenía que enfrentarme a revoltijos horribles para buscar lo que necesitaba, entre aromas y texturas que no siempre eran muy agradables. Desde que empezaron a revisarles las mochilas, todo cambió: la última vez que faltó me encontré a cambio con un interior impecable, ordenado, libre de pestilencia. Me da mucho gusto que por fin el gobierno se preocupe por fomentar la limpieza ejemplar de las mochilas”. Qué bella historia de éxito.

Lo cierto también es que a la vista del que busca un arma, absolutamente todo puede serlo. “¿Usted cree, maestra, que me quitaron mi compás?”, me dijo un alumno de primero de secundaria apenas la semana pasada. No pudimos evitar hacer algunos comentarios al respecto y el pobre de Aurelio Nuño se quedaría helado si hubiera oído la de alternativas que ven los jóvenes para atacar con lo que tengan a la mano, entre broma y broma: “Al rato nos van a quitar los cuadernos porque podemos sacarle los ojos a alguien con los espirales”; “La navajita del sacapuntas es bien fácil de sacar y está más filosa”; “Uy, maestra, yo traía un cúter y ése ni lo vieron”; “Hasta con las hojas podemos asfixiar a alguien, o con los plásticos de los forros”… Y yo, risita nerviosa, dándome cuenta quizá por primera vez de que veintiocho alumnos en un aula significan no sólo veintiocho universos y veintiocho maravillas, sino veintiocho manojos de nervios. Veintiocho colisiones posibles.

La violencia no es un asunto pequeño, aislado o parchable, por mucho que quisiéramos que así fuera. Hasta las puntas del iceberg nos dan terror y nos rebasan, pero sólo son eso: las puntas del iceberg. Ya no es posible tapar el sol con un dedo ni repitiéndonos, como los funcionarios de educación, el mismo discurso miles de veces hasta poder dormir. Ya sabemos que no sirve revisar mochilas o prohibir celulares porque los impulsos destructivos van a encontrar su cauce si deciden instalarse en alguien, no importa qué tan joven sea. Nos encantaría que fueran los objetos los que tienen la culpa, los programas de televisión, la música, los papás, una cepa nueva de mosquitos con eso de que hay mosquitos portadores de cada mal, porque aceptar que no hay culpas fáciles ni únicas resulta demasiado perturbador. Pero, aceptémoslo: también lo es intentar comprarnos, con cualquier medida que sólo deslice responsabilidades y tape mal el pozo en que se ahogan niños, una falsa tranquilidad de conciencia.

No entiendo por qué, si reconocemos en los muy jóvenes a personas complejas, con una capacidad impresionante para construir y destruir, no empezamos por suspender todo lo accesorio para entablar un diálogo real en el que nos digamos qué nos preocupa, qué vemos y qué deseamos, sin eufemismos ni condescendencias. No entiendo por qué seguimos tratándolos como delincuentes en potencia, pero también como seres inexplicables, pero también como inútiles que no tienen idea, pero también como entes perversos, pero también como las alegrías del hogar, pero también como inocentes cuyos oídos hay que tapar cuando hablamos de cosas feas. No entiendo por qué nos seguimos aferrando a la idea de que la minoría de edad es sinónimo de inhabilidad para vivir y que una vez cumplidos los dieciocho, mágicamente adquirimos estatus de persona y sabemos todo lo que hay que saber. No entiendo por qué no vemos de una vez que lo primero que necesitamos, lo que de verdad nos urge, es mandar al diablo a las mochilas y a las mocheces, y empezar a escucharnos todos.

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